Florentino Trapero, guerra civil y dictadura

El autor de la "Borriquita" sufrió prisión y fue apartado de la enseñanza durante 24 años

02.04.2015 | 08:34
Paso de lal Borriquita de Florentino Trapero.

Cuando el Domingo de Ramos los niños de Zamora acompañan a la popular "Borriquita", pocas personas son conscientes de la persecución que había sufrido y estaba sufriendo su autor en el momento de ejecutar tan entrañable paso. Como consecuencia de su actuación durante la Guerra Civil española, Florentino Trapero fue sometido por el franquismo a un juicio sumarísimo, recluido en prisión y expulsado de la enseñanza durante veinticuatro largos años. El desconocimiento es todavía más injustificable si consideramos la intensa relación del artista con la Semana Santa en los años cincuenta, como imaginero, restaurador de un gran número de pasos y divulgador de la escultura procesional zamorana. Incluso su propio hijo y biógrafo apenas se detiene en estos amargos acontecimientos. Atribuye los problemas que padeció a los celos profesionales y su tardía rehabilitación a la dejadez administrativa.

Con las líneas que siguen pretendemos arrojar algo de luz sobre esta etapa de la vida de quien fuera un excelente imaginero, autor de una de las mejores aportaciones artísticas del siglo XX a la Semana Santa de Zamora.

Una guerra entre hermanos

Como es sabido, Florentino Trapero Ballestero (Aguilafuente, Segovia, 1893-Madrid, 1977) dio sus primeros pasos artísticos en el taller de Aniceto Marinas, preparación previa a su ingreso como alumno en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y en la escuela de Artes y Oficios de Madrid. Una vez completada su formación, y ante la escasez de encargos, eligió dedicarse a la enseñanza. Así pues, en 1932 fue nombrado encargado del curso de Dibujo del Instituto de Jaca (Huesca). Después de enseñar en los correspondientes establecimientos de Lérida y Reinosa (Cantabria), promociona en marzo de 1935 al puesto de profesor numerario de Dibujo. Finalmente llegará en junio de 1935 al Instituto de Avilés (Asturias), donde se encontraba al comienzo de la Guerra Civil.

El transcurso de la guerra provocó registros e incautaciones a varios profesores del instituto. Parece, en cambio, que nuestro escultor no sufrió molestia alguna en aquel momento, aunque tuvo que superar, como todos los funcionarios, el proceso de depuración que organizaron las autoridades republicanas. Es posible que su pertenencia a la Asociación de Trabajadores de la Enseñanza de Asturias (ATEA) descartara toda sombra de sospecha sobre su persona.

La ATEA era una asociación profesional que formaba parte de la UGT. Fueron sus fines la mejora de la situación de los docentes y el impulso de una educación popular y democrática. Todo indica que Trapero se afilió por motivos laborales e incitado por el contexto bélico. En este sentido, ya era miembro desde marzo de 1934 de la Asociación de Profesores de Instituto, que más tarde se integraría en la UGT. Por otra parte, su ingreso en la ATEA se produjo en febrero de 1937, de manera colectiva, junto a personas de muy diferente ideología. Además, no desarrolló actividad política paralela, como era frecuente en la época, y su actuación en la organización fue poco relevante.

Más importante fue, sin duda, su labor en relación con el patrimonio cultural. En diciembre de 1936 Trapero fue comisionado por el alcalde de Avilés para que inspeccionara los edificios que habían sido confiscados e inventariara aquellos bienes artísticos que mereciesen ser conservados. Algo más tarde, en febrero de 1937, se encargó de recogerlos. El escultor llevó a cabo estas tareas en las iglesias de San Nicolás, Santo Tomás, San Francisco y La Magdalena; además de las mansiones de los Suárez-Inclán y de los Cobos. Trasladó todas las obras de arte que creyó conveniente a las dependencias del instituto. No obstante, tal cometido de conservación del patrimonio le ocasionará al artista amargas consecuencias pues, como veremos, será acusado de negligencia e inducción a la destrucción.

Sin embargo, sus actividades durante la guerra no se limitaron a la protección del patrimonio. En enero de 1937 ofreció una charla sobre el arte y la guerra. También desempeñó el puesto de delegado de la ATEA en el Secretariado de Cultura de Avilés; enseñó Dibujo a las mujeres que sustituían a los milicianos en las industrias locales y tuvo que colaborar con el Servicio de Fortificaciones.

Mientras tanto, la evolución de la guerra aconsejó la evacuación de la familia del escultor a Francia en septiembre de 1937. Su esposa era profesora de idiomas y también pertenecía a la ATEA. Ella y sus cuatro hijos terminarán el viaje como refugiados en Sant Fruitós de Bages (Barcelona). Nuevamente pasarán al país galo a comienzos de 1939, asentándose en Villefranche de Rouergue (Mediodía-Pirineos). Allí, en medio de penurias sin cuento, les sorprenderá la Segunda Guerra Mundial.

Pero regresemos a Asturias en el otoño de 1937. El último bastión republicano en el norte estaba próximo a sucumbir. Cientos de personas intentaron huir por mar de Avilés y Gijón en frágiles embarcaciones. Entre ellas nuestro protagonista, que subió a bordo del "Vicenta Pérez", un pequeño barco pesquero. Pero la suerte no estaba de su parte. El 21 de octubre de 1937, al día siguiente de partir, fue apresado en alta mar por los nacionalistas.

Crónica de una injusticia

Florentino Trapero fue inmediatamente trasladado al Campo de Concentración de Camposancos, un antiguo colegio de jesuitas cercano a La Guardia (Pontevedra). En noviembre de 1937 será examinado por la Comisión de Clasificación, que era quien decidía en primera instancia el destino de los prisioneros. A nuestro escultor le esperaba comparecer ante un consejo de guerra. A mediados de diciembre le condujeron a la Prisión de Coto (Gijón) para ser juzgado.

En Gijón fue sometido por el Consejo Permanente de Guerra número 1 de Asturias a un juicio sumarísimo de urgencia, sin ningún tipo de garantías: se acumularon muy diferentes casos en un solo procedimiento, no dispuso de defensa hasta que se terminó la instrucción del sumario, la acusación se fundamentó en declaraciones e informes, casi sin pruebas documentales propiamente dichas; el defensor, que no era un jurista, no solicitó otras pruebas y, por supuesto, no había posibilidad de recurso.

Para la instrucción solicitaron informes a la Delegación de Orden Público, Falange y Ayuntamiento de Avilés, además de las declaraciones de varios compañeros de Trapero. Los informes ponen de manifiesto su colaboración con las autoridades republicanas en la recogida de obras de arte. No falta alguna acusación de ocultación. Por su parte las declaraciones insisten en el perfil apolítico del escultor antes del conflicto, su posterior adhesión a la ATEA y su participación en la salvaguarda de bienes de interés cultural. Unas son más duras, pues inciden en que consintió la destrucción de obras y ornamentos sagrados y en la coincidencia de su "conversión" con el ascenso a catedrático. Por ello, tampoco se pueden desechar los celos profesionales que mencionábamos al principio. Otros testimonios, en cambio, son más indulgentes, pues indican que la afiliación fue colectiva, que no había hecho propaganda política y que las obras de arte ya habían sido devueltas. La afiliación colectiva es verosímil porque dos de los testigos, nombrados por los nacionalistas secretario y director del instituto, constan en la documentación republicana como miembros también de la ATEA.

Intercedieron por Trapero un viejo amigo de la infancia, por aquel entonces jefe de Falange de Navalmanzano (Segovia), y su hermano Manuel Trapero, cura de dicho pueblo. En sus testimonios resaltaron la existencia de antiguas enemistades, que el escultor había realizado obra religiosa antes de la guerra y que era, por último, una persona honesta.

El propio artista en su declaración resta importancia a la colaboración con las autoridades republicanas. Según él, tan solo había actuado como guía. Destaca la existencia de viejas inquinas e insiste en su falta de interés por la política, pues se había negado a apoyar a un compañero implicado en los sucesos revolucionarios de 1934. Advierte, por último, que la integración en la ATEA había sido colectiva.

De poco valieron las explicaciones. El auto resumen le acusó de ser partidario del Frente Popular, que le había nombrado catedrático y a su esposa profesora auxiliar. Le atribuye haber manifestado que determinadas imágenes y ornamentos podían ser quemados. Asimismo, se le recrimina afiliarse a la ATEA, la evacuación de su familia y su propia huida. A su favor intervino la realización de obra religiosa antes de la contienda, la recogida de bienes culturales, el trabajo forzoso en fortificaciones y su negativa a respaldar a un implicado en los sucesos revolucionarios del 34. Como resultado, el fiscal consideró los hechos constitutivos del delito de auxilio a la rebelión. La defensa, en cambio, se limitó a pedir la libre absolución.

La causa estaba lista para sentencia, que se dictó el 2 de abril de 1938. Florentino Trapero fue considerado culpable de un delito de auxilio a la rebelión y condenado a una pena de veinte años de reclusión menor e inhabilitación absoluta.

Algo más tarde, en mayo de 1940, la condena quedará reducida a seis años y un día de prisión mayor y a la suspensión para todo cargo. Era la solución del régimen franquista a la saturación del sistema penitenciario.

Para cumplir la pena, nuestro escultor fue llevado en mayo de 1938 a la Prisión Central de Figueirido (Pontevedra). Es muy posible que allí redujera parte de la condena mediante el trabajo, como se deduce de la investigación a que fue sometido en junio de 1941. Finalmente, accederá a la libertad condicional provisional en noviembre de 1941. En total estuvo recluido algo más de cuatro años.

Es fácil hacerse idea de la dura vida en los campos de concentración y prisiones que recorrió. La alimentación y las condiciones higiénicas eran pésimas. Los malos tratos psicológicos y físicos estaban a la orden del día. Pero a pesar de todo, Trapero superará este duro entorno con la ayuda de una terapia: el dibujo.

Adiós a las aulas

Nuestro artista era otra vez libre y pudo abrazar de nuevo a su familia. Pero no habían terminado para él las desdichas. La condena, al apartarle de la enseñanza, le dejó en una precaria situación económica. La familia Trapero tuvo que sobrevivir de los escasos encargos que pudiera tener un ex-preso político en aquella miserable Posguerra. Llegó a ganarse la vida, incluso, restaurando obras de arte para anticuarios. Su suerte mejora poco más tarde, cuando consigue trabajo como restaurador en la catedral de Sigüenza (Guadalajara), entre 1943 y 1950.

Quizá esta apurada situación le animara a luchar por volver a las aulas. Así pues, en junio de 1950 pidió la revisión de su expediente de depuración. Sin embargo, habrá de esperar hasta 1957 para que su caso sea examinado por el Ministerio de Educación. En su descargo alegó la extinción de la pena principal, el salvamento de numerosas obras de arte, la no participación en actos delictivos ni políticos, la separación del servicio durante veinte años y que tenía más de sesenta y tres. Para probar estas razones presentó informes favorables de las autoridades de Avilés, Sigüenza y de un antiguo compañero.

Finalmente, se le declaró depurado y fue readmitido, pero con la sanción (veinte años después de su detención), de cinco años de traslado fuera de la provincia e inhabilitación para cargos directivos. Además, mientras revisaban su depuración, el escultor fue investigado por el Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo, aunque su causa será pronto cerrada por ausencia de antecedentes comunistas. Así era de inflexible la maquinaria represiva del franquismo.

El procedimiento todavía se alargó un tiempo. Su expediente de depuración no se resolverá definitivamente hasta enero de 1961. Trapero se incorporó al Escalafón de Catedráticos Numerarios de Instituto, aunque solo le reconocieron una parte de la antigüedad (desde 1953, cuando había sido nombrado por las autoridades republicanas en octubre de 1936).

La deseada vuelta a las aulas se hará por fin realidad en el Instituto de Valdepeñas (Ciudad Real), en febrero de 1961, a la edad de sesenta y siete años, tras veinticuatro apartado de la enseñanza.

Con esta severa política represiva hacia los docentes, el franquismo pretendía eliminar los valores progresistas de la enseñanza, representados por la segunda república, sustituyéndolos por los valores propios del nacional-catolicismo.

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