El aroma de los libros

Llegará un día en el que el papel sea solo un recuerdo del pasado

17.09.2016 | 01:01
El aroma de los libros

Una mujer sujeta con las dos manos un libro, mientras se lo aproxima hacia el rostro. Vista de frente, en un plano medio, puede verse, abierto, el libro que está sujetando. Sobresaliendo ligeramente, por encima de él, aparece el pelo de la mujer, cuyo rostro se supone que se encuentra justo a unos pocos centímetros. La escena se complementa con un bocadillo -se supone de otro personaje- que le pregunta "¿Es bueno ese libro?", a lo que la mujer responde "¿No lo empecé todavía, lo estoy oliendo?".

La escena corresponde a una viñeta humorística publicada, hace unos días, en un periódico de tirada nacional. Puede que la intención del autor no fuera otra que la de aprovechar el doble sentido de algunas palabras, o el deseo de hacer participar al lector del interesante juego del equívoco, pero también, podría ser que quisiera hacer reflexionar sobre el olor de los libros. Yo me he quedado con esto último, porque, ciertamente, los libros huelen, y sus aromas dependen de diversas suertes, porque no huele igual un viejo libro de hojas amarillentas que otro recién salido de la imprenta, como tampoco uno que haya sido manoseado por un lector en la cocina que otro leído en el váter, acomodado en el trono del "señor Roca". Y es que cada página va impregnándose de todo aquello que rodea al lector. Cada capítulo lleva en su pátina el olor a tabaco que las volutas de humo le han transferido, cuando el lector ha estado fumándose el cigarrillo, de después de comer, o ese aroma a limón y burbujas que le ha dejado el gin tónic de media tarde, o la valeriana tomada, en forma de infusión, unos minutos antes de ir a la cama, con la ilusión de poder conciliar pronto el sueño.

Un libro sacado de una biblioteca pública, probablemente, ofrecerá una mezcla de olores y aromas difícil de definir, pues sus páginas habrán sido acariciadas por distintas manos, y cada uno de sus lectores se habrá detenido, más o menos tiempo, en determinadas paginas, según sus preferencias. Un libro leído en el parque, bajo la reconfortante sombra de un árbol centenario permitirá percibir aromas propios de la naturaleza, y uno leído por un enamorado sugerirá al lector el verdor de la hierba cuando está a punto de explotar a la llamada de la primavera.

Los lectores más cuidadosos y aseados, dejarán un separador, o un indicador perfumado, justo en la página en la que detuvieron la lectura, con la intención de continuarla el día siguiente, o la posterior semana, mientras otros lo habrán dejado por imposible, al no estar sacando de él lo que realmente esperaban. Los más pragmáticos habrán dejado, como señal, el tique de compra del supermercado o cualquier otro artificio, de manera que un libro podrá oler a "nenuco" o a gasoil, dependiendo si antes se le ha estado limpiando el culo al bebé, o se ha retirado el coche del taller mecánico.

Eso de los olores en los libros a veces nos pasa desapercibido, y es porque nos embebemos tanto en las historias que nos cuentan, en las sensaciones que nos transmiten o en las emociones que nos hacen sentir que, sin darnos cuenta, los acariciamos mientras subrayamos determinados párrafos o les robamos alguna metáfora.

Por eso, esos nuevos soportes denominados e-book, llamados a sustituir a los libros de verdad, a los de papel, al ser tan neutros y fríos, como todo lo hecho a base de plástico, silicio y germanio, no pueden transmitir tales sensaciones, sino las propias de las ventas a plazos o de la inseguridad que trasmite cualquier artilugio que puede dejar de funcionar en cualquier momento, ya sea porque se haya averiado o porque se haya ido la batería a freír puñetas. Un e-book nunca podrá trasmitir la magia que surge de la madera de un árbol, porque no habrá sido analizado para determinar su gramaje, rigidez, porosidad y opacidad.

El día que el papel sea solo un recuerdo del pasado miraremos atrás con perplejidad y nostalgia, acordándonos de los momentos de soledad aguda, de conversación diaria con determinados amigos o de cena mensual con compañeros de estudios, nos costará apearnos de lo circunstancial o de lo azaroso, y en cuanto nos descuidemos sacaremos a la calle el disfraz de la ignorancia ante la ausencia de delirios colectivos.

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