13 de octubre de 2017
13.10.2017

Tiene que llover

A España le convendría una lluvia que refrescase el ambiente, que nos bajase un poco la temperatura

13.10.2017 | 00:07
Tiene que llover

Ahora que España se reseca en su propia metáfora (apegada, una vez más, al existencialismo de cuestionarse constantemente su propio ser) y con la veleta errada ha prendido una llama en el noreste, a España, tan seca siempre de sí misma, le convendría una lluvia que refrescase el ambiente, que, de repente, se precipitara sobre nosotros, nos bajase un poco la temperatura y nos ayudase a respirar con algo más de frescor, como hacen los bálsamos.

Tiene que llover, sí, igual que en aquella vieja canción de Pablo Guerrero, a cántaros, que parece que la lluvia y las canciones sirven para recordar casi tanto como los olores, y aquí estamos siempre olvidando o queriendo olvidar quienes somos y por qué.

Tiene que llover porque nos hace mucha falta, porque por encima de la no sé si afortunada metáfora que alude a otros problemas que nos preocupan y ocupan nuestras conversaciones, nuestras pausas para el café y para el almuerzo, está la realidad de la ausencia. La lluvia ha hecho una declaración unilateral de independencia y nos ha abandonado mientras estábamos mirando para otra parte, ocupados en otras cuestiones, y así está España, con los pantanos convertidos en anémicas charcas y las cigüeñas despistadas, ahora que están de vuelta.

Tiene que llover, aunque, ya lo sabemos, nunca llueva a gusto de todos. A mí, que soy mi ejemplo más cercano, siempre me preocupa mucho la lluvia. En cuanto caen las primeras gotas ya estoy con el alma en vilo. Tengo una gotera en mi despacho que en cada aguacero, como un dios antiguo y cruel que exige una ofrenda, un sacrifico, se cobra un diezmo de libros ante mi impotencia y mi dolor. Pero lo daría por bueno si lloviera. Si de pronto lloviera, tal vez todo fuese más sereno y podríamos manejar las cosas de otra forma, sin llegar al incendio.

Tiene que llover porque la lluvia da mucha conversación en los ascensores, las salas de espera, las antesalas, allí donde ahora se habla solo de lo mismo, de esa llama prendida que no sabemos muy bien cómo apagar y que acabará por consumirnos si no la ahogamos pronto. España está que arde y necesita la lluvia para sus campos y sus banderas. En los olivares y en las instituciones, un poco de lluvia sería una bendición, una forma de alimento y de limpieza. El agua, la esencia más pura del universo, vertida sobre la tierra ardiente de España para darnos un respiro.

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