Zamoreando

Había una vez...

El circo de la Carrera de San Jerónimo pone en peligro el futuro de España

20.01.2016 | 00:21
Había una vez...

Un circo. Su carpa asomaba en plena Carrera de San Jerónimo. Dos impresionantes leones, a los que nadie lograba domar y sobre los que los partidos animalistas y plataformas contra el maltrato animal nunca dijeron ni pío a pesar de su exposición permanente, presidían la entrada. Nunca el circo había estado tan concurrido, malabaristas, payasos, trapecistas, acróbatas, domadores, equilibristas, mentalistas, escapistas, ilusionistas, titiriteros, tragafuegos, contorsionistas, ventrílocuos, forzudos. Cuando parecía que el circo, que en otro tiempo gozó de justa y merecida fama y esplendor, sucumbía a los gustos actuales tan alejados del "gran espectáculo", Madrid lo recupera para regocijo de unos, preocupación de otros, algarabía de los de más allá y contento de nadie.

Tras su apertura en una única sesión inenarrable, todos los espectadores tenemos la certeza plena de que no faltará espectáculo ni entretenimiento a lo largo de la temporada que se prevé larga, de cuatro años, si todo va bien en taquilla, y de pocos meses si las cosas se tuercen. En realidad no sabemos qué va a pasar. Hay quien ha puesto líneas rojas y está dispuesto a saltárselas con tal de llegar a La Moncloa porque esa es su prioridad máxima, como si nunca hubiera roto un plato cuando en realidad se ha cargado la vajilla prestando cuatro senadores a ERC y CDC, dos formaciones separatistas, para que puedan formar grupo. El Psoe de Rubalcaba no lo hubiera hecho. Ya son conocidos en las pistas del circo monumental los enjuagues de Sánchez, el de la transparencia y la honestidad, el que fue miembro de Caja Madrid de 2004 a 2009, que votó a favor de la venta de preferentes y de los sueldos millonarios para los directivos de Caja Madrid.

Todos cuantos ocupan la enorme pista de tan concurrido circo tienen su cometido. Mucho titiritero, mucho malabarista y mucho payaso que ignoro hasta qué punto están preparados para enfrentarse a los desafíos que nos esperan. Es que, mire usted, no sé hasta qué punto nuestros intereses van a estar mejor defendidos por un diputado con rastas que por un engominado con terno. Ni tampoco creo que la conciliación familiar vaya a mejorar llevando al bebé de la mamá multimillonaria al Congreso para amamantarlo. Tampoco creo que los puños en alto vayan a solucionar los problemas. Ni siquiera las frases hechas que algunos se han aprendido a modo de letanía vindicativa. España no se lo puede permitir. La diversión hay que buscarla fuera, retirar la carpa y devolver al palacete ahora travestido el rigor, la seriedad (pluralidad ya tiene) y el prestigio que parece haber perdido. Dejar la demagogia aparcada y ponerse a trabajar en firme por el interés de los españoles que algunos se empeñan en asegurar que es lo único que pretenden. Sin embargo están mohínos por no haber conseguido más grupos parlamentarios que supongan más dinero para sus ideológicas y particulares arcas.

La estabilidad de España peligra. Pero eso es lo de menos para algunos. El circo permanecerá todavía algún tiempo con sus puertas abiertas.

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