Por una fiesta en paz

El ruido del Toro de la Vega debe dejar paso a la mesura

17.09.2015 | 08:59
Rafael Monje

C uando la sinrazón se impone a todo cauce posible de entendimiento nos topamos con posiciones extremistas donde todo es ruido que nos ensordece y embrutece. Y esto ya se refleja en los enconados discursos que suelen preceder a la celebración del torneo del Toro de la Vega de Tordesillas entre los defensores y los detractores de esta fiesta centenaria. Cómo alcanzar un punto de equilibrio entre unos y otros se me antoja casi imposible, después de la virulenta actitud exhibida ayer por ambas partes en la localidad vallisoletana. Y como tantas disputas y bofetadas en este país, la resolución vendrá en todo caso a golpe de ley en función del color político que gobierne.

Dice la escritora francesa de origen turco-hindú Kenizé Mourad que "para llegar a la paz hay que escuchar y entender al otro, porque las guerras se producen solo cuando hay desinformación". Y no le falta razón, porque ni unos ni otros han querido conocer en profundidad los sentimientos y los argumentos del contrario, lo que hace insostenible hoy en día un mínimo acercamiento. Esa es una realidad como el hecho de que estamos en un país donde la fiesta y la fascinación por el sufrimiento del animal se estrechan demasiadas veces la mano. Por eso, no estaría mal revisar a la baja aquellos lances y pautas de excesivo hostigamiento que comportan determinadas tradiciones, como ya sucedió con la famosa cabra de Manganeses de la Polvorosa (Zamora) o el descabezado de los gallos de Villamor de los Escuderos, también en la provincia de Zamora. La fiesta puede y debe perdurar, como debe seguir el ancestral torneo del Toro de la Vega, pero manteniendo aquellos aspectos de emoción y literatura que siempre han rodeado al mundo taurino y desechando aquellos otros exentos de esa imprescindible magia y riqueza cultural.

Ojalá el ruido atronador dé paso a la mesura y tengamos en el futuro la fiesta en paz. Dependerá de nosotros, de los animales racionales, aunque, como sostiene Mourad, "siempre somos culpables, porque no amamos lo suficiente o porque amamos demasiado". Difícil, cierto, pero no imposible.

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