12 de septiembre de 2018
12.09.2018

Manipulaciones y deturpaciones

¿Quién dispara el arma verbal de un cartel anunciador?

11.09.2018 | 22:30

La poesía, escribió el poeta social Gabriel Celaya, en 1955, es un arma cargada de futuro. La poesía, vale decir hogaño, es, sobre todo, un artefacto cargado de mentiras o, lo que es peor, de medias verdades. Se construye con materia verbal y, en consecuencia, sirve para comunicar, en tanto sistema de signos --lenguaje-- que una comunidad de hablantes emplea de común acuerdo. Mas este sistema de signos tiene, entre sus cualidades más sobresalientes, la de ser dúctil y maleable, como el plomo, o la plastilina en pueriles manos hábiles, o bien la arcilla en las esforzadas y domeñadas manos de alfarería; tal, las de Pereruela o Moveros. De manera que la técnica, como en la poesía, es esencial para apuntar al corazón del receptor, por seguir con la alegoría celayesca. Y a fe que se sigue practicando tal artificio. A dilucidar esta cuestión va enderezado este artículo.

Mas conviene poner los bueyes delante del carro, para que nadie se lleve a engaño. Y más en este caso, donde vamos a explicar cómo se deturpa, a sabiendas, y tratando de hilar fino, el cartel pregonero de las fiestas septembrinas de Zamora, ciudad que figura desde el año 1100 bajo la advocación mariana de Nuestra Señora de San Antolín o de la Concha, con mayúscula de nombre propio, aunque sea complemento del nombre Virgen o Nuestra Señora, que tanto da. Y es que, por seguir con el tropo del exordio, ¿quién dispara el arma verbal de un cartel anunciador: la metralla o el obús de la palabra? Y, sobre todo, ¿con qué intenciones y hacia qué flancos u objetivos?

Yendo al grano. Resulta que paso y paseo unos días por Zamora, ciudad que me vio nacer, en estos primeros de septiembre. Uno sale, va, viene, observa, contempla el románico y cuanto le llega al encuentro como novedad. Y, de pronto, como en una epifanía, o, por mejor decir, una "luzbelfanía"; esto es, una manifestación de Luzbel, vengo a toparme con un anodino cartel con fondo beige irregular en los dos tercios superiores y un verdemar clarito en la base del tercio restante pregona, en caracteres rojos y mayúsculas, un nombre común, precedido de su artículo, y una data en tres renglones respectivamente: "La Concha 2018" (sic). El primer y tercer renglón con mayores caracteres; en tanto el central, Concha, un poco más pequeño y añoñado entre los otros, casi intimidado y ruin, como una fina loncha de jamón entre dos gruesas rebanadas de vigoroso pan. En verde, y caracteres inferiores una sola línea que ocupa lo mismo que los cuatro números de arriba advierte: "Fiestas de septiembre". Y otra, centrada y en blanco, casi imperceptible a no mucha distancia, señala: "Zamora". Y ya en el margen inferior derecho, tamaño pulga, con la intención de yo-no-fui o bien-a-mi-pe-sar o, ya de puestos, exigencias-del-guion, el escudo de la ciudad y, con los caracteres ínfimos de la imprenta, haciendo gigantescos los de una nota ordinaria a pie de página, lo siguiente en vertical: "Ayuntamiento de Zamora".

Ignoro las ideas o evocaciones que, ante tal cartel, les vienen o afloran a las mientes. A mí, si les soy sincero, todo un enjambre. Tal, que no cabría su enumeración caótica en todas las páginas de este diario. Señalemos, para empezar y a bote pronto, la asociación de "concha" con la cobertura de una chirla, una almeja o cualesquiera otro molusco; es decir, un exoesqueleto de estos animales. Y, claro, ante tal asociación involuntaria acudió la rigidez de mi mente volitiva a preguntarse, ¿desde cuándo Zamora es una ciudad costera, portuaria? ¿Se habrá hermanado, según es costumbre, con San Sebastián y, haciendo honor a su celebérrima playa, venimos a celebrar aquí estos festejos? Y aun llegué a preguntarme, si ahora, con la posmodernidad, también éramos pamperos, rioplatenses o bonaerenses, y con tal nombre, "concha", minúscula y nombre común femenino, puesto que va precedido del determinante artículo ("la") en perfecta concordancia de género y número, mientras que el nombre propio no admite, y la RAE sanciona como vulgarismo, el uso ante nombre propio de persona: tales como "la Antonia", "la Fina" o "el Luis". Ante tal dislate, decía, pensé en la Argentina, y en ciertos exabruptos de futbolistas como Maradona o Lionel Messi, bien conocidos por los niños futboleros, que saben que a veces maldicen a sus rivales con expresiones como "la concha de tu madre". La lectura y la escritura, en todo caso, eran idénticas: "la concha". Mas descarté tal lectura por procaz. Para tales menesteres ya tenemos a Guillermo Toledo, sin ir más lejos.

Mas dejemos las evocaciones, las connotaciones del término 'concha', "la concha", en tanto sintagma nominal. ¿Dónde encuentra el curioso lector en dicho cartel la advocación mariana, motivo de las fiestas, de la ciudad de Zamora? Lea y relea una y mil veces.

Pues bien, y a esto vamos en perfecta estructura circular. De igual modo que bajo el pseudónimo de Gabriel Celaya se parapetaba el hombre que concebía la poesía como "un arma cargada de futuro", bajo el rubro del escudo de la ciudad de Zamora y el equipo municipal de tal Ayuntamiento se presenta –sesgando, manipulando, deturpando el lenguaje-- el poeta ("creador") de este fementido cartel, que no es, contra lo que pudiera pensarse al pronto, obra de un diseñador artístico; antes bien, éste, como ocurre y ha ocurrido desde que el mundo es mundo, trabaja al dictado y por encargo. Y quien paga, manda. Y quien manda, en este caso, y es irrefutable, manipula. Porque tal cartel, al margen del diseño, y es nuestro punto de vista al amparo consuetudinario del arraigo y la tradición multicentenaria entre los ciudadanos de Zamora, es capcioso y no acomodado ni acompasado a la verdad, que tiene su propio ritmo; un ritmo, éste de la verdad, que no siempre concuerda con los mandamases. Y en este caso que nos ocupa todo pivota sobre el gozne del manoseo, el tocomocho y el viejo proceder de dar gato por liebre.

Porque el lenguaje, ya se dijo arriba, en tanto conjunto de signos es un material flexible, acomodaticio y dócil. Y con él, es bien sabido, se puede barrer para casa, se pueden crear trampantojos como este cartel que firma, con su escudo y todo, el Ayuntamiento de Zamora. Y concluimos. Donde reza, como al desgaire, en tal cartel, y en tan mendaz como calculada y perseguida parvedad descontextualizada, "LA CONCHA 2018", debería figurar, por una pura cuestión de arraigo y tradición, y por atenerse a la verdad, en sus puros cueros, lo que aquí se sigue en sendas variantes a elegir por el atento lector: 1. Fiestas de la Virgen de la Concha. 2. Fiestas populares de Nuestra Señora de la Concha, Santísima patrona de Zamora. A cada quien lo suyo.

Sépase, asimismo, en el colmo de los colmos, que dicha Virgen no solo es la Patrona de la ciudad zamorana, así jurada desde hace casi un millar de años (1100); sino que también lo es del mentado Ayuntamiento. "O tempora, o mores!". (En vulgar sanfrontino: '¡Qué tiempos, qué costumbres!').

(*) Doctor en Filología Hispánica y

escritor.

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