12 de octubre de 2019
12.10.2019

Al fin libres

Una audiencia real

11.10.2019 | 18:58

El monarca de aquel país lejano y su esposa, la reina, recibieron a quinientas personas pertenecientes al gremio de las artes y las letras. Hacia la mitad del besamanos, su majestad notó que la mano derecha se le hundía progresivamente en la de los invitados, como si cada vez las tuvieran más grandes. Pronto comprendió, sin embargo, que, por el contrario, era él quien cada vez la tenía más pequeña. Se le reducía de forma casi imperceptible al contacto de la de los súbditos. Lo mismo le ocurrió a su esposa, cuyos dedos se fueron retrayendo y adelgazando en proporción al empequeñecimiento de su palma. Terminada la ceremonia, apenas les quedaba un muñón con cinco diminutos apéndices en los que costaba distinguir las uñas y que ocultaron hábilmente bajo las generosas mangas de sus trajes. Al parecer, los miembros de las artes y las letras habían ido sustrayendo a los soberanos, poco a poco, esa parte del cuerpo. Ahora todos tenían su mano derecha uno o dos milímetros más grandes que la izquierda. Se habían contagiado, pues, del virus de aquella antigua monarquía, adquirido inconscientemente en el transcurso de la audiencia palaciega

El protésico mayor del reino fabricó para los monarcas unas manos mecánicas, recubiertas de látex, que, además de mostrar un aspecto idéntico al de las de verdad, se mostraron resistentes a las apreturas constantes a las que estaban sometidas por razones del protocolo. Nadie, por lo tanto, percibió nada, pero las obras de los creadores, lejos de mejorar tras la celebración, se hicieron más previsibles y sumisas a las convenciones establecidas. Habían perdido, en fin, la rebeldía inherente a la condición que se le exige al arte. Como consecuencia de ello, el público fue dejando de leer los libros de sus escritores y de acudir a las exposiciones de sus pintores y escultores. Todo ocurría de forma sosegada, lenta, paulatina, lo que impedía reflexionar sobre un hecho que, aunque ocurría ante los ojos de la población, resultaba invisible por su morosidad.

Libres al fin de las críticas, y frente a una población sin capacidad de análisis, los monarcas reinaron durante generaciones de forma autoritaria.

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