14 de agosto de 2017
14.08.2017
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¿Quién meterá en cintura a la industria del automóvil?

Personas que han ocupado puestos destacados en el Gobierno federal o en los regionales trabajan hoy como lobistas del sector

14.08.2017 | 01:08

En su soberbia, la industria alemana del automóvil parece convencida de que, por su importancia económica para el país, no hay gobierno, del color que sea, capaz de meterla en cintura. Y esa sensación de casi impunidad, similar a la de la gran banca, ha hecho que los fabricantes, preocupados sólo de los beneficios, se olviden del medio ambiente o la salud de los ciudadanos. Tras descubrirse la hábil manipulación que llevaron a cabo con los motores de diésel para cumplir las exigencias medioambientales europeas y estadounidenses, las principales marcas parecen ahora sólo dispuestas a ceder lo mínimo.

En la reunión que mantuvieron con sindicatos y el Gobierno, que les exigía por primera vez responsabilidades por sus acuerdos secretos tipo cártel, los directivos aceptaron a regañadientes cumplir a medias lo requerido.

Así se dijeron dispuestos a "actualizar el software" de cinco millones de vehículos equipados con motores de diésel, la solución más beneficiosa, por sus pocos costes, pero no la mejor desde el punto de vista de la salud ciudadana.

De aceptarse sin más la propuesta de la industria, los automóviles reducirán sólo un 30 por ciento sus emisiones tóxicas, pero seguirán superando en tres veces y media lo tolerable, según denuncia el periodista Jakob Augstein. Lo único que parece preocupar a los fabricantes es la amenaza de algunos importantes gobiernos municipales de prohibir la entrada a los centros de población de los vehículos más contaminantes, lo que supone una depreciación de esos modelos.

La industria alemana del automóvil, la cuarta del mundo, no es una industria cualquiera ya que da trabajo a unas 800.000 personas y factura anualmente más de 450.000 millones de euros.

Ingenieros germanos inventaron el automóvil en 1886 y Alemania se ha vanagloriado siempre y con razón de la profesionalidad de sus ingenieros y la calidad de sus productos, por lo que el descubrimiento de sus chanchullos y de la excesiva tolerancia de los políticos es un baldón para el país.

Esa tolerancia se explica perfectamente por las puertas giratorias existentes entre la industria y la política: personas que han ocupado puestos destacados en el Gobierno federal o en los regionales trabajan hoy como lobistas del sector.

Al mismo tiempo, los principales fabricantes germanos mantienen una red de contactos en Bruselas que les permite ejercer su influencia en la legislación comunitaria y no precisamente a favor de la salud y del medio ambiente.

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