28 de octubre de 2012
28.10.2012
Domingo 28, XXX del tiempo ordinario

El código braille de la fe

29.10.2012 | 09:35

Hay muchas cosas que pasan desapercibidas en nuestra vida cotidiana que sin embargo son por las que otros precisamente pueden hacerla. Sin ir más lejos el sonido de los semáforos o esos puntitos del código braille grabados en muchos ascensores, o cajas de medicinas, o placas informativas en lugares turísticos, o en la puerta de las habitaciones de un hotel, o... Cosas que pasan desapercibidas para nosotros y que para otros son esenciales.

El evangelio que nos presenta la Iglesia hoy es el del ciego Bartimeo. Un hombre sentado al borde del camino para el que había cosas esenciales en su vida que quizá pasaran desapercibidas para sus vecinos de Jericó. Si este hombre buscara la mera curación de su ceguera, entonces se habría quedado en Jericó. Pero nos dice el evangelio que seguía a Jesús por el camino. Él buscaba algo más. Buscaba al salvador, al Mesías prometido. Otros muchos hombres y mujeres se encontraron con Jesús por los caminos, pero pocos tuvieron la certeza como la tuvo Bartimeo de que efectivamente Jesús era el prometido hijo de David.

Para muchos hombres y mujeres de hoy la fe, la salvación, el seguimiento de Cristo, pasa desapercibido. Botón de muestra es la creciente incultura religiosa que se concreta aún más en anécdotas curiosas cuando algunos guías explican arte religioso o a algún profesor le da por explicar algunas cuestiones de «mitología cristiana». Ciertamente algunos me dicen que no entienden la fe y por eso desconocen muchas cosas. Pero creo que a partir de hoy yo les contestaré que no sé código braille, porque nunca me he acercado lo suficiente a esa realidad como para conocerlo. Quizá para mí sea como para otros la fe, algo que sé que existe pero que pasa desapercibido en mi vida.

Cuando el evangelio narra la curación del ciego Bartimeo, Jesús va acompañado de sus discípulos y de bastante gente. Y es este gentío el que por un lado le regaña para que se calle y el que a la vez sigue la orden de Jesús y llama al ciego acercándolo a Jesús.

Es probable que tal y como dijo el Concilio al hablar sobre el ateísmo, los que procuramos vivir cotidianamente la fe, a veces con nuestra moral, velamos más que revelamos el rostro de Dios. Pero al final, como en el evangelio, este gentío que es la Iglesia, acaba llamando y acercando a los hombres a Dios.

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