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Rafael Monje

La fábula política

El tsunami causado por el supuesto protocolo ‘provida’ que tiene el gobierno de coalición en Castilla y León entre PP y Vox pendiente de un hilo

El presidente de Castilla y León, Alfonso Fernández Mañueco y su vicepresidente, Juan García-Gallardo. Raúl García

El tsunami causado por el supuesto protocolo ‘provida’ que tiene el gobierno de coalición en Castilla y León entre PP y Vox pendiente de un hilo (solo en el plano teórico) ha encharcado la agenda política nacional hasta extremos insospechados.

Si analizamos a fondo todos los acontecimientos, comentarios, opiniones y luchas fratricidas la radiografía de los hechos resultantes es, lamentablemente, que aquí lo que menos importa, o mejor dicho lo que menos les importa, son realmente las víctimas. Un drama, lo miremos por donde lo miremos, porque nadie quiere verse en esa tesitura, en la que cada mujer obligada a ello tiene una casuística personal muy diferente al resto. Lo curioso de este país es la reiterada alusión a una cuestión tan delicada como el aborto para extraer réditos políticos y electorales, sin medir el daño colateral que esta alocada práctica pueda ocasionar.

Son muchos los que de manera desbocada pretenden ejercer ese papel de adalid del feminismo, improvisando leyes sin calibrar sus consecuencias reales. Todo un ejemplo del torticero uso que se hace del aborto con la única intención de agitar a la opinión pública y utilizar de punching bal a las mujeres, las auténticas perdedoras en este abominable juego de trileros.

Lo que sí es una evidencia, otra más, es el hecho de la desconexión existente entre la clase política y la sociedad civil

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Así es la dinámica de nuestra dirigencia política, oportunista y cicatera, caracterizada por aferrarse, como lapa a la roca, a un puesto público vitalicio. De un lado, quienes intentan dinamitar la formalidad de una ley ya consolidada para seguir gritando que están ahí; de otro, quienes aprovechan el dislate para obtener réditos en las urnas y desviar la atención de sus despropósitos. A los que también hay que sumar otros terceros: aquellos a quienes esta pugna endiosada les mantiene en una posición tibia para no desequilibrar a su electorado, sabedores de que a una parte no le suena del todo mal la música de Vox.

Pero todos, sin distinción, muestran sin tapujos estar más pendientes de calibrar el impacto en las urnas que de atender los derechos de las mujeres. No me cabe ninguna duda de que tensarán o destensarán la cuerda en función de los riesgos de amenaza que vislumbren para no perder su posición, porque está demostrado que realmente tienen más corporativismo que el que aparentan en sus estériles disputas.

Lo que sí es una evidencia, otra más, es el hecho de la desconexión existente entre la clase política y la sociedad civil. ¿Quién se cree a estas alturas las continuas apelaciones a la vocación de servicio público? Nadie. Por no hablar de las promesas y compromisos que duermen el sueño de los justos nada más acceder al poder.

En este circo los únicos que salen a pista somos nosotros, mientras ellos manejan desde el cómodo sillón las atracciones con las que, aparentemente, tenernos contentos. Una fábula con la que pretenden distraernos como si los electores fuéramos niños inocentes a los que se les puede engañar con un mero chupachús y una máscara de colores y brillantina.

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