05 de agosto de 2017
05.08.2017
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El precio del esclavo

A propósito de los 222 millones pagados por Neymar

05.08.2017 | 00:34
El precio del esclavo

Estoy mirando al mar, como hago a diario, consciente de que casi todo cuanto merece la pena puede aprenderse mirando al mar y leyendo a dos o tres clásicos. El verano está en su mitad, en eso que se llama "canícula" (por referencia a la constelación del "canis maior", el perro de Orión, que nos vigila desde arriba), y uno tiene la sensación de que es inacabable. El verano y el mar parecen, los dos, gemelos e interminables.

Estoy mirando al mar, que "no sabe que es un náufrago", según el afortunado verso del maestro Alcántara. Quizás por eso, ahora, parece distraído, preocupado nada más que por ese niño que en la orilla se afana en secarlo cubo a cubo, con el empeño y la gravedad que solo los niños ponen en las cosas. Tampoco sabe el mar quién es Neymar. El debate sobre si vale los doscientos veintidós millones de euros que un equipo francés ha pagado por él es interesante, porque se ponen a la vista los conceptos más radicales del sistema de libre mercado, que es el que tenemos.

Ateniéndonos exclusivamente a eso, al libre mercado, probablemente valga más de lo que cuesta, porque casi nadie es tan idiota (especialmente quienes lo tienen) como para ir por ahí tirando el dinero. Si alguien paga doscientos veintidós millones es, seguramente, porque tiene fundadas esperanzas de rentabilizarlos. Es esa la más clara ley del mercado, la de la rentabilidad, a la que nos sometemos todos sin rechistar, sin cuestionarla, hasta que llega a su extremo y nos escandaliza. Pero la ley del mercado es igual en todos sus tramos. Quien paga a un trabajador un salario de mil euros es, con total seguridad, porque aquello termina rindiéndole un beneficio. Y en función del beneficio es el pago, el "precio del esclavo". Quienes se escandalizan de la inmoralidad que supone pagar por un tipo que patea un balón ese dineral acaba también pensando que un futbolista nunca debería costar tanto, porque, en realidad, lo que hace no vale nada, no salva el mundo, pero olvida que no le pagan por lo que hace, sino por cuánto genera lo que hace.

Es el mercado el que determina el precio del esclavo, nunca el esclavo. Otra cosa sería poner en cuestión nuestro sistema de valores, por qué nos parece más brillante patear balones que escribir sonetos o investigar las causas de las enfermedades raras, que son tan corrientes. Y es ahí donde se ve lo enferma que está nuestra sociedad, en esos extremos del libre mercado que nos saca los colores y nos muestra, con la sinceridad cruel de los espejos, lo que de verdad nos importa.

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