El cequín del rey

Sobre la leyenda de la gitana y el monarca Alfonso XII

05.06.2016 | 00:24
El cequín del rey

Se cuenta que el rey Alfonso XIII, antes de emprender un viaje a Inglaterra, encontró en la calle a una gitana, cuya expresiva fisonomía llamó la atención del monarca que quiso darle unas monedas y ella las rehusó con muestras de desdén.

"Rey -dijo- guarda tu dinero. Mi raza es más antigua que la tuya. Yo soy la última descendiente de los Almorávides que reinaron en Marruecos y en el sur de España en los siglos XI y XII. Soy yo quien va a darte una pieza de oro".

La gitana deslizó en la mano del joven soberano un cequín con el busto de Ichag, hijo de Tachefín, último rey de los Almorávides, muerto en 1147 por los almohades.

"Conserva con cuidado este talismán -añadió la mujer- y te preservará de todo peligro. Solo hay un cequín semejante a este. Yo se lo he dado a una mujer admirablemente bella y admirablemente hermosa, que un día pasaba a caballo cerca de un foso en cuyo fondo yo caí. Estaba yo gravemente herida en la cabeza y ella desmontó y me vendó con su pañuelo la frente. Los que la acompañaban la llamaban alteza. Rey, si te casas no tomes otra compañera; solo ella puede hacerte dichoso".

Esta leyenda corrió de boca en boca por las calles de Madrid. El 1 de junio de 1905, un año después de su boda, Alfonso XIII sufrió un atentado en la calle Rivoli de París. En el momento en que se produjo la explosión de la bomba, el rey tenía en su mano el cequín de oro, que mostró al presidente francés monsieur Lobubet. Se dice que esto salvó a los dos.

A su llegada a Londres, el monarca supo que la que poseía otro cequín era la princesa Ena de Battemberg (Victoria Eugenia), con la que contraería matrimonio el 31 de mayo de 1906. Victoria Eugenia de Battemberg, nieta de la reina Victoria de Inglaterra, era de religión presbiterana y tuvo que renunciar a su credo para abrazar la fe católica.

El mismo día de su boda, 31 de mayo de 1906, cuando la comitiva se dirigía de vuelta de la iglesia de Los Jerónimos al Palacio Real de Madrid, Mateo Morral esperaba el paso de los monarcas desde el balcón de la pensión en la que se hospedaba, ubicada en el número 88 de la calle Mayor. Cuando la carroza real pasaba bajo aquel balcón, arrojó la bomba oculta en un ramo de flores. Los reyes salieron ilesos, pero murieron 25 personas entre militares y civiles.

En 1931, los reyes tuvieron que abandonar España tras la proclamación de la Segunda República.

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