17 de marzo de 2019
17.03.2019
El espejo de tinta

La hoguera de las vanidades

A poco menos de una cuaresma para las elecciones, el escenario político estalla en plena ebullición

16.03.2019 | 21:37

Es el título de la famosa novela, luego llevada al cine, del escritor americano Tom Wolfe en la que retrata las relaciones sociales en el ecosistema neoyorkino de los años 80 caracterizado por el ascenso de los grandes ejecutivos, el culto al dinero y las apariencias vinculadas al poder y el estatus económico. También la radiografía de una verdad tan cierta como la ley física de la gravedad que nos indica que todo lo que asciende tiene, más tarde o más temprano tendencia a caer, por mucho que mientras el ascenso se mantiene éste parece no conocer límite.

La hoguera de las vanidades despliega fulgurantes sus llamas, más incluso que ante el color del dinero -que junto al sexo se dice que son los dos elementos que real y exageradamente mueven el mundo-, ante las posibilidades del poder.

El viernes, en conversación informal con la directora de este periódico y al filo del incendio de noticias que la tarde iba deparando, me recordaba la fecha en la que nos encontrábamos, "los idus de marzo". "Tu quoque, Brute, fili mi", tú también, Bruto, hijo mío, nos contaron que dijo Julio César al comprobar que entre quiénes lo asesinaban en esa fecha se encontraba Bruto, quien aunque no era hijo suyo sí lo era de su amante Servilia.

A poco menos de una cuaresma para las elecciones generales el escenario político estalla en plena ebullición, los ánimos se exacerban y las dagas brillan en la penumbra en la que se gestionan habitualmente las conspiraciones. Que el hombre es animal político "zoon politikon", en el sentido de animal social, ya lo dejó establecido Aristóteles, pero dando una vuelta de tuerca a la expresión quizás debamos reflexionar por qué la política hace al hombre tan "animal", tan instintivo, tan depredador. Por qué transforma de tal manera la cualidad humana. Poder, tal vez sea la respuesta o, más exactamente, apariencia del poder, de dominación. Y vanidad.

Con estos antecedentes cómo no comprender que resulte tan difícil transmitir que la razón última del ejercicio de la política (que junto con la agricultura entendía Catón, era la más noble actividad a la que el hombre podía dedicarse) no sea el afán de protagonismo, el deseo de vestir la púrpura, la ostentación de poder o riquezas, sino la contribución en escala humana -humilde por tanto- a la convivencia y al bien común de esa sociedad de la que como "zoon politikon" cada individuo formamos parte.

La aportación de ideas y proyectos, el debate sobre ellos, la conjunción de los pareceres más diversos sobre las cuestiones que a todos nos afectan, a los presentes y a los que han de sucedernos en este recorrido por el que nuestra herencia genética va viajando de generación en generación, debería ser el objetivo de todos, de los que se dedican a la alta política y de los que simplemente queremos aportar algo en nuestro ámbito más cercano. Unos por España, otros, humildemente, por Zamora.

www.elespejodetinta.com

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