15 de diciembre de 2017
15.12.2017

Por el monte y la vega de San Pedro de Zamudia

15.12.2017 | 01:26
Paisaje con el Teso de la Horca.

Emociona acudir hasta este lugar del Valle de Valverde pues todavía permanecen en su ambiente vívidos recuerdos de una lejana y fecunda historia. Documentos fechados en el siglo X testifican la existencia aquí de un monasterio ancestral. Era un cenobio femenino, o quizás dúplice, del cual se pueden rastrear diversas vicisitudes. Conocemos además el nombre de dos de sus abadesas, Palmaria y Mansuara. Tal casa religiosa ya estaba activa en el año 975, pues en esa fecha se tiene constancia de una dádiva a su favor, siendo rey Ramiro III, acompañado de su tía Elvira. A partir de entonces las donaciones se suceden, conservándose referencias de cerca de una docena. La más espléndida fue la entrega de la villa de Justel, en el 992, cedida por el obispo Gonzalo de Astorga, quien en esos momentos era su propietario.

Las tan vetustas crónicas relatan con detalle incidentes singulares que debieron ser bastante comunes en su época. Fueron éstos las usurpaciones que esta institución cenobítica padeció. La primera fue protagonizada por un personaje de la zona, llamado Ero Salídiz en el año 1028. Ese caballero, junto a sus hijos, se apoderó por la fuerza de las torres del monasterio y las retuvo al menos hasta 1057. Indignado por tal abuso, Diego, el prelado astorgano en ese periodo, procedió a su rescate. Denunció el hecho ante los monarcas Fernando I y Sancha y tras un juicio logró su devolución. Medio siglo después, en el 1116, reinando Alfonso VI se repitió el episodio. Cuatro hermanos, Pedro, Bermudo, Martín y Pelayo, apellidados Pérez, arrebataron el cenobio, con sus dependencias y propiedades, al vicario que lo regía. El prelado, ahora Alón, además de lanzar algunos anatemas, demandó a los usurpadores. De ellos, dos pidieron perdón y devolvieron las partes que retenían. Los lotes de los otros quedaron pendientes y, aunque se ignora la forma, al final también fueron entregados. Con esos sucesos, o quizá antes, desapareció la vida cenobítica, manteniéndose el lugar como propiedad episcopal, con lo que se diluyó en gran parte su protagonismo.

Se desconoce el paraje exacto sobre el que estuvieron asentados los edificios monacales. Algunos estudiosos afirman que en un rincón de las faldas del Teso de la Horca, donde han aparecido ciertos vestigios arqueológicos. Sin embargo es probable que ocuparan los mismos solares sobre los que actualmente se emplaza la iglesia, tierras amenas y fértiles, rodeadas de huertas. En la pared occidental de este templo perdura incrustada una piedra única y singular. Es posible que sea un fragmento de un friso, en el que contemplamos cincelado un círculo con una roseta en su interior y parte de otro con diferente motivo ornamental. La talla, a bisel, es muy ruda, pero encaja por formas y estilo en lo que se hacía en aquella lejana época. Tal vez sea el único vestigio palpable de aquel perdido establecimiento claustral.

Centrando la atención en la propia iglesia, aparece rodeada de un atrio con jardines, limitado por una tapia y con acceso por cancelas de hierro. El edificio en sí se hace presente desde lejos por su robusta y a la vez esbelta espadaña. Ese campanario posee una silueta escalonada aligerada por tres vanos, de los cuales el superior queda oculto al haber instalado un reloj. Cuenta además con una especie de cuerpo adosado, tendido sobre un gran arco. Aunque ya por fuera apreciamos el buen estado de todo el conjunto, al penetrar en el interior quedamos admirados por lo bien rehabilitado y limpio que se halla. Los suelos y los bancos brillan con pulcritud y las paredes se muestran impecables. Pero todas las miradas se detienen enseguida sobre el retablo mayor. Sus dorados, minuciosamente bruñidos, parecen inflamarse al incidir la luz sobre ellos, marcando a la vez gratísimos contrastes con una matizada policromía. Sus formas son barrocas, con densos ornamentos distribuidos por tableros, frisos y columnas. Sabemos que el magnífico estado actual procede de una restauración concluida en el año 2016, financiada por un generoso mecenas local. En esas obras se amplió lateralmente su estructura, ganando en suntuosidad, ya que en origen era considerablemente más estrecho. Bien interesante es también el retablo lateral. En él se cobija la imagen del Santo Cristo, escultura gótica, quizás del siglo XIV, tosca pero noble, que recibe intensa devoción. Muestra al Salvador con la cabeza ladeada, aunque erguida y las piernas recruzadas, cubiertas parcialmente por un amplio paño de pureza. Guardada en una estancia aneja, la pila bautismal es un gran cuenco pétreo animado en su exterior con múltiples gallones. Especulando ahora sobre la arquitectura, el recinto actual puede ser de alrededor del año 1500. El arco de triunfo, agudo, muy acanalado, así parece señalarlo. En reformas posteriores se agregó la cúpula del presbiterio, engalanada con sencillas yeserías.

Al deambular ahora por las diversas calles locales, cerca de la iglesia encontramos el pozo artesiano, a cuyo caño hay que bajar por unos cuantos escalones. Como su nombre ya anuncia, procede de un sondeo realizado hace ya unos años. En una de las encrucijadas urbanas localizamos una emotiva estatua, cincelada en piedra, dedicada a la madre. Reproduce a una mujer con su hijo dormido en brazos, el cual reposa dulcemente sobre el hombro maternal. Es una escultura digna, colocada sobre alto podio, costeada por el mismo patrocinador antes citado. Ese generoso personaje está en proceso de instalar una gigantesca imagen de la Virgen del Carmen, de once metros de alta, sobre el dominante Teso de la Horca, la cual será visible desde gran parte del Valle de Valverde. A su vez, a orillas de la carretera, existe otro monumento, esta vez como evocación y homenaje al arado romano, herramienta que durante cerca de dos mil años fue imprescindible en las labores agrarias.

Dispuestos a realizar un itinerario por las tierras libres locales, subimos al extremo septentrional del pueblo. Atravesamos allí la carretera y tomamos el llamado camino de Santibáñez, pues enfila hacia la vecina localidad de ese nombre. Avanzamos por una hondonada en la que dejamos atrás las últimas viviendas. Después de haber recorrido un escaso medio kilómetro llegamos a una bifurcación en la que elegimos el ramal de la izquierda, conocido a su vez como camino de Santa Croya. Ascendemos por una cuesta empinada hasta coronar la alta planicie que limita el valle por el norte. Una vez arriba conviene desviarse unos breves metros para asomarnos al borde de la cuesta. Gozamos así de grandiosas panorámicas extendidas sobre toda la zona. Por el medio de la vega se intuye el curso del río Castrón, eje fluvial de la zona y afluente del Tera por su margen derecha. Lo distinguimos por la hilera de sotos ribereños que crecen junto a él. Contiguas a ambas orillas se extienden las fincas más fértiles del término, perfectamente irrigadas por una compleja red de canales. A nuestros pies queda el propio San Pedro y bien cerca Morales. Ya más lejos de divisan, entre otros, Villaveza, La Pueblica, Santa María, Bercianos? perdiéndose las miradas sobre una sucesión de suaves lomas. Lejos ya, los horizontes aparecen marcados por las cumbres de la Sierra de las Cavernas.

Bien próximo se eleva el antes citado Teso de la Horca, inmediato al casco urbano. Veremos un cerro llamativamente cónico, de laderas terrosas un tanto accidentadas por profundas torrenteras. Dado su nombre es de suponer que sobre su cima estuviera antaño el cadalso para ajusticiar a los delincuentes. Ahora se alza allí una cruz de madera y el pedestal de la mencionada escultura de la Virgen. Este otero, posee connotaciones legendarias. Un conocido relato afirma que en su interior se oculta un borrico todo de oro. Alguien ingenuo y ambicioso horadó el altozano de un lado al otro para intentar apropiárselo, pero nada halló en su interior. En los espacios que median entre el lugar sobre el que estamos y el citado teso se sitúan las tierras conocidas como Los Castros. Dicen que al arar aparecían fragmentos de recipientes de barro cocido e incluso tapaderas de cazuelas. Pese a ello, es probable que el recinto castreño que evocan pudiera asentarse arriba, en esta especie de espolón que nos sirve de mirador, con caracteres defensivos más ventajosos. Las cuestas de este lado presentan, a trechos, cárdenos arañazos. Su cubierta vegetal ha desaparecido y las aguas de las lluvias, progresivamente, siguen erosionando el terreno generando cárcavas agrestes y profundas.

Retomamos el camino para adentrarnos en un silencioso e intrincado monte de encinas, con densos jarales como sotobosque. Muchos de estos espacios debieron de ser fincas de labor, asilvestradas en nuestros días debido a su abandono. Algunos sectores aún conservan las huellas de las parcelas originarias. Según avanzamos, ante la presencia de diversas bifurcaciones seguimos la pista más transitada, para alcanzar, ya muy allá, dos ramales que se apartan hacia el sur. Elegimos el segundo para bajar decididamente hacia las tierras llanas inferiores. En ese afán penetramos en una recóndita vaguada secundaria, conocida como Vallecarril. Existe por allí una modesta laguna, seca en periodos de estiaje.

Empalmamos al fin con una pista utilizada secularmente para comunicar San Pedro con Villanueva de las Peras. Por ella enfilamos directos hacia el pueblo. A la espalda, bien cerca, hallamos una finca que, a pesar de su abandono, conserva todavía algunos frutales. Es una de las abundantes josas que existieron antaño. Desde su centro emerge un molinete metálico, encaramado sobre una grácil torreta de hierro. Hace décadas este artilugio fue bastante común, pero sólo queda él en la zona. Aún conserva, aparentemente en buen estado, sus dieciocho palas originales, además del timón que servía para buscar la orientación apropiada frente al viento. Así se conseguía la fuerza motriz para extraer el agua del pozo, para repartirla después entre los árboles. Era una energía limpia y gratuita, desperdiciada en nuestros días.

En este retorno atravesamos por el medio de terrenos llanos y fértiles. Son parcelas dotadas de regadío, aunque en superficie no se divisa canal alguno. Los caudales se distribuyen por tubos soterrados permitiendo un considerable ahorro. Como final, cerca ya del casco urbano, sobre el cauce del río descubrimos el edificio que fue del molino, ahora transformado en vivienda. A su lado, las antiguas eras están aprovechadas para campos deportivos.

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