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La Opinión de Zamora

Jonathan Pérez

Librillo de memoria

Jonathan Pérez

Retrato de Daniel

Cuando leyó el Quijote, versión adaptada, le gustó Sancho Panza por el buen uso que hacía del refranero popular

Don Quijote y Sancho Panza SUSANA VERA

Daniel es funcionario A1, va a crossfit lunes, miércoles y viernes, llama a su abuela los martes y jueves por la noche, estudia chino los sábados de doce a una y media, va a terapia dos domingos al mes, procura dormir ocho horas y es vicepresidente de la Fundación Arriba El Estado de Derecho. Las ideologías fuertes son cosa del pasado, muy del siglo XX. Daniel es hijo de su tiempo, el tiempo de la post-política, sabe que vive en el mejor de los mundos posibles, nadie se muere de hambre en el siglo XXI y a nadie le falta un smartphone. Cuando suena el timbre, como en todas las democracias avanzadas, el repartidor de Amazon entrega una camiseta de verano para Sergei, una golosina cultural, un matamoscas eléctrico. Contrató a través de una app a una cuidadora para Sergei. Mantiene con la cuidadora una relación no contractual. ¿Para qué un contrato si existe la economía colaborativa? La cuidadora, inmigrante de las buenas, además de sacar a pasear a Sergei, hace la comida y aspira las moquetas del piso alquilado.

A Daniel no le gusta la palabra “capitalista”. Capitalista es un señor gordo con las muñecas perfumadas y el sobaco empapado. Él es socioliberal. Habla mucho de la separación de poderes. No entiende por qué los periódicos no hablan de una cuestión tan de primer orden. Su santo favorito es San Pablo, que decía: el que no trabaje que no coma. En su estado de WhatsApp, se puede leer: Del Trabajo de los hombres, nace la Grandeza de los pueblos. Daniel es un animal laborans y asegura que no hay nada como trabajar para tener la mente ocupada y evitar las depresiones. Lucha contra la corrupción, el sedentarismo, la ociosidad, los ninis, las paguitas, los chiringuitos subvencionados y la reducción de la jornada laboral.

No puede dormir tampoco hoy. Ingiere benzodiacepinas y repite el mantra. Un hombre de clase media con talento. Un hombre de clase media con talento. Se abandona al sueño. En los dominios de Orfeo, es una Drag Queen conocida en el mundo del voguing

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Se casó hace tres años con una amiga de la carrera, también funcionaria A1. Ella es un poco feminista. Él dice que la democracia debe mucho al feminismo socioliberal pero que las feministas de hoy ya se están pasando. Ella es creyente de toda la vida y él cree desde el día que recibió el sacramento del matrimonio. Tienen claro que el primer hijo ha de llegar antes de los veintinueve. Sus prioridades ahora son tres: las casas, los coches, la carrera funcionarial. Ella prefiere vivir de alquiler hasta que le den un destino definitivo. Él quiere convencerla de que es mejor comprar el piso: si nos quedamos aquí, la usaremos de primera vivienda, y si no, será dinero bien invertido. La segunda vivienda, que comprarán cuando nazca el hijo, ha de localizarse en el litoral mediterráneo (por consejo del padre de ella). Ven series en Netflix de jueces y abogados que llevan dobles vidas. Profesionales durante el día; asesinos, necrófilos, seres tiernos azotados con chancleta, transexuales prostituidos cuando cae el sol.

Si no puede dormir, el existencialismo acucia y la melatonina no surte efecto, acaba por preguntarse ¿quién soy yo? Un hombre de clase media con talento, se dice. Un hombre de clase media con talento, repite. A él nadie le ha regalado nada. Cabe el matiz en lo de la clase media. Si vienen a comer a casa los amigos opusinos —él abogado del estado, ella psicóloga—, hijos de rentistas, sobrina ella de una anciana con título nobiliario, Daniel dice que son de clase media-baja. Si quien toca al timbre es el amigo de los años universitarios, el ya doctorado que hiede a axila, con caspa en los hombros del jersey, Daniel asegura que son de clase media-media.

Daniel asocia la palabra “cultura” a los domingos por la tarde, cuando él y su mujer, liberados ya por fin de los quehaceres diarios, y siempre y cuando no haya un amigo foodie que los haya invitado a un nuevo restaurante vietnamita, se sientan en el sofá y ella empieza de nuevo el primer tomo de Proust: está convencida de que sí, de que lo acabará por fin este año. Él sube foto a Instagram de Tokio Blues de Murakami con un emoji de una carita con gafas. La literatura, como el agua bendita, solo para mojarse un poco el día del Señor.

El amigo ya doctorado le dijo que leía a Paulo Coelho y Daniel le contestó que Paulo Coelho era enemigo de lo literario. Daniel no ha leído a Paulo Coelho, pero un escritor con mucho capital cultural dijo eso, que el escritor luso era “enemigo de lo literario”. Y él sabe lo que todo el mundo sabe. Que el que a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija. Cuando leyó el Quijote, versión adaptada, le gustó Sancho Panza por el buen uso que hacía del refranero popular. Usa refranes en los diálogos chabacanos de sobremesa, regados con un Rioja (para ellos) y un Albariño (para ellas), y tecnicismos y anglicismos—(se requiere de una asistencia muy tailor-made; carece de agency— en las conversaciones elevadas, un poco solemnes, las que importan: las conversaciones sobre el Estado de Derecho.

Pasa de página en Tokio Blues, suspira, desbloquea el IPhone y mira qué personas han visto su stories. Vuelve al libro y no se concentra, ve que a ella sí la entretiene Proust, se enfada y apaga el móvil. Lee, pero no imagina, ni se deleita, ni se sumerge, ni hay interés porque la ficción no enseña nada sobre el mejoramiento de la democracia en el siglo XXI. Cierra Tokio Blues. Sus ojos, hechos a la pantalla, se aburren con el papel color hueso. No quiere volver a leer nada que no le enseñe algo. Habla la lengua del dinero: una buena charla con el amigo opusino ha sido productiva; no le parece útil tener un hijo antes de los veintiséis; dejó de hablarle a la amiga que suspendió notarías, ahora depresiva, porque ya no le aporta. En sus amistades busca, sobre todo, honradez, tolerancia y buenos modales.

Daniel no puede dormir tampoco hoy. Ingiere benzodiacepinas y repite el mantra. Un hombre de clase media con talento. Un hombre de clase media con talento. Se abandona al sueño. En los dominios de Orfeo, es una Drag Queen conocida en el mundo del voguing, dicharachera, soltera, huérfana de porvenir y feliz justamente por eso. Brota el deseo inconsciente.

Daniel quiere llegar a ser lo que nunca nadie ha sido: una Drag Queen socioliberal.

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