La flecha amarilla

La vida humana es una constante peregrinación

09.08.2015 | 00:03
La flecha amarilla

La vida humana es una peregrinación en la que, en palabras de Jorge Manrique, "partimos cuando nacemos,/ andamos mientras vivimos,/ y llegamos/ al tiempo que fenecemos;/ así que cuando morimos/ descansamos".

El Camino de Santiago es esa vida con todos los elementos que la forman, pero en pequeño. Amistad, espiritualidad, deporte, arte y cultura. Pero también ampollas, cansancio, lluvia, sol, frío y calor, tentaciones de dejar el petate y regresar al sofá de casa, gente que va y que viene, el barro del camino? no son sino una pequeña muestra de lo que la vida humana es.

Pero el Camino no es solo eso, sino una especie de "purga Benito" que nos restaurará por dentro (si se lo permitimos), situando en su justo lugar las relaciones (con Dios, con los demás, con las cosas) para las que fuimos creados. Así, en el Camino se cura el individualismo, y se restaura la comunión (solidaridad) con los demás. El egoísmo cede a la hospitalidad y la generosidad. El hedonismo se conmuta en capacidad para el sufrimiento (paciencia). Se debilita el consumismo, y se restaura la austeridad. Se deshace la dependencia tecnológica, porque se recupera la relación con la naturaleza. Se evapora la intoxicación informativa, porque solo importa conocer por dónde y con quién. Se curan la indiferencia y el igualitarismo, y se distingue a cada persona en particular. Se cura el ateísmo, porque allí descubres que no eres ningún dios y que estás religado a lo Absoluto. Se deshacen la pijotería y las categorías, porque allí todos somos igual de humanos y sudamos de la misma manera? Un auténtico milagro para la salud del alma que ya quisieran los médicos para la del cuerpo.

Esta regeneración espiritual sería imposible sin la flecha amarilla que indica el camino a seguir. El relativismo nos ha hecho creer que cualquier sendero valía para llegar a la meta, como si lo importante fuera la simple libertad de elegir por elegir y andar por andar un camino u otro, aunque sea erróneo. Así, los innovadores critican el inmovilismo de la Iglesia, como si ésta debiera intentar "nuevos caminos" (que son los senderos equivocados de siempre, pero con otro nombre). Los tradicionalistas, por el contrario, no quieren andar, sino hacer tres tiendas y quedar varados en algún pueblo. La Iglesia (ni progre ni tradicionalista) nos invita a seguir avanzando, pero no en cualquier dirección, sino en la dirección correcta, por el sendero justo. Pues, del mismo modo que la flecha amarilla es guía para no perderse en la Ruta Jacobea, la Iglesia con su Tradición y sus preceptos morales nos ayuda a no desviar el camino ("Yo soy el Camino"), malogrando nuestra vida.

Hagan el Camino de Santiago, si pueden. No se arrepentirán.

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