Gritos

No hay mayor maldición a Dios que matar en su nombre

20.03.2016 | 00:27

Siempre me han llamado la atención los dos gritos, referidos a Jesús, que recordamos estos días santos. El primer grito acontece hoy, Domingo de Ramos, y es el que el pueblo de la ciudad santa proclamaba mientras Jesús entraba en Jerusalén: "¡Bendito el que viene en el nombre del señor!" (Lc 19, 38). El segundo grito acontece en la mañana del Viernes Santo cuando el mismo pueblo grita: "¡Crucifícalo, crucifícalo!" (Jn 19, 6). El mismo pueblo, apenas unos días de diferencia y dos gritos tan antagónicos. Eran unas marionetas movidas por el momento y el poder de turno.

Pero ¿qué tienen que ver estos gritos, propios de una sociedad trasnochada, con nosotros? Tienen que ver, y mucho. Somos testigos, por desgracia, de los asesinatos indiscriminados de personas, mientras los asesinos gritan el nombre de Dios bendiciéndolo. Sin embargo no puede existir una mayor maldición al nombre de Dios que matando en su nombre.

Esas situaciones de barbarie no están muy lejos de las nuestras, camufladas bajo la capa de la mal interpretada palabra libertad. Me refiero a dos realidades bárbaras (porque no tienen otro nombre), que son: el aborto (mal llamado interrupción voluntaria del embarazo; no es interrupción, es eliminación) y la eutanasia (mal llamada muerte digna, ¿dónde está la dignidad?). Estas dos situaciones son debatidas en el ágora pública en que se han convertido los bares y cafeterías. Defendemos el aborto y la eutanasia dándonos de personas libres y tras despedir el debate nos vamos a coger la vela o la vara de no sé cuál cofradía. Pensemos, pues, si nosotros no somos como aquellas personas de Jerusalén que cuando les interesaba gritaban a Jesús bendito y cuando les interesaba lo declaraban maldito. Pensemos si hoy no nos ponemos a proclamar públicamente en una procesión que Jesús es bendito y a los cuatro días no nos ponemos a defender el aborto y la eutanasia, mientras nos colgamos la "chapita" de "ultracofrades".

Soy consciente de que también dentro de la Iglesia muchas personas encargadas de dar con su vida un testimonio de que Dios es el bendito han utilizado este nombre en su propio servicio y han hecho de él un maldito para tantas personas que han sido víctimas de abusos. Hagamos de nuestra vida de cofrades y por ende de cristianos un testimonio de que Dios es "el Bendito".

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