22 de octubre de 2018
22.10.2018
La Opinión de Zamora

Cien años de la pandemia de la "gripe española"

Más de 13.000 personas fallecieron en la provincia | Zamora registra los índices de mortalidad más altos del país por el virus

22.10.2018 | 11:51
Cien años de la pandemia de la "gripe española"

Aquel octubre de 1918, sobre Zamora parecía haberse descargado la ira de Dios. Las murallas de la bien cercada, que antaño se utilizaran para frenar invasiones del enemigo o de la peste negra de la Edad Media se habían convertido en muladares de una ciudad sucia con una gran mayoría de población analfabeta, sin condiciones mínimas de higiene, en la que se mezclaban las aguas sucias, los desperdicios y detritos humanos y de animales, pues era común que pleno casco urbano convivieran humanos y animales, de gallinas a cerdos.

Ese octubre de hace cien años, las calles hediondas y enfangadas se veían inundadas por nieblas más allá de las que emanaba el Duero: el humo de la pólvora con el que se pretendía desinfectar la ciudad, los cortejos fúnebres, sin ataúdes ya, con los muertos camino del cementerio colapsado con decenas de entierros casi a diario. Buena parte de las más de 13.000 defunciones registradas ese año se debieron a un virus de la gripe letal.

El agente causante de tan terrorífico escenario, que condujo a la población al estado de pánico, ha pasado a la historia como la gripe española. Un apellido inapropiado para una pandemia global que, según los estudios más recientes, llegó a afectar a 500 millones de personas en todo el mundo. Más de 50 millones fallecieron por su causa en Europa, es decir, el triple de los muertos en los campos de batalla de la I Guerra Mundial en cuyas trincheras anidó en verdad el virus letal.

Epidemiólogos e historiadores continúan, un siglo después, ahondando en el origen del brote, así como en las causas de su propagación y elevada tasa de mortalidad. Zamora tiene nombre propio en los estudios internacionales. Las muertes en el conjunto de la provincia, puesto que ningún pueblo se salvó, triplicaron la media nacional, alcanzando una tasa de diez muertes por cada mil habitantes.

Ese aumento de los fallecimientos tiene reflejo en los padrones de población que no recuperarían la normalidad hasta pasado 1919, como afirma el exhaustivo estudio realizado por el cirujano Javier García-Faria del Corral "La epidemia de gripe de 1918 en la provincia de Zamora". Tan elevadísima mortalidad todavía es objeto de estudio puesto que, aún registrándose gran incidencia de contagio, no se alcanzan cotas tan elevadas en provincias vecinas como Orense (con un tercio menos de casos mortales), Valladolid o Salamanca.

Afirma la periodista e investigadora Laura Spinney en "El Jinete Pálido", una de las últimas obras de divulgación publicada con ocasión de la efemérida de la pandemia, que la mal llamada "gripe española" supuso un colapso social equivalente al de la llamada "peste negra" de la Edad Media. Hoy día nadie duda de que el virus llegó de más allá de las fronteras españolas, pero fue aquí donde la prensa fue la primera en informar.

En el resto de Europa la censura impedía que salieran publicadas noticias que pudieran bajar la moral de los ejércitos. Todavía hoy se sigue debatiendo sobre el "paciente cero" y su procedencia. Los epidemiólogos apuestan a que el H1N1, como acabó siendo bautizado el virus (no bacilo, ni microbio, ni bacteria, como pretendieron identificar al principio los médicos de la época, desbordados por la situación y sin medios apropiados ni de investigación ni para tratamiento de la gripe y sus complicaciones secundarias), es de tipo A (el que es capaz de originar pandemias), de origen aviar. Asimismo, se especula con la posibilidad de que se iniciara en un país asiático y que de allí, pasara a Estados Unidos, lugar de inmigración, por ejemplo, para trabajadores chinos.

En el mencionado libro de Laura Spinney se recoge uno de los primeros casos documentados de la temible gripe. "El 4 de marzo de 1918, Albert Gitchell, un cocinero del campamento Funston, en Kansas, acudió a la enfermería con irritación de garganta, fiebre y dolor de cabeza. Para la hora del almuerzo, la enfermería ya trataba más de un centenar de casos similares, y en las semanas siguientes, enfermaron tantos, que el oficial médico en jefe del campamento requisó un hangar para acomodarlos a todos".

La gripe era ya, por tanto, una epidemia en Estados Unidos, en particular en el medio oeste y en las ciudades de la costa este, desde donde partían las tropas en dirección al frente de Francia. Del campamento Funston salieron buena parte de los soldados norteamericanos reclutados tras entrar en guerra los Estados Unidos en 1917. Abril de 1918 fue inusualmente caluroso. Los casos comenzaron a declararse, también entre las filas del enemigo, hasta preocupar al director de Higiene del Segundo Ejército alemán, Richard Pfeiffer, el descubridor del bacilo que lleva su nombre. La gripe se extendió rápidamente por Francia, Gran Bretaña, Italia y España. Hasta el rey Alfonso XIII, el presidente del Gobierno y varios de sus ministros cayeron víctimas de la enfermedad en mayo, cuando los expertos sitúan la primera de las tres oleadas de la gripe.

Zamora era entonces una ciudad pequeña, víctima del subdesarrollo del que participaba, en mayor o menor medida, el resto del país, aún no recuperado del Desastre colonial de 1898 y, por tanto, muy atrasado en aportaciones científicas y en condiciones socio económicas.

Sin embargo, en España se tuvo conciencia, rápidamente, de que la enfermedad venía de fuera y en concreto de las fronteras francesas. Hasta Francia se desplazaron no solo soldados portugueses que luego volverían a casa según avanzaba la guerra, sino trabajadores de uno y otro lado de la Raya portuguesa que acudían al sur de Francia como vendimiadores, ya que los hombres estaban en el frente y se necesitaban jornaleros para la cosecha. La mayoría de ellos hicieron el camino de vuelta a Portugal y a los pueblos de diferentes puntos de España desde Hendaya en tren. Hasta el punto de que, según Spinney, la superposición del mapa ferroviario de la época es un calco, prácticamente, del esquema de diseminación del virus. Meses más tarde, declarada ya la epidemia, "El Heraldo de Zamora" aseveraba que "el primer foco de infección se desarrolló en Medina (del Campo) por el paso de los repatriados de Francia y hasta la fecha no conocemos que se haya llevado a cabo la desinfección". La estación de Medina del Campo tuvo que ser clausurada.

Pero meses antes, en la primavera de 1918, en España la prensa hablaba libremente de lo que se conoció también como enfermedad del "Soldado de Nápoles", por coincidir la aparición de esa primera oleada del virus con el estreno de la zarzuela "La Canción del Olvido", a la que pertenece dicha tonada. Y se perañadía un tono jocoso incluso en los propios diarios zamoranos, donde se daba cuenta, por otro lado, de una situación sanitaria lamentable.

Formaban parte de la información general tanto las advertencias de las autoridades médicas como las noticias relacionadas con otras epidemias. Una, de tifus exantemático detectada en Portugal un año antes. Otra, la aparición de la viruela. El 6 de abril de 1918, bajo el titular "Noticias gravísimas", El Heraldo de Zamora da cuenta de un caso estremecedor ocurrido en el pueblo de Villarino tras la Sierra: "Hace cuatro días fue recogido en asa del juez municipal un portugués el cual falleció de la epidemia, contaminando al juez que también ha fallecido y a la familia de éste, que se halla en grave estado". El periódico exigía a las autoridades "que se den las más terminantes órdenes para que la frontera esté inspeccionada en condiciones, si no queremos que el tifus exantemático venga a dejar chiquita a la epidemia variolosa que reina en Zamora". El mencionado caso llama la atención por lo fulminante de las muertes y porque se produce solo un mes antes de que se dé por confirmada la llegada de la gripe a Zamora.

En su libro, Spinney describe que, en los casos más graves, además de los síntomas respiratorios y gástricos, se presentan lo que los doctores nominan como "cianosis heliotrópica", consecuencia de una complicación derivada en neumonía bacteriana. Los enfermos presentaban manchas de color caoba, que iba derivando en negro. Las primeras manchas empezaban por la cara, pero se extendía a extremidades y abdomen. El autor francés Apollinaire, muerto de gripe el mismo día en que abdicaba el káiser Guillermo, falleció "completamente negro", según descripciones de quienes lo visitaron en sus últimas horas.

La periodista, habitual firma de revistas altamente especializadas, especula con la posibilidad de que, en algún caso, pudieran confundirse ambas enfermedades y se diagnosticara tifus exantemático en lugar de gripe. ¿Podría ser este el caso de Villarino tras la Sierra? Una autoridad en el estudio del H1N1, el doctor Antoni Trilla, epidemiólogo del Hospital Clinic de Barcelona, duda de esa posibilidad puesto que los casos más graves se dieron a partir del mes de octubre y los primeros, más benignos, se detectan en el mes de marzo en Madrid, pero reconoce que el tifus exantemático no resulta, en principio, tan letal como la crónica reflejada en El Heraldo.

Y aunque fuera el tifus, la conclusión es igual de triste: Zamora hacía frente a tres epidemias a la vez en la primavera de 1918. El 13 de abril, El Correo de Zamora informa sobre episodios de viruelas y los centra en lo sucedido en un domicilio de los Barrios Bajos, donde han colgado un cartel advirtiendo "En esta casa hay viruelas". Se alude a "una familia gitana, procedente de Salamanca con varios hijos de corta edad" alojada en dicha vivienda durante la feria de Botijero. Uno de los niños cayó víctima de la viruela, pero la familia ocultó la enfermedad hasta que esta estuvo en pleno apogeo por miedo a ser expulsados de la ciudad. El niño, al parecer, superó la enfermedad, pero los periódicos aprovecharon para señalar, de nuevo, la falta de medidas de higiene y sanidad, al tiempo que reclamaban, como lo venían haciendo ya otras autoridades en la Junta de Sanidad, la existencia de un hospital dedicado a epidemias de este tipo.

Se extiende además cierta xenofobia al señalar, de nuevo, a los portugueses como portadores de enfermedades. Cargarán también con el mismo sambenito cuando se haga patente la también llamada Influenza, hasta el punto de ordenarse el cierre de fronteras con el país vecino. La misma determinación tomará, en el auge de la pandemia, el Gobierno central con la frontera francesa. Demasiado tarde para un enemigo que viajaba por el aire, sin que nada pudiera ser capaz de detenerlo.

A pesar de la proliferación de enfermedades, los servicios de desinfección en Zamora eran nulos. Incluso es frecuente lo que relata El Correo en la misma crónica del chiquillo afectado por viruela: "En las casas números 36, 27 y 50 de la calle de la Cárcaba, existen tres prenderías, llenas de ropas y muebles viejos, la mayoría proceden de personas que han fallecido de enfermedades comunes y otras de infecciosas. Estos industriales las han adquirido y metido en sus casas, sin desinfectar, las exhiben al público y las sacan a la calle como muestra de su mercancía".

La mayoría de los zamoranos se halla sumida en la miseria. La comida escasea, puesto que hay dificultades de abastecimiento. Los productores nacionales, también los provinciales, aprovechan la situación de guerra para exportar sus mercancías a otros países. Nacerá así una nueva burguesía, una clase emergente y enriquecida con prósperos negocios, pero la factura en materia de salud pública será exorbitante. Sin higiene de ningún tipo, debilitados, "El jinete pálido" tenía todo a favor para cabalgar a sus anchas por las tierras zamoranas.

En el mes de mayo, tanto El Heraldo como El Correo ya se hacen eco de lo que, casi en tono jocoso, llaman "La enfermedad de moda" o "La epidemia madrileña". Empiezan a proliferar los casos de lo que se denomina como "enfermedad indeterminada" al desconocerse "el agente o microbio productor de ella", con un cuadro sintomático indeterminado que incluye dolores articulares, fiebre que no dura más de 48 horas, abatimiento, "un poco de saburra gástrica y mejor que dolor de cabeza, amodorramiento". A pesar de que el mal ha aparecido ya también en Salamanca, no hay miedo: "Ningún temor, que nunca están justificados ni han sido ni son agentes terapéuticos", firmaba entonces el escribiente identificado como el doctor Laf en El Correo.

Se manejaban teorías que ligaban la aparición del mal a los gases y los cadáveres insepultos en las zonas de guerra, pero el buen humor imperaba. El Heraldo de Zamora bromeaba con la ocurrencia de que en Barcelona, puesto que la epidemia entró por el este peninsular, se llamara a la enfermedad "El Paseo Marítimo" y hacía chistes sobre las recomendaciones médicas de seguir dieta para combatirla por parte de una población en estado famélico por la escasez.

En junio, El Heraldo ya da cuenta en un artículo firmado por Eduardo Andicoberry, del alto índice de mortandad en Madrid. Relata casos de "hemostisis aguda. Abundan los vómitos de sangre repentinos en personas fuertes y sanas". Durante el verano, la influenza pareció tomarse unas vacaciones. Como si el descanso le hubiera valido para tomar fuerzas reaparecería en agosto y se manifestaría con toda su crudeza en otoño. El doctor Trilla mantiene que esta segunda oleada está causada por el mismo virus, el famoso A(H1N1), mientras el doctor García Faria apunta la posibilidad de que el mismo hubiera mutado (algo frecuente, según los expertos, en este tipo de virus) para volverse más agresivo.

Septiembre era el mes de las cosechas, en el que eran frecuentes las bodas, las fiestas y acontecimientos multitudinarios como las corridas de toros. También era la época en que se incorporaban nuevos reclutas a los Regimientos instalados en la ciudad. "Hay cólera en la frontera, gripe en España y, en este pequeño rincón de la península, fiestas", resumía El Correo en aquellos días. Los jóvenes soldados participaban en unas prácticas de artillería y comenzaron a enfermar. El 27 de septiembre el mismo diario ya informaba en su primera página de las epidemias en los cuarteles y recogía una serie de medidas preventivas para evitar los contagios como separar las camas de los reclutas. El inspector general de Sanidad de Zamora, Manuel Martín Salazar, reconocía, por su parte, la incapacidad de la administración y la dificultad de hacer entender a la población la facilidad de los contagios. No fue por falta de información: los dos diarios locales se esforzaban en publicar a diario explicaciones y consejos de higiene y médicos con el asesoramiento de los galenos de la ciudad. Algunas teorías resultaron un tanto extravagantes. El doctor Luis Ibarra sugirió "que la enfermedad era el resultado de una acumulación de impurezas en la sangre debido a la incontinencia sexual". Los diarios zamoranos, además, criticaron abiertamente a las autoridades locales por haber minimizado la situación.

Fracasaron los intentos de poner en cuarentena a los soldados en el Castillo. La gripe se extendía entre la población civil. Las autoridades se esforzaban en hacer cumplir las recomendaciones sanitarias que insistían una y otra vez en la facilidad del contagio y la necesidad de huir de los actos masivos. Por contra, la Iglesia consideró la epidemia una consecuencia de "nuestros pecados e ingratitud, por lo que el brazo vengador de la justicia eterna ha caído sobre nosotros" y comenzó a convocar actos religiosos que concentraban a una multitud aterrada. Y así, el obispo Antonio Álvaro y Ballano señalaba a la intervención divina en castigo por los pecados de los zamoranos en las mismas páginas de El Correo en las que el gobernador prohibía las grandes reuniones hasta nuevo aviso.

En octubre la plaga llegó a su momento álgido. El doctor Faria registra la máxima incidencia en cuanto a muertes entre el 12 y el 17 de octubre en el conjunto de la provincia. En un solo día se llegan a registrar 200 fallecimientos. Los más afectados, por edades, son los niños de entre 1 y 4 años y la franja de edad entre los 21 y los 30 años. En este último colectivo, el 80% de los fallecimientos de ese año están relacionados con la gripe. La falta de inmunización frente a otros grupos de mayor edad, que habían pasado por anteriores epidemias, pudo jugar un papel decisivo en ello, según los investigadores.

Los alimentos se encarecían, especialmente los que recomendaban los galenos para hacer frente a la gripe, principalmente la leche, pero también los huevos. Escaseaba el pan y la basura seguía reinando en las calles. Ese mismo mes de octubre las autoridades locales ponen en marcha medidas que incluyen poder cerrar negocios si incumplían las normas sanitarias, sanciones para quienes no mantuvieran los animales encerrados, como las gallinas y la advertencia, por parte de los rectores de la sanidad a los políticos, de castigar con cuantiosas multas la negligencia a la hora de registrar las muertes debidas a la gripe. El pánico en las calles se generaliza hasta bordear el desorden social. Las gentes, desesperadas, buscan consuelo en las numerosas funciones religiosas donde la oración "Pro tempore pestilencia" proclama que la enfermedad es voluntad de Dios y que solo su misericordia puede salvarlos.

Murieron más mujeres que hombres, hasta un 25% en la franja de edad con más defunciones. Como explica otra investigadora, la doctora Beatriz Echeverri Dávila, el aumento de la mortalidad femenina se debió a que se agudizaron las cargas que soportaban las mujeres, entre ellas, el cuidado de los enfermos. Alguna de ellas puede considerarse como una auténtica heroína: sor Dositea Andrés, religiosa de las Siervas de María murió mientras atendía a los soldados en los cuarteles, después de pasar días sin apenas descanso. Su figura y su labor siguen siendo recordadas en la capital zamorana. También les costó la vida a muchos sanitarios y a médicos de pueblos que se veían impotentes ante el avance del mal. Carlos Enríquez Contra, de Morales del Vino, Félix Gitrama, de Moreruela de los Infanzones, Aurelio Perlines, de Villamor de los Escuderos o Vicente Hernández de Fresno de Sayago, fueron algunos de los facultativos cuyos funerales fueron sufragados por el Colegio de Médicos como último homenaje a quienes dieron su vida por atender a sus pacientes.

Las notas necrológicas y las esquelas invadían las páginas de los periódicos. El horror se extendía por todas las localidades de la provincia y, especialmente, en la capital. Por entonces la parroquia de San Juan correspondía al centro de la ciudad, donde residía la mayor parte de la población. Esa razón, apunta García Faria, explica que fuera la zona más afectada, seguida de San Ildefonso, San Lázaro, San Vicente, La Horta, San Frontis y, la que menos, San Torcuato, que entonces coincidía con los límites de la urbe. Era tal el horror reinante que hasta las campanas dejaron de doblar a muerto para no traumatizar más a una población en situación de pánico colectivo que buscaba, inútilmente, refugio entre los muros de las iglesias sin saber que así, solo aceleraba las posibilidades de contagio y, por tanto, de morir.

El 24 de octubre la Diócesis sacó en procesión a la Virgen del Tránsito.
La última vez que la imagen había abandonado el convento del Corpus Christi había sido 30 años antes, durante una epidemia de cólera. Llegaron fieles desde los pueblos vecinos, la Catedral estaba abarrotada. Las autoridades provinciales intentaron utilizar las atribuciones recibidas para hacer cumplir la prohibición de actos multitudinarios, pero el obispo les acusó de interferir en los asuntos de la Iglesia.

La gripe fue remitiendo a lo largo del mes de noviembre. Todavía repuntaría una tercera oleada en la primavera de 1919. Zamora ya había quedado marcada para la historia como la provincia con mayor índice de mortalidad a causa de la gripe. Más de 13.300 zamoranos pagaron con su vida la maldita escala del Soldado de Nápoles en tan castigadas tierras.

Zamora, en tiempos de la peste del siglo XX

La provincia presenta los índices de mortalidad más altos de toda España por el masivo contagio del virus l Más de 13.000 personas fallecieron en la capital y en el resto de localidades

Sor Dositea Andrés, religiosa perteneciente a las Siervas de María, murió contagiada al trabajar sin apenas descanso atendiendo a los soldados enfermos de los cuarteles.

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