De la angustia al orgullo

Un hijo en paro y en casa, por muy Premio Nobel que sea, supone para los padres una carga económica

24.10.2016 | 00:38
De la angustia al orgullo

La pseudorrecuperación económica, en el sentido de que afecta poco al pueblo, parece efímera y ha instaurado la neo-esclavitud (tener trabajo y no tener dinero) se debe en España a varios factores:

Uno, el vertiginoso incremento del turismo, que al convertirse el mundo exótico, e incluso algunos países ricos, en focos de terrorismo, guerras e inseguridad, ha convertido a nuestro país en un destino apetecible.

Dos, la bajada de los precios del petróleo, cuestión fundamental dada la tremenda dependencia de España de ese tipo de materia prima.

Tres, la burbuja de los emprendedores, o el hecho de que muchos padres hayan roto la hucha para ponerles a sus descendientes un negocio como autónomo, lo que, les vaya bien o no, supone una serie de inversiones y gastos (adecentamiento del local, muebles, luminosos, pintura, alguna contratación, etc.) que mueven la economía (promoviendo el consumo).

Y cuarto. Este último factor del respiro macroeconómico, puede deberse a la emigración cualificada.

Ello por dos razones, la primera porque los hijos con titulaciones universitarias o conocimientos de especialistas, al irse, ha supuesto un alivio para su país y sobre todo un desahogo para sus familias.

Quieras que no, un hijo en paro y en casa, por muy Premio Nobel que sea, supone para los padres una carga económica que al desaparecer, no solo resuelve el problema del futuro del titulado, sino que libera importantes cantidades de dinero de los padres para el consumo.

Y es a este punto, del fenómeno que podemos llamar "emigración de lujo", a donde queríamos llegar.

Cuando nació Podemos, y las encuestas informaban de su excepcional aprecio y simpatía, comunicaban también otro detalle, preocupante para el poder y sus servidores, los partidos conservadores.

Amplísimos sectores de la clase media alta (familias adineradas, matrimonios de profesionales cualificados, etc.) y por tanto con una cierta tendencia al conservadurismo, estaba en pie de guerra e indignación, porque mientras sus hijas e hijos se tenían que ir al extranjero con sus títulos debajo del brazo, los causantes del drama, o robaban o se dejaban corromper con descaro y sin castigo.

Ello hizo que hubiera que crear (por quién podía) un partido como Ciudadanos con urgencia, un partido en el que pudieran militar o tener puestas sus complacencias, los conservadores indignados.

El "efecto cabreo" en familias con hijos titulados en el extranjero, era tan evidente que incluso Unidos Podemos, basó su campaña electoral en la carta de "Esperanza", una española sobradamente preparada que escribía a sus padres subrayando la locura y la tristeza que suponía para un país dejar ir a sus profesionales más documentados a servir a otras patrias, y alejándolos de sus familias.

Pues bien, lo que con este escrito se invita a meditar es que el asunto citado ha cambiado de raíz.

Los padres, y sobre todo las madres, que veían con angustia la fuga de cerebros y de seres queridos, porque afectaba a sus vástagos, y se les iban lejos, y tenían nietos que hablaban otra lengua, esos padres y madres, ahora se sienten orgullosos de sus hijas e hijos.

Y cuentan con satisfacción, que han venido, pongamos de Australia, donde María, la hija querida, está de ingeniera de Puertos, y donde los nietos les piden a la yaya y al yayo, que los enseñen español cuando van a verlos.

Esa fuga de cerebros (expulsados de su patria por el sistema económico injusto y la política chapucera de la corrupción) va a ser irreversible.

En el extranjero los empresarios respetan los contratos que firman; los profesionales, si son buenos y competentes, son tratados como tales, y además la vida (salvo el sol y la sangría) es más civilizada que aquí.

Por lo mismo, los padres, al ver las ventajas materiales que tienen sus hijas e hijos; el modo de vida del país receptor, y el verse ellos mismos obligados a conocer mundo, están felices y orgullosos, como así lo manifiestan en sus regresos tras las vistas obligadas por el cariño.

Y encima ya no tienen la carga familiar de los hijos en paro y del máster tras máster, todo lo cual mejora de golpe su calidad de vida y el consumo.

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