Opinión
Herminio Ramos
El trinquete y la rosca
Hoy el deporte constituye una asignatura permanente, casi imprescindible, en las formas de vida de la sociedad de nuestro siglo XXI. En el programa de fiestas de este año de nuestra ciudad, el deporte está presente con pruebas de gran categoría y entre ellas figura, por derecho propio, la de pelota, la actividad deportiva rural por excelencia.
El trinquete, esa palabra llegada del otro lado de los Pirineos y curiosamente procedente del vocabulario utilizado por los hombres del mar, era la palabra mágica de cada domingo después de misa. Se jugaba si el tiempo lo permitía, un partido y se continuaba por la tarde, contando con las obligaciones del ganado, el baile y otras costumbres muy arraigadas en ese mundo. La capilla mayor de la iglesia en muchos pueblos fue la escuela del aprendizaje a la pelota, corriendo siempre el riesgo de algún cachete. Los días de fiesta mayor o celebraciones destacadas se solían organizar partidos entre los pueblos vecinos contribuyendo a un mayor resplandor de la fiesta.
Estas tradiciones adquieren tono oficial en nuestra posguerra, llegando a organizarse auténticos campeonatos de pelota, como es fácil repasar en las hemerotecas, destacando nuestra provincia no solo por el número de aficionados a este deporte, sino por los niveles y categoría alcanzados. Es fácil poder reconocer la serie de los frontones levantados en todas las comarcas de la provincia.
Junto a este secular deporte, en la festividad del Ofertorio, dedicado a la Virgen, último domingo de septiembre o primero de octubre, fiesta del Rosario y recuerdo a la Batalla de Lepanto, 7 de octubre de 1571, con la ofrenda de los Ramos, se ofrecían por las mayordomas dos roscas que se entregaban a los vencedores de dos carreras, marcadas por la costumbre en cada lugar. Competencias que en muchos pueblos fueron motivo de auténticas tensiones deportivas que en varias ocasiones resolvió la Guardia Civil.
Un ejemplo cercano lo teníamos en el pueblecito de las Enillas, cuya fiesta mayor era el último domingo de septiembre y en cuya Carrera de la Rosca los mozos de Pereruela, San Marcial y Tardobispo celebraban una auténtica olimpiada, para después reencontrarse en el baile en las Eras siempre celosamente vigilados por la Guardia Civil de Pereruela.
Dos deportes, la pelota y la carrera, todo un símbolo y un recuerdo a algo que se va marchando casi sin darnos cuenta y sin que nadie, desgraciadamente, haga nada por mantenerlos. Una pena en tiempos de uniformidad en todos los sentidos.
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