Ende, la copista (II)

Todo empezó cuando tribus norteafricanas pasaron el Estrecho

01.11.2014 | 09:47
Eduardo Ríos
Eduardo Ríos

Se acercaba el final del primer milenio de la era cristiana y un caballo bermejo, ese al que fue dado desterrar la paz de la tierra y que se degollasen unos a otros, parecía vagar sin freno sobre un mundo asolado por la peste y las más terribles hambrunas. Las ermitas, recién construidas, se resquebrajaban, la gente cuerda enloquecía y un sinnúmero de prodigios nunca vistos aparecía por doquier.

Hubo quien dijo haber contemplado la luna de un color rojo como de sangre derramada, y el sol tornarse negro como pelo de cabra. Otros vieron lluvias de granizo y fuego y, algunos, juraron ver caer del cielo astros ardiendo como teas. Era el preludio del fin. El final de los tiempos anunciado por san Juan.

Los clérigos tronaban desde los púlpitos llamando a la movilización contra el maligno que había salido del abismo y entrado en Hispania por el sur de la península para infiltrarse entre los creyentes. Alertaban sobre el Anticristo que anunció el profeta y atemorizaban a los fieles aventurando las nefastas consecuencias que su victoria, de no frenarse con rapidez el avance del Islam, acarrearía para la cristiandad.

En realidad, aquella furibunda diatriba, con olor a incienso y ruido de letanías, tan solo era una salmodia defendida apasionadamente por la iglesia en pos de la unión de un pueblo desorientado ante la división de sus pastores y la creciente aparición de herejías. Nada más que una narración interesada que buscaba un frente común capaz de detener el fulminante avance del califato. Sin embargo, es innegable que con la llegada de los musulmanes aparecieron otros usos en las gentes y nuevas formas de convivencia que afectaron a todos los estamentos hispanos.

Los cambios también alcanzaron al monasterio de San Salvador de Tábara y Ende, sin saberlo ni consentir en ello, habría de ver en alguno de ellos, aunque cuando sus padres la eligieron para que abandonara el domicilio familiar en modo alguno lo hicieran pensando modificar los modos o costumbres del cenobio, sino en que su partida supondría una boca menos que alimentar.

Todo había empezado dos siglos antes cuando tribus norteafricanas pasaron el Estrecho sin encontrar resistencia y en las riberas del Guadalete, a tres leguas de Arcos y muy cerca de Jerez de la Frontera, derrotaron a don Rodrigo y acabaron con su corrupta monarquía, herida de muerte desde que los hispanos, hartos de vejaciones, se rebelaran.

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