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Decíamos ayer

Para muchos cofrades las imágenes de la Semana Santa no son más que un trozo de madera, sin importarles gran cosa lo que representan. Solo así se explica la banalización de su salida

La Virgen de la Soledad regresa a San Juan un Sábado Santo. J. A. C.

Tras el anuncio, utilizado como munición electoral por el candidato Fernández Mañueco, este año tendremos Semana Santa. No dijo, si gano podrá celebrarse, lo afirmó. Fue proclamarlo, y los cofrades respiraron tranquilos. Hombre, ¡ya está bien, dos años sin procesiones!. Aunque su salida siempre ha sido asunto de orden público, y este año más si cabe, lo cierto que a quien corresponde decidir sobre el particular es al obispo diocesano, y obviamente a las cofradías, por este orden, pero el primero no ha dicho ni mu, y las segundas, ni se lo han pensado: salir, caiga quien caiga. ¡Ojo!, que alguien tendrá que hacerse responsable de lo que suceda, ¿o no? Igual no es para tanto. Sea como fuere, esta será una celebración más deseada que nunca, pues como dicen los de la pomada “semanasantera”, ya había mono. Algunos pensaron que si las procesiones no salían este año, habría que echarle mucha cara al asunto para seguir cobrando las cuotas, así como renunciar al protagonismo por el que, algunos, si es necesario, matan. En cualquier caso, reconforta saber que aquí nadie ha tenido el cuajo de exigir celebrarlas, después del triste balance que nos ha dejado – y aún nos deja - la pandemia, que, sobra decir, se ha llevado por delante vidas, negocios, empleos…, aunque muchos las hayan echado de menos. Pero, “ninguno en su saber se ufane, pues a todo hay quien gane”. Verbigracia, en Carmona (Sevilla), el año pasado, los cofrades protestaron porque el arzobispo – Saiz Meneses – denegó la salida extraordinaria de la Virgen de Gracia. Contrariados y enfurecidos por tan sensata decisión, pegaron panfletos en las puertas de las iglesias, acusando al purpurado y a los curas de fariseos y mercaderes; algo, no está de más decirlo, poco novedoso. Todo este embrollo, aunque sea un caso aislado, esconde en realidad las “ganas de procesiones”, porque no creo que el cabreo tenga que ver con el supuesto poder taumatúrgico de las imágenes.

La Semana Santa es un mito identitario, incuestionable, al que hay que adherirse porque está en nuestro ADN. De ahí que sea también la única militancia que ejercemos y de la que presumimos

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Cabe pensar que nadie en su sano juicio piense hoy que sacar una imagen devota sea un arma eficaz contra el COVID-19, la sequía o cualquier otra calamidad. Sobre el particular, el artista andaluz Pedro G. Romero, hablando de la Semana Santa de Sevilla, en una entrevista concedida a un periódico nacional, afirmaba lo siguiente: “Uno sospechaba que la Semana Santa tiene mucho más que ver con la superstición que con la fe en las imágenes. Y la pandemia lo certificó. Triunfó la ciencia. Se prohibió la procesión de pasos que en el siglo XVII se sacaban contra la peste. Incluso el besamanos de la Macarena… ¿Cómo alguien con fe verdadera puede creer que la Macarena le va a contagiar el coronavirus? Solo puede creerlo si piensa que se trata no de la Virgen, sino una figura de madera con barnices”.

Para muchos cofrades las imágenes de la Semana Santa no son más que un trozo de madera, sin importarles gran cosa lo que representan. Solo así se explica la banalización de su salida. Sin duda algo tendrá que ver esto con tenerlas, como las tenemos aquí - salvo unas pocas - en un museo, de manera que, volviendo al entrevistado, una imagen religiosa en un museo “pierde su valor de culto y adquiere otros valores, seguramente económicos”.

No es necesario recordar que la Semana Santa es un mito identitario, incuestionable, al que hay que adherirse porque está en nuestro ADN (recuerdan la bobada esa de “si no te gusta la Semana Santa no eres de Zamora”). De ahí que sea también la única militancia que ejercemos y de la que presumimos. Me disculparán si me pongo pedante: “Los hombres prefieren los mitos a la verdad, y los mitos se vuelven de ese modo la verdad”. La reflexión es de Georges Forestier, catedrático de La Sorbone y editor de las obras completas de Moliére. Esa ansia de Semana Santa tiene mucho que ver con su mitificación. De manera que su verdad, es decir, su raíz sacra y la actualización del misterio pascual, no interesan; es más, son un estorbo. El mito, sin duda, es más atractivo que el razonamiento, porque según el neurocientífico Juan Lerma “el cerebro es prisionero de las emociones”. En noviembre pasado, con un mal disimulado enfado, un presidente de una cofradía zamorana expresaba su preocupación por dilatar la prohibición de las procesiones, argumentando que la celebración corría peligro, si no de perderse, sí de que los jóvenes le diesen la espalda. Sin pretenderlo, dijo una gran verdad: la celebración de la Semana Santa no se cimienta en la fe, sino en la cultura. Y para muestra un botón: de ella se ha tirado en la clausura del Año Jubilar diocesano si se quería llenar la catedral, que no es necesario recordar se llena fácilmente. La cosa no ha podido ser más rancia, incluidos los titulares grandilocuentes. Aquí, parece que también ha cundido el desánimo, de manera que como opina Andrea Riccardi, fundador de la Comunidad de Sant’Egidio, “El gran riesgo de la Iglesia es contentarse con sobrevivir, lamentando un pasado mejor”.

Debemos alegrarnos porque la Semana Santa se celebre de nuevo, aunque sea de aquella manera. Cómo le vas a poner peros a algo que a todo quisque le gusta, porque sigue siendo nuestro más eficaz paliativo a tantas cosas, y especialmente ahora

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Pese a todo, debemos alegrarnos porque la Semana Santa se celebre de nuevo, aunque sea de aquella manera. Cómo le vas a poner peros a algo que a todo quisque le gusta, porque sigue siendo nuestro más eficaz paliativo a tantas cosas, y especialmente ahora con el incierto escenario que ha dibujado la pandemia, el futuro poco halagüeño que presagia la globalización, el multiculturalismo …, que amenazan los valores de la sociedad tradicional, aunque pensemos que en esta apartada orilla nunca pasa nada.

Es una grotesca paradoja que la pirotecnia y fanfarria de la Semana Santa nos ocupe y preocupe cuando el mundo está patas arriba y en Ucrania el tronar de las bombas se mezcla con el llanto de los que malviven entre el amasijo de escombros y cadáveres

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No soy adivino, seguramente los científicos tampoco, de manera que es difícil predecir cuáles serán las consecuencias – se entiende para la salud – de sacar las procesiones; tampoco quiero ser aguafiestas. Lo sabremos después. En cualquier caso no me gustaría estar en el pellejo de los que han de tomar tan grave decisión. Aunque, conviene no venirnos arriba y hacer las cosas con prudencia, porque la Consejería de Salud ya ha proclamado que allá cada cual, es decir, hagan ustedes lo que quieran, que ya son mayorcitos. ¡Ojalá! no tengamos que reprocharnos nada y que todo resulte bien. Nos anima la esperanza, de que las procesiones más pronto que tarde volverán a celebrarse como siempre. Por cierto, la otra Semana Santa, la litúrgica, en estos años recios, no ha dejado de hacerlo en los templos. Como ya es tradición se echó en falta a los miles de cofrades. Si no hubo procesiones, ¿dónde estaban? Ahí lo dejo.

P.D. Es una grotesca paradoja que la pirotecnia y fanfarria de la Semana Santa nos ocupe y preocupe cuando el mundo está patas arriba y en Ucrania el tronar de las bombas se mezcla con el llanto de los que malviven entre el amasijo de escombros y cadáveres. Pero ya se sabe: cuando el diablo no tiene qué hacer, con el rabo mata moscas.

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