13 de octubre de 2018
13.10.2018
El trasluz

Lo nuestro

13.10.2018 | 01:55
Lo nuestro

Toda la política, toda, toda, empieza a parecer una maniobra de distracción sin otro objetivo que el de jugárnosla. Así, mientras desde la derecha a la izquierda se habla de la preocupación por la desigualdad, la desigualdad aumenta a un ritmo galopante. Y la inquietud universal por los desahucios produce, paradójicamente, más desahucios. Las acciones dirigidas a evitar la pobreza energética provocan subidas escandalosas del precio del gas o de la luz. La precariedad, por su parte, crece de forma directamente proporcional a las medidas que se toman para evitarla. Lo mismo podríamos decir de la pobreza infantil, que sigue disparándose pese a la angustia que provoca en cualquier dirigente, pertenezca a la formación que pertenezca. Da miedo ya escucharles prometer que van a meter mano a esto o a lo otro porque es seguro que lo estropearán.

Mientras las palabras bienintencionadas vuelan de tertulia en tertulia radiofónica a lo largo y ancho esta campaña electoral infinita, los fondos buitres, por ejemplo, se van adueñando de la vivienda disponible, incluida la de carácter social, que se construyó con nuestros impuestos. Todo aquello que es indispensable para la vida tiene dueño. Usted y yo formamos parte de esa propiedad. Pertenecemos a las eléctricas, a las compañías del gas, a las inmobiliarias que maniobran para que suba el precio de los alquileres, y pertenecemos, por supuesto al Estado, que nos saca el IRPF como un vampiro nos sacaría la sangre para compensar lo que no pagan las grandes fortunas.

También la política fiscal, por cierto, quita el sueño a nuestros gobernantes y a la oposición, pues quién no está de acuerdo en que es injusta. Pero la política fiscal se resiste a ser modificada como una fiera patas arriba. No hay forma de corregir sus desmanes pese a la voluntad general de hacerlo. Cada día, cuando abrimos el periódico o encendemos la tele para ver qué hay de lo nuestro, sufrimos una decepción porque no hay nada de nada. El problema es que acabaremos creyéndonos que lo nuestro es aquello de lo que hablan. Hay mucha gente convencida ya de que la realidad socioeconómica es una fuerza de la naturaleza frente a la que no queda otra que rezar.

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