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La Opinión de Zamora

José Manuel del Barrio

Siete días y un deseo

José Manuel del Barrio

La sonrisa más grande

Aún hay un lugar reservado para la esperanza

MANOLO NEBOT ROCHERA

El viernes por la noche llegué a la conclusión de que aún hay un lugar reservado para la esperanza. Y me alegré. Porque sin esperanza, ya lo saben: ¡adiós, muy buenas! ¿Que a qué viene tanta palabrería? Les cuento. El viernes, como digo, salía de Benavente en dirección a Zamora y el coche me pedía comer. Y claro, a un coche siempre hay que darle lo que pide si uno quiere que siga rulando por la carretera y que te lleve al destino elegido. Total, que hice lo que ustedes realizan habitualmente: parar en una gasolinera, bajar del coche, abrir la tapa del depósito, marcar el tipo de combustible y la pasta o los litros que quieres repostar, coger la manguera (siempre que seas tú el que se sirve, como fue mi caso), repostar, colocar la manguera en su sitio y, si no quieres terminar en la comisaría, pasar por caja a pagar. Y así hice: entré en la tienda y me dirigí a la caja. Y la sorpresa fue mayúscula cuando me recibió la sonrisa más grande que uno pueda imaginar. Sí, digo bien: desde hacía muchísimo tiempo que no había contemplado una sonrisa igual.

La sorpresa fue mayúscula cuando me recibió la sonrisa más grande que uno pueda imaginar. Sí, digo bien: desde hacía muchísimo tiempo que no había contemplado una sonrisa igual

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Según escribo estas palabras es como si la estuviera contemplando de nuevo. Y al recordarla, la satisfacción que siento es de tal calibre que hoy quería compartir estos sentimientos con ustedes. ¿Y por qué cuento una experiencia personal en un espacio público como este? Porque me apetece y, sobre todo, porque creo que ya está bien de pensar que todo lo que observamos a nuestro alrededor son penas y calamidades; que todas o la mayoría de las personas están avinagradas, como decía el otro día un buen amigo mío; que sales de casa y ya no dices ni la hora ni te interesas por los vecinos, etc. Esto existe, lo vemos a diario, y no son buenas noticias. Lo escribía ayer mismo un colega de la Universidad de Salamanca que acaba de jubilarse: “La actual es una sociedad de singular más que de plural. Dominan los egos (egoísmo, egocentrismo, egolatrismo). Vivimos de espaldas a nuestros vecinos. Hasta hemos perdido las mínimas formas del saludo más elemental en el portal, en el descansillo, el ascensor. Eso sí: luego nos desahogamos en voluntariados y onegés”.

Pues lo dicho: el viernes me encontré con la cajera de la estación de servicio más simpática que alguien pueda imaginar. “Hola, buenas noches. ¿Qué tal está?”, me preguntó. Y las palabras fueron acompañadas de la más amplia de las sonrisas. Entonces, yo le respondí: “Hola, buenas noches. Mire, antes de pagar, quiero decirle que este recibimiento y esta sonrisa no son habituales. Y se lo agradezco”. Imagino que ella tampoco sospechaba mi respuesta porque, tras oírla, su sonrisa se amplió aún mucho más, lo que provocó en mí un efecto dominó de alegría, aprecio y cariño por una persona que nunca había visto en mi vida. Como pueden suponer, no me limité a pagar y salir corriendo. Le dije que estábamos perdiendo estos modos de presentarnos antes los demás, que nos cuesta sonreír y ser amables, que estas conductas nos están pasando factura y que, si los pensáramos dos veces, nos daríamos cuenta. Se lo agradecí otra vez y salí de allí con tal alegría y satisfacción que aún me dura este estado de ánimo. Y hoy lo comparto por si, tal vez, sirve de algo.

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