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Sin tumbas donde dejar flores en este pueblo de Zamora

La localidad sanabresa reclama que se autoricen los enterramientos en el nuevo recinto, ampliación del actual

Cementerio de San Martín de Castañeda. Araceli Saavedra

Los vecinos de San Martín de Castañeda sufren desde hace décadas un grave problema de falta de espacio en el cementerio del pueblo donde, como hace más de medio siglo, se levantan los restos para enterrar nuevos cuerpos. Reclaman a la Junta de Castilla y León que solucione este problema con la autorización para usar el cementerio nuevo, una ampliación junto al recinto actual.

Estos días de conmemoración y recuerdo hacia los familiares fallecidos “vienen muchas familias de Madrid, Barcelona… de otras ciudades, pero no pueden dejar una flores en la sepultura porque ahora la ocupa otro cuerpo”, manifiestan los residentes. Los descendientes de San Martín siguen eligiendo el cementerio junto al Lago de Sanabria para tener el último, en teoría, reposo.

Cementerio San Martín de Castañeda. Araceli Saavedra

La ampliación del camposanto, situado en la explanada del monasterio, está bloqueada por la Junta de Castilla y León. La Comisión de Patrimonio niega sistemáticamente ocupar el recinto contiguo ya construido. Solo falta hacer las calles en el nuevo espacio, que ya está delimitado con un muro de piedra acorde con el entorno del monasterio y que no “tapa” la iglesia. El Ayuntamiento de Galende perdió una aportación de 37.000 euros de la Diputación, incluida en los Planes Provinciales, para el proyecto de ampliación del cementerio. Un proyecto que, como reconocía el concejal Oscar Coca del Estal, minimizaba el impacto visual y se amoldaba al desnivel del terreno, a una cota inferior que el propio monasterio. Esa obra se ejecutó siendo alcalde mayor Antonio del Estal y donde se invirtieron 60.000 euros y la construcción de un muro de piedra del país.

En sucesivos concejos vecinales se acordó insistir en la ampliación del cementerio y respetar la altura de 60 centímetro de las cruces y una placa, sin panteones ni nichos. Una homogeneidad y un consenso que contrasta con la desconfianza de los responsables de Patrimonio “que no se cumpliera la altura de las cruces”. El tiempo corría y la obra no se hacía. Una nueva reunión con los responsables de Patrimonio dio, nuevamente, resultado negativo.

Vista desde el cementerio del recinto donde se quiere realizar la ampliación. Araceli Saavedra

Lo que se vive cada vez que hay que abrir una tumba es traumático para los familiares y los vecinos que asumen la tarea de enterrador. Abrir la tumba, recoger los huesos, retirar todos los restos de la caja cuando es de madera. “Si tenemos que desenterrar una caja de cinc, se hacen auténticas barbaridades, nos toca saltar para doblarla y poder sacarla. No se lo deseo a nadie”.

El crudo relato de cómo hay que desenterrar a cada convecino obligó precisamente al concejal a “marcharme” de la comisión, tras contar con pelos y señales el proceso. “Pero no les importó”. En estos tiempos “todos tenemos coches y carreteras, antes íbamos en burro y en carro. Ahora en lugar de tener un cementerio moderno tenemos que estar enterrando como hace medio siglo”. Eso, en un núcleo enclavado en el Parque Natural del Lago de Sanabria.

Un proceso que se hace con padres, con abuelos, con niños. La vivencia no se olvida cuando sacas los restos de un abuelo, de un padre o “cuando me tocó abrir la tumba de una niña ¿Sabes la impresión que da encontrar los botines pequeños donde todavía se ve el color? Imagínate ¡Y teniendo tus hijos!”.

Óscar Coca en el cementerio de San Martín de Castañeda. Araceli Saavedra

Los restos de los cuerpos se agrupan y se entierran bajo el nuevo féretro “en un agujero lo más hondo que puedes”.

Las familias de San Martín son las más interesadas en mantener el entorno incluso solicitando la retirada del trasformador de electricidad y cortar los castaños alrededor del conjunto monástico. Ante la negativa a facilitar la vida, mejor dicho la muerte, al vecindario, hubo quien en un concejo propuso responder a la negativa de la ampliación con una plantación masiva de chopos para tapar la vista del monasterio. Evidentemente la lógica, en un entorno eminentemente turístico y que cada vez recibe más visitantes, disuadió de tal medida drástica.

“A nadie de esta corporación le gustaría marcharse sin haber dejado hecho el cementerio”. Un mandato de vecinos y concejo que para el concejal Coca estaba obligado a cumplir “y si se perdió el dinero de la subvención fue porque a mí el pueblo me pidió que se hiciera ahí. Y yo insistía”. Los concejos se convocan dos o tres veces al año para limpiar y hacer el mantenimiento del recinto.

Los restos de las cruces y lápidas que se levantan para instalar las nuevas, conforme se producen los nuevos enterramientos, se apilan para pasado un tiempo retirarse todo en un contenedor. También hay acuerdo para mantener espacios entre las tumbas de 70 centímetros para facilitar el paso entre los pasillos. Un cementerio que sigue un ordenamiento y un turno. El mismo que se quiere seguir en el nuevo cementerio pero sin levantar los restos de nadie y facilitar que en un mismo hueco se puedan enterrar tres fallecidos de una misma familia.

Cruces y lápidas apiladas tras ser retiradas para dejar espacio a nuevos enterramientos. Araceli Saavedra

Hay un caso especial con el único panteón levantado en este cementerio, el de Jacinta Martín González, la partera fallecida en 1973 “por sus méritos como comadrona”. Y el acuerdo de su pueblo de que su tumba “nunca sea abierta”.

Panteón de la partera Jacinta Martín González, el único construido en San Martín de Castañeda. Araceli Saavedra

Y la pregunta que se oye es “¿Cómo Patrimonio permitió hacer la chapuza de la pizarra en la plaza del monasterio y no se permite usar el cementerio, cuando ya está hecho?”.

Placa del panteón de Jacinta Martín González. Araceli Saavedra

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