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Luis M. Esteban

Una sonrisa al menos

Incluso en las situaciones más trágicas las cosas no son tanto como son sino como las percibimos, sentimos y acometemos

Sonrisa

Es verdad que en la tradición judeocristiana, que tanto bien ha hecho a unos y tanto mal a muchos, lo de reírse no ha estado nunca muy bien visto, quizás porque siempre se ha ligado a lo festivo, lo intrascendente, lo pecaminoso e incluso, para los más extremos, a una especie de presagio de los males venideros: reírse podía convocar la tragedia. Vamos, que no conviene mentar la bicha, así que risas las justas.

Para que nadie se sienta ofendido, no pediría yo que nos partamos de risa en los tiempos que corren, que lo mismo es lo que deberíamos de hacer, según mi natural irreverente, pero sí que por lo menos esbocemos una sonrisa, incluso hasta una media sonrisa, que tanto vale para un roto como para un descosido, porque bien puede ser mero apunte de satisfacción y acuerdo como mueca de desagrado expresado con la ironía de cierta candidez y sin acritud. Pero al menos una sonrisa, un, como dice la RAE, “Reírse un poco o levemente, y sin ruido”.

Está claro que la pandemia lo único incuestionable que nos ha dejado han sido muertos, porque poco de lo que en los eternos días de confinamiento nos juramentamos hacer y cambiar, o lo que parecía que había cambiado, hemos sido capaces de hacerlo una vez puestos de nuevo en circulación. Así que aquí estamos en la mismidad que queríamos cambiar y no nos hemos enterado de que el cambio habría de venir de nosotros mismos y no de arrancar hojas en el calendario esperando, y hasta desesperando, que alguien o algo nos arregle la vida, como si hubiese alguien que fuera más responsable de nuestro devenir que nosotros mismos, porque incluso en las situaciones más trágicas las cosas no son tanto como son sino como las percibimos, sentimos y acometemos.

Pongámosle una sonrisa hasta que de repente y a traición aparezca una ilusión que nos devuelva el disfrutar el placer por el mero hecho de respirar

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Pues nada. Asumamos que el mundo está como está, que se nace y se muere, que las guerras continúan, que los políticos nos acaban tomando por idiotas en fase terminal, sobre todo en campaña electoral, donde solo les falta prometernos la felicidad eterna con tan solo meter su papeleta en el sobre e incluso hubo uno que en su día nos dijo lo de coger el cielo con las manos, ahí es nada. Asumamos que todo, en bloque y sin matices para que no haya cabida para excepciones, lo único que puede hacer es empeorar y para qué vamos a festejar un buen momento si este será solo un islote en medio de la tempestad y vaya a ser que con el festejo bajemos la guardia para la siguiente e inminente debacle, y, puestos ya así, asumamos hasta los versos de Miguel Hernández: "Como el toro he nacido para el luto/ y el dolor". Así, a plomo, con nocturnidad, alevosía y mala leche.

No hace muchos días, mi querido amigo Perfecto, que no es que lo sea, pero está en ello (cosas de la onomástica), me hablaba de la "retroalimentación de la rutina", en especial de esa rutina que tiene poco de agradable y que viene a ser como el efecto Pigmalión negativo: las expectativas negativas que nosotros mismos generamos se acaban cumpliendo, con lo que al final se confirma el peor de los escenarios que habíamos ya previsto. Eso sí, sin que movamos un dedo para pudiera no cumplirse. Y aquí entra la retroalimentación de la que hablaba mi buen amigo, porque al final vamos dando vueltas y vueltas a algo que presagiamos que no tendrá solución y que, en efecto, lo mismo no la tiene. Pero lo trágico es que si nos equivocamos y hasta, aunque sea por mero capricho del destino, resulta que la solución llega y nos es favorable, pudiera ser que ya no nos quede ni cuerpo para disfrutarla, con lo que volveremos a los versos de Miguel Hernández. Y entonces, ale, a llorar si es que el lacrimal no lo tenemos más de secano que los olivares de Jaén.

No veo nada claro este planteamiento vital, mortal más bien diría yo, esta especie de refugio frente a un todavía podría ser peor y así que vayan pasando los días. Pero si en un momento de debilidad, de mucha debilidad y agotamiento, acabara pensando así, seguiría apostando a pesar de todo, como apuesto en este mismo instante en el que escribo estas líneas, por una sonrisa, por favor, leve y sin ruido, pero sonrisa a fin de cuentas, que alivia el alma de quien la pone y de quien la disfruta, y conozco yo a quien esto lo hace con auténtica maestría.

Y si al final esto de vivir es una especie de hastío, de hartazgo hasta de uno mismo, de soledad tamaña como esa letra flamenca cantada por José Menese en la que incluso nuestra propia sombra nos abandona por no aguantarnos, que eso sí que es la soledad llevada al extremo, pongámosle una sonrisa hasta que de repente y a traición aparezca una ilusión que nos devuelva el disfrutar el placer por el mero hecho de respirar.

Pero de la ilusión ya os hablará, pacientes lectores que habéis llegado hasta aquí, Ana Olivares, escritora también en estas páginas, y amiga por encima de todo.

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