Licenciado en Geografía e Historia

De la Conjura de Zamora a la Concordia de Villafáfila

La historia confirma que para la política siempre hay que tener buenas tragaderas

06.10.2016 | 00:16
De la Conjura de Zamora a la Concordia de Villafáfila

Sabíamos que Castilla era tierra de "cantos y santos" y no tanto de conjuraciones, como la que se tramó para "inutilizar" recientemente al último líder político de primarias. Pero la tierra castellana ya fue testigo de muchas maquinaciones para darle al contrario el matarile, real o virtual. Si de lo segundo hablamos, recordemos la famosa "Farsa de Ávila" (1465) donde se hace un destronamiento simbólico-burlesco, por parte de nobles levantiscos, sobre un muñeco con la efigie real (Enrique IV) lanzando todo tipo de improperios y maldiciones: "Muere puto!", se llegó a oír en medio de la astracanada pública. Al débil monarca ya le habían zarandeado bastante y no pararon hasta quitar la silla y la vida a su valido don Álvaro de Luna: amigo y puede que amante del rey (displásico eunucoide, en palabras del doctor Marañón). No hace falta aclarar que en todo el proceso tragicómico del que hablamos brillaron por su ausencia los intereses generales del bien común frente a los particulares y nobiliarios.

Ahora que Toro está de "bendita" actualidad con la magnífica muestra de AQVA, conviene recordar, al hilo de destronamientos, que allí fue a parar, desterrado, el conde duque de Olivares, aquel brioso jinete, retratado por Velázquez y descrito también en su auge y caída por Marañón. El conde tuvo la mala suerte de andar sobrado de poder, de rivales (Richelieu) y no digamos de enemigos que fueron los que le mandaron con viento fresco a la villa de "los templos y huertos" para purgar sus culpas y redimir los pecados... políticos, que acabaron por llevarle a la tumba.

Menos traumático fue otro hecho en 1506, conocido como la "Concordia de Villafáfila": Por caminos donde un servidor, de niño anduvo corriendo perdices y buscando nidos de patos, se encontraron Fernando el Católico y su yerno Felipe el Hermoso, para "inutilizar" como reina a Juana La Loca. Felipe se haría cargo del gobierno de Castilla y Fernando se retiraba a sus dominios de Aragón. La Concordia (bonito nombre) fue ratificada al día siguiente en Benavente. Felipe el Hermoso - podía haber pasado también a la historia como " el breve"- no tardó en morir después del sofocón tras una cacería. Y breve le hubiera gustado reinar al malhadado Enrique IV que antes de morir envenenado ya dejó dicho, "Naciera yo de un labrador y fuera fraile de Abrojo (mejor) que rey de Castilla". Un trucha envenenada confirmó los malos augurios y peores pesares que le atormentaron.

Para la política siempre hay que tener buenas tragaderas.

Aunque a la larga... da igual si en vez de encontrarte la perla en la ostra te sirven una trucha que te comes con el anzuelo dentro.

En Villafáfila no hay truchas sino carpas. Se ignora si los mencionados magnates celebraron con ellas o con marisco de pocilga la firma de La Concordia. Lo que seguro no faltó fue vino de Toro.

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