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Julio Fernández Peláez

Duelo a garrotazos

Después de que la OTAN tomara por asalto el Museo del Prado, las musas están algo confundidas

Líderes de la OTAN en el Museo del Prado Brais Lorenzo

Después de que la OTAN tomara por asalto el Museo del Prado, las musas están algo confundidas. Me refiero a las musas que habitan en el Prado, que como buen museo se llama así no por albergar obras de arte sino por ser la casa de estos entrañables seres inspiradores de talento.

De hecho, que nadie piense que los museos se inventaron para guardar objetos y exponerlos de vez en cuando a la vista pública sino para servir de templos a los espíritus de la creación. A un museo no se va, por lo tanto, a contemplar, sino a dejarse imbuir por el pensamiento mágico.

Ahora que los conservacionistas comenzamos a ser culpables de todos los males, por intentar convertir las ciudades, los campos y los mares en un museo, cabe recordar que este impulso por conservar lo existente no tiene que ver con un afán coleccionista sino con la idea de que en lo existente se encuentran ocultas las ánimas, las sales de la vida. Queremos la musealización de la naturaleza para que la naturaleza no pierda su sentido de ser, que no es otro que el de ser fuerza irracional, fuente inabarcable de entropía y de sueño, universo de sensaciones, sinfonía infinita de latidos.

Yo no sé si esta situación de inestabilidad mundial es comparable a alguna de las guerras mundiales que este planeta ha vivido, me faltan argumentos, la verdad, y mi escasa imaginación no me da para saber qué pasará de aquí a unos años

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La OTAN tomó al asalto el Museo del Prado y allí firmó la autoafirmación del belicismo que denuncia el ausente Guernica, poco después de que un atento anfitrión presidente explicara al resto la existencia de una cuarta dimensión en Las Meninas, y tras un distendido recorrido por las galerías, en las que toda la familia otanera se hizo abundantes retratos al estilo La familia de Carlos IV. Y, asustadas, las musas corrieron a esconderse en las profundidades de un cuadro: Duelo a garrotazos, él único lienzo que no ha perdido actualidad después de dos siglos.

Si la OTAN hubiera sabido que el Museo del Prado estaba lleno de musas seguramente lo hubiera fumigado antes de tomar posiciones, pero en sus racionales creencias no caben este tipo de seres, y esta racionalidad pertinente, consustancial a la capacidad de dirigir un país y de sostener en tus manos el futuro del planeta, es lo que libra a las musas de ser exterminadas en tan críticas circunstancias.

Y llegados a este punto, cabe preguntarnos: ¿Cómo estamos tan seguros de que alguien con un botón rojo al alcance de su dedo índice no se deje llevar por la belleza de la destrucción global? ¿Por qué la OTAN cree que el mejor camino para evitar el desastre es armar a sus socios hasta los dientes? ¿Nos han preguntado sobre esto? Yo no lo recuerdo, la verdad, pero como las elecciones son cada cuatro años, tengo dudas. La próxima vez leeré con cautela la letra pequeña en la papeleta del voto.

Lleven o no lleven la razón, que según Rousseau no debería nunca exacerbarse y de la que no está mal desconfiar, lo cierto es que lo mínimo hubiera sido preguntar al resto de seres vivos, porque que yo sepa, el planeta no les pertenece. No le pertenece a quienes inician una guerra, pero tampoco a quienes en nombre de la paz y el orden deciden que la guerra es la mejor manera de salvar al mundo. El planeta se pertenece a sí mismo, y sería él quien, de tener voz, tendría autoridad para ordenar el silencio. Diría el planeta: Prohibido tirar un maldito petardo, y menos aún uno de esos misiles inteligentes.

Sin embargo, y dado que ya no hay vuelta atrás, puesto que lo que opinemos los mortales no tiene ningún efecto, y menos si eres un mortal conservacionista o pacifista, lo único que podemos hacer es dejarnos llevar por los expertos, es decir, por los que el otro día sellaron en el Museo del Prado las líneas bélicas a seguir para lograr un mundo mejor. Esta es la función de la ciudadanía: respetar los argumentos y los fines de quienes saben lo que hacen.

Yo no sé si esta situación de inestabilidad mundial es comparable a alguna de las guerras mundiales que este planeta ha vivido, me faltan argumentos, la verdad, y mi escasa imaginación no me da para saber qué pasará de aquí a unos años. Pero algo me dice que en un escenario de escasez de materias primas, en un escenario de crisis alimentaria, en un escenario de brutal cambio climático, en un escenario de fuertes migraciones, lo prioritario sería cooperar, que las naciones se pusieran de acuerdo en una solución conjunta, que al menos se sentaran a hablar. Algo me dice, sin embargo, y este presentimiento no se me va de la cabeza, que el belicismo que se ha desatado con auténtica euforia, haciendo subir las bolsas y reanimando los telediarios dormidos, no nos va a llevar a un destino memorable.

En fin, que si hay que volver al Paleolítico se vuelve, ya lo decía Einstein cuando hablaba de la tercera guerra mundial, y ya lo dijo Goya a su manera cuando pintó aquel fresco: Duelo a garrotazos, del que hay una versión en el Museo del Padro, justo donde se esconden las musas del arte. Menos mal que el arte siempre se equivoca, pues quienes lo practican están chiflados.

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