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La Opinión de Zamora

Cristina García Casado.

Los telares de Cris

Cristina García Casado

Espacio público

Los “pinchazos” en discotecas son el nuevo terror que acorrala el libre movimiento de las mujeres

Agentes de la Policía Nacional Liberan a 19 víctimas de trata en Murcia el pasado junio. 01/06/2022 La Policía Nacional Libera A 19 Víctimas De Trata Y Explotación Sexual En La Región De Murcia POLITICA POLICÍA NACIONAL

Un agosto de hace una década le pregunté a una amiga ecuatoriana en Washington si quería ir a la piscina y me respondió “¿a la de quién?”. Yo le dije que a alguna de la ciudad y por unos instantes dejamos de hablar el mismo idioma. En su universo no se comparten espacios con personas desconocidas. En el mío nadie había tenido nunca pileta o alberca propia.

Antes de ayer bajé a comer unos baos con el niño a diez minutos de casa y le envié a mi marido la ubicación del móvil en directo. Era mediodía y esta es una de las zonas más seguras de Ciudad de Guatemala, pero he escrito las suficientes noticias de sucesos en este continente para saber que el peligro que no puedes ver es el que más tienes que temer.

Llevaba el teléfono en el sujetador, eso lo empecé a hacer en Buenos Aires. En mi primera semana allí asaltaron a un compañero unos motochorros, ladrones en motocicleta. También era mediodía y también una de las zonas más finas de esa capital. A mí nunca me pasó nada, pero habité cada día con las historias que les habían ocurrido a otras personas como malos fantasmas duros de espantar.

Así es como vas recortando tu movimiento. Cuando estoy en Latinoamérica no camino de noche, ni sola ni acompañada, y de noche significa que esté oscuro aunque sean apenas las seis de la tarde. Me quito el reloj cuenta pasos antes de salir y dejo en mi alojamiento una segunda tarjeta bancaria por si acaso. La otra la llevo en los calcetines o en algún bolsillo que no se intuya. Nunca se me ocurriría ir con un calzado que no me permita correr. Siempre alguien sabe dónde y con quién estoy.

Parece exagerado pero ni siquiera es suficiente. Un lugar tan brutalmente desigual como esta región solo puede ser el gran teatro de la inseguridad. Julia Otero decía en una entrevista que hay que pagar impuestos con alegría aunque solo sea por egoísmo. Le habían horrorizado las urbanizaciones de los ricos mexicanos: burbujas blindadas con cemento y metralla. Contaba que ella quería salir con el bolso colgado del hombro, pasear por cualquier calle. Vivir tranquila. La inseguridad brota de la miseria y la miseria solo se corrige redistribuyendo la riqueza concentrada impúdicamente en tan pocas manos.

Los medios dicen estos días que hay una “nueva moda” (sic) para aterrorizarnos a las mujeres: la “oleada” (sic) de pinchazos en discotecas y festivales

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Pero yo aprendí a “cuidarme” mucho antes de poner un pie en esta parte del mundo: siendo una niña, una adolescente, una mujer joven en España. Podría tomarme un año sabático con el dinero que me habría ahorrado en taxis nocturnos de haber nacido chico. Pero nunca, ni ahora con 34 años, he desobedecido esa instrucción de mi madre. Una vez escribí en esta columna sobre el eterno “avísame cuando llegues” y una amiga me riñó: le dije que a mí tampoco me gusta que esto sea así, pero que mientras lo cambiamos hay que cuidar y cuidarse.

Los medios dicen estos días que hay una “nueva moda” (sic) para aterrorizarnos a las mujeres: la “oleada” (sic) de pinchazos en discotecas y festivales. He sentido arcadas con cada nueva historia de Instagram con consejos dirigidos solo a nosotras, solo a sobrevivir como si esto fuera una inexorable plaga bíblica. Avisa a alguien en cuanto sientas algo, llama a urgencias. La cómica Henar Álvarez dijo algo más: grita, que cierren el local hasta que encuentren a quien te pichó, monta un escándalo, que tengan miedo ellos.

Muchas chicas este verano dejarán de salir tanto o de salir del todo. Se pondrán manga larga por si ayuda. Este es un terror perfecto: están pinchando con chinchetas que inoculan el mismo pánico que una jeringuilla. ¿Me han drogado? ¿Estaría infectada? La mayoría de los casos reportados en España no han conducido a una agresión sexual. ¿Por qué lo hacen entonces? Porque quieren ejercer poder y no hay poder más grande que el miedo.

Así es como van recortando tu movimiento. Yo voy a un espectáculo de comedia feminista en Madrid en septiembre y ya se me han pasado por la cabeza dos cosas: diré que me duele la tripa para no salir de fiesta luego y ojalá vayamos a un local de chicas para estar seguras. Es terrible. Odio pensar eso. Pero mi cerebro se configuró en los años noventa del triple feminicidio de Alcàsser y conmigo se han quedado para siempre las historias de Kimberly Melissa Díaz, Debanhi Escobar, Laura Luelmo y todas las mujeres de las que escribo a diario. Mi madre tenía más miedo que las otras madres porque trabaja en una unidad de cuidados intensivos y ha visto tanto. Yo tengo más miedo que las otras hijas y ahora más miedo que las otras madres porque soy periodista y vivo de narrar, sobre todo, las sombras del mundo.

Es más cómodo cerrar los ojos pero no es ni la solución ni es prudente. Hay que seguir leyendo sobre cómo proteger y protegernos, de los pinchazos y de todo lo demás, aunque nos den ganas de vomitar y la rabia nos estalle por dentro. Para que ellos -porque son ellos, masculino y plural- dejen de espantarnos y agredirnos hace falta un seísmo de los que se gestan durante décadas: otra educación en casa y en el colegio y en el barrio y en las redes. Mientras luchamos lo segundo no podemos descuidarnos en lo primero: por ti, por mí y por todas nuestras compañeras.

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