La democracia y la educación no están reñidas

Un valor universal, imprescindible para la convivencia y necesario en toda circunstancia

19.11.2016 | 00:44
La democracia y la educación no están reñidas

Un valor universal vale en cualquier circunstancia. Y la educación es un valor tan universal que es imprescindible en cualquier momento para la convivencia. Incluso en los momentos de mayor violencia deben las palabras proferirse sin faltar a la educación. Con seguridad ese valor ayudará a que el culpable se sienta más "pequeño". Cuando faltamos, esperamos una reprimenda o una sanción. Si la reprimenda se hace con palabras fuertes, nuestro ánimo queda satisfecho, a veces. Pero, si esa reprimenda llega en el vehículo de una corrección educada, a nuestro natural malestar se une una sensación casi inaguantable de "pequeñez": nos sentimos más inferiores y en mayor distancia de la víctima de nuestra ofensa pasada.

En mi larga vida de estudiante y docente hubo un profesor al que recordaré siempre, por su competencia y su ejemplo, de cuyos labios nunca se desterró la sonrisa. Hasta el punto de aguantar que un alumno le "leyera" la lección que le había preguntado y él -igual que nosotros- se dio cuenta, sin que depusiera su sonrisa -irónica, como muchas veces- y, en el momento en que el tal alumno se confundió, casi al final de la lección, lo despachó con esta frase, amable en extremo: "¡Qué mal lees, don?X". Aquel profesor, cuando se explayaba dándonos algún consejo para la vida, siempre nos encareció la educación. Y, siempre maestro con el ejemplo, solo lo vimos sustituir la sonrisa por indignación cuando fue objeto de una evidente falta de educación. De sus muchas enseñanzas la que más grabada se me ha quedado fue esa y he querido imitarlo en ella, ya que no conseguí alcanzar su sabiduría. Tuvo tanta influencia sobre mí aquel profesor que consiguió empujarme a la Universidad con sus insistentes manifestaciones de obligación.

Al contrario que la educación, la democracia es una circunstancia que se da en los pueblos alguna vez a lo largo de su vida centenaria. Como tal circunstancia eventual, queda sometida -lo mismo que los demás regímenes de las naciones- a la práctica de la educación, sobre todo en las cosas más elementales. Y, así como nos molesta la "falta de educación" de una persona cualquiera en la vida común, nos extraña y molesta en sumo grado la desvergüenza que se da cuando esa persona que ataca a la natural convivencia con su ausencia de comportamiento educado está revestida de autoridad u ocupa un alto puesto en la sociedad.

Esos comportamientos incorrectos se dan en España últimamente con una frecuencia reprobable. Aunque nunca podré servir de ejemplo, en mis más de cuarenta años que me dediqué a la enseñanza siempre asistí a las clases correctamente vestido, por respeto a los alumnos y a mi profesión. Y hasta llamé la atención en algún momento, diciendo al alumno incorrectamente vestido que tendría permiso en mi clase cuando yo me presentara en pijama.

Como punto contrario, hemos sido testigos de un parlamentario que acude a la presencia de su majestad el rey en mangas de camisa o de otra manera semejante. Su ejemplo es seguido por multitud de diputados que acuden al Parlamento vestidos de manera informal o van a un acto, presidido por el rey, con una camiseta en la que dicen: "Yo no voté a ningún rey". Y ese señor (¿?) se dice mi representante; ¿cuándo lo voté yo? O ¿cuándo lo votaron muchísimos españoles a quienes él y los demás mal vestidos dicen que representan? Si, como fui jefe de estudios en un instituto, fuera presidente del Congreso o jefe de la organización de visitas del jefe del Estado, prohibiría la entrada en el Congreso o en la Casa del Rey a quien no se presentara convenientemente vestido. Mientras no haya un uniforme reglamentario, exigiría lo mismo que se exige para actos sociales ordinarios: "traje para los caballeros y vestido para las señoras". De ningún modo permitiría la desvergüenza en el atuendo. Y no admitiría la excusa que algunos buscan en la democracia. La democracia, igual que la monarquía, la oligarquía, la dictadura o la misma demagogia, bien organizadas, no justifican la desvergüenza que hoy comprobamos, con escándalo de muchos ciudadanos, en la clase (¿en qué están "clasificados"?) política española. En contraposición a ellos asombran los parlamentarios de la Rusia actual, por ejemplo, o los de otros países vecinos nuestros.

Demócratas, sí; pero "educados" siempre y en todo momento: cuando toca aplaudir o cuando se va de visita a una persona o un lugar que merecen ese respeto.

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