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Teresa del Estal

Ciao, señor Calamidades

La magnífica imprecisión del saludo italiano, entre el hola y el adiós, para la despedida de este año

CELEBRACIÓN FIN DE AÑO L.O.

Recuerdo, de pequeñas, las ocasionales visitas a la vecina de enfrente cuando llegaba al encuentro su hermana. Charo, que así se llamaba, aunque era andaluza, residía en Italia. Aquellos geniales días en los que regresaba a su querida España, su elevado y lozano tono de voz traspasaba los pasillos y su alegría al encontrarla en el portal o en el ascensor con su cantarín Ciao.

¿Es un hola o un adiós? En esa magnífica imprecisión este saludo y pensando en la despedida de este año ya próxima, volveremos a caer en el mismo ritual. Empeñados en que la noche más vieja nos despediremos de las migajas de este maldito, quien seguirá aún de cuerpo presente y aún para más saña con él, aderezaremos (con uvas o lentejas) nuestra credulidad para pensar que su sucesor tendrá más piedad e intentará, al menos, borrar todos nuestros lastres.

Pero veamos el vaso como debe ser, con fluido (cada cual el que mejor le convenga). Sin duda que ha habido algo bueno y diminuto resquicio que nos otorgue la necesaria pena, como para en lo más menos no querer pensar que lo hemos dejado atrás. Recapitulemos. Pues claro que sí, a mí como encargo que me han hecho, me viene a la mente una mejor que increíble jornada de turisteo por tierras alistanas.

Llevaba meses deseando visitar la exposición de arte sacro “Salus” de las diócesis de Alba, Aliste y Tábara. Y llegó el día casi sin prepararlo como lo mejor que nos ocurre en esta vida, y fue que los halos se conjuntaron y arribamos a Alcañices. En la parte alta de esta villa de señorío fuimos descubriendo los rotos de la muralla medieval, un lujo para realizar un puzzle a través de un desmembrado viaje en el tiempo. Su robusta mampostería, la redondez de sus formas y sus troneras, ocultaban sensuales su otra hora funcionalidad defensiva. Una vez visitamos la iglesia de la Asunción descendimos hasta el antiguo convento franciscano donde al puro estilo “Edades del Hombre”, se desgrana la riqueza de esta diócesis. Clarísimos planos de planta y alzados de ermitas e iglesias, elementos de liturgia como cálices de orfebrería, misales, casullas de ceremonias, relicarios o lipsanotecas (esta palabra siempre me ha eclipsado). Un derroche de una óptima restauración para una más que nutrida representación de grupos escultóricos de culto, santos patronos y mártires, viveza que desgraciadamente no estamos acostumbrados a ver. El amplio repertorio y borrachera de colorido, iconografía y lujo con los panes de oro de la teatralidad barroca se torna difícil de sustentar con las actuales arcas y, para más disgusto de aquellos enrevesados autores (que en gloria estén), la mayor parte de los retablos e imaginerías insertas se encuentran invadidos por humedades e inquilinos poco respetuosos y algo “bichos”. ¡Ay Jesús!

Empeñados en que la noche más vieja nos despediremos de las migajas de este año maldito, pensaremos que su sucesor tendrá más piedad e intentará, al menos, borrar todos nuestros lastres

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La despedida del templo como dice alguna loya de aquí de la montaña de Sanabria, no es como la merecéis o sí, porque la última parte expositiva se reserva para los verdaderos protagonistas; los parroquianos que han mantenido estos edificios, sus ornamentados interiores y las tradiciones sagradas que en ocasiones han convivido con la inestimable aptitud pagana del ser humano, como debe ser. Retrocedemos en el tiempo, quizás al siglo I o II después de Cristo y honramos al emperador César Augusto con una curiosa inscripción que nos recibe inserta en una casa de complicado futuro, aun así está en pie y tenemos la esperanza de que se consolide su hallazgo. Estamos en Rabanales y nos dirigimos al yacimiento de “El Castrico”. El paisaje se torna quedo y guardo a la espera de que el próximo verano los miembros de Zamora Protohistórica vuelvan a sacar a la luz vestigios de pobladores romanos. Ahora una tela geotextil cubierta por capa de arena y polvo oculta tejas, cerámica, sillares, monedas y quizás otra cápsula romana de sellos en bronce como la que localizaron en la última campaña. Enhorabuena por este proyecto: “Castrum Zoelarum (en busca de los orígenes)”.

Ahora nos toca ir a la iglesia donde nos recibe en el exterior, un falo de la fecundidad tal cual estatua dispuesta para los más atrevidos a posar en un sexual photocall. También fuera, las lápidas funerarias, insertas como magnos sillares en las paredes de la iglesia. De especial impacto fue nuestra visión en el hastial norte de una tumba de un pequeño.

Tocaba alejarnos con aquella visión que nos había rasgado las entretelas y nos dirigimos hasta la raya de comarca y la Raya de otro país. Ya los olivos asomaban a nuestra vista ya el gran Duero en sus cortados templaba aún más el aire. Desde un moderno mirador, muy estilado en todos los abismos que se precien, divisamos el salto del Castro y el despoblado homónimo (subastado por 300.000 euros) deslumbrando y poniendo todo ello la guinda a aquel genial viaje. Terminando este escrito suena “Peces de Ciudad” en mi playlist y escucho “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”. No estoy de acuerdo, siempre hay que regresar, lo que más nunca hacer volver a otro señor calamidades. Así pues Ciao.

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