Crónicas de un paso de cebra

El poder de robar la pena y la ira

El consumo de café es hereditario, lo llevamos impreso en la genética

02.09.2016 | 23:56
El poder de robar la pena y la ira

Hace mucho tiempo, según una leyenda griega, el café se originó cuando la hija de Zeus, Elena, preparó una bebida, que "tenía el poder de robar la pena y la ira de su aguijón, desterrando todos los recuerdos dolorosos".

Y actualmente los científicos no paran de hacer estudios, para descubrir las causas por las que a la mayoría de los seres humanos nos gusta tanto esa bebida.

A raíz de recientes investigaciones realizadas, la última por un italiano, llamado Nicola Pirastu, después de analizar los hábitos de numerosos consumidores de café de distintas edades y nacionalidades, se ha demostrado que dicho consumo es hereditario, es decir, que lo llevamos impreso en la genética y que ya son, de momento, 6 los genes implicados en el caso, uno de ellos, el PSDD2, inhibe más que otros de su especie la degradación de la cafeína.

Presenta muchos beneficios, entre otros, efectos protectores frente a enfermedades cardiovasculares, hipertensión, alzhéimer, párkinson, algunos tipos de cáncer, diabetes. El único problema es que puede alterar el sueño, pero algún precio había que pagar.

Recuerdo a menudo el extraordinario café de puchero que preparaba mi madre, el olor se expandía por toda la casa y con él conseguía mitigar, como por arte de magia, todos los problemas que se nos plantearan.

Hace muchos años en un pueblo de Turquía, donde hacía una temperatura elevadísima, en un alto del camino, me atreví a tomar una taza pequeña y blanca de café turco, aunque a mí, acostumbrada al de cafetera me supo muy fuerte y además mastiqué unos cuantos posos al final. Al acabar, un lugareño que andaba por allí, me leyó los restos que quedaron en el fondo, y me vaticinó un futuro venturoso, que cumpliría mis sueños, que había encontrado al hombre de mi vida y que viajaría alrededor del mundo. Yo la verdad no me creí nada, le di unas monedas y me fui contenta pensando que no perdía nada por recordar aquellas palabras.

Es la única vez que he visto practicar la cafeomancia, es decir la adivinación del futuro por la simple lectura de los posos del café, los cuales forman dibujos y figuras extrañas, que tienen un componente simbólico, que debe ser interpretado. Luego me enteré que no se puede practicar en días de niebla y que según estén de distantes las formas del borde de la taza, así se cumplirá el pronóstico más pronto o más tarde. También que los míos no debían tener forma de nubes, porque son indicadoras de desgracias continuas. Y para los tiempos que corren, a muchos de nuestros gobernantes les deberán de salir relojes y esferas en los posos, que significan el inexorable paso del tiempo y una instancia a no perderlo y a tomar ya una decisión, por lo menos para justificar el sueldo, pero qué desvergüenza, ese es otro cantar.

El café a lo largo de la historia ha generado numerosa literatura. Recibe su nombre de un príncipe persa legendario que aparece en "El Libro de los Reyes", del escritor Firdusi, quien lo escribió en el año 1000, para mantener vivas las tradiciones y cultura iraníes, frente a los valores que estaban inculcando los árabes en su país.

Dicha obra es la epopeya nacional del Irán, donde se mezclan su historia y su mitología desde la creación del mundo hasta el siglo VII, fecha en que fue conquistado el país por los islamistas.

Numerosos temas se refunden en ella, relatos y leyendas arias, babilónicas, judías y griegas, además de las autóctonas del país, aparecen en ella, la leyenda del fuego, la gastronomía, las leyes, la literatura y muchos más. Hay intercaladas más de 62 historias, agrupadas en 990 capítulos, escrita en persa en 60.000 versos pareados, de los que se conservan unos 50.000.

Se piensa que Cervantes debió de conocer el libro en su prisión en Árgel, pues el Quijote cita alguna de sus frases: "No se mueve la hoja del árbol sin la voluntad de Dios".

Ha sido reeditado parte de él por Alianza Editorial en 2015 y se puede apreciar que numerosas de las leyendas que aparecen han pasado a la literatura occidental.

Uno de los reyes persas citados se llamaba Kawéh, de cuyo nombre surgió la palabra café, el cual realizó hazañas extraordinarias, como viajar en un carro alado porque quería alcanzar la luna. (Ese deseo lo tuvo porque un demonio le dijo que podía ser también el jefe del reino celeste). Una de las representaciones del mismo se nos muestra en una miniatura de ediciones antiguas y lo sitúa subido a una especie de trono con un toldo del que cuelgan trozos de patas de cordero, y atadas a las barandillas del mismo aparecen águilas, que habían sido arrebatadas a sus padres de los nidos y criadas en cautividad hasta que se volvieron fuertes y veloces. El rey llegó así volando en dicho artilugio hasta la ciudad de Amol, en el mar Caspio, con tan mala suerte que las águilas cansadas, dejaron estrellarse al carro volador, pero el rey milagrosamente se salvó. (Aunque no se lo crean conozco a gente que ha soportado hasta varios accidentes aéreos, por lo que todo es posible). Acudió en su auxilio su general Rostam, quien también tiene su historia. Como siempre estuvo luchando y viajando por el mundo y cuando iba a ser padre, le entregó a su esposa un cinturón de oro lleno de piedras preciosas, para que si tenía una niña se lo pusiera en la frente y si era niño se lo atara en el brazo. Fue niño y se llamó Sohrab. Pasado el tiempo, su hijo lucharía en un bando enemigo y moriría a manos de su padre, el cual, al descubrir el hecho, se lamentaría hasta la muerte. Este bravo guerrero, como el Hércules occidental, también tiene su leyenda con 7 trabajos. Y esta historia de Rostam y Sohrab con más de 1000 versos, ha sido una de las tragedias más conocidas y reproducidas de la literatura oriental junto a sus hazañas, hasta en vídeo juegos.

La leyenda del nacimiento del café, se empezó a propagar en el siglo V, y trata de un pastor llamado Kaldi, de la región de Kaffa en Abisinia, la actual Etiopía, que observó cómo sus cabras en el campo se volvían incansables, triscaban y saltaban todo el rato, y se dio cuenta que era debido a que comían unas bayas de distintos colores, que les producían ese efecto. Recogió unas cuantas, y se las llevó al abad de un convento vecino, quien al probarlas notó que eran muy amargas y las tiró al fuego, con la buena fortuna que cayeron en un caldero donde se estaba cociendo agua, y así nació la infusión de café que se hizo famosa a partir de entonces por todo el mundo.

El café llegó a Europa en el siglo XV y la primera cafetería conocida fue Kiva Han, abierta en Estambul en 1475.

El primero en describir la infusión fue un médico alemán, llamado Leonard Rauwolf, que había estado viajando por Oriente Medio y se había aficionado a dicha bebida: "Una bebida tan negra como la tinta, útil contra numerosos males, en particular los males de estómago. Sus consumidores lo toman por la mañana, con toda franqueza, en una copa de porcelana que pasa de uno a otro y de la que cada uno toma un vaso lleno. Está formada por agua y el fruto de un arbusto llamado "bunnu"".

Hubo épocas en que fue considerada un brebaje creado por el diablo y las prohibiciones se sucedieron, hasta que un papa cafetero, allá por el siglo XVII, llamado Clemente VIII, decidió defender su consumo.

En Málaga entré en una cafetería donde tenían numerados y explicados los distintos tipos de café en una pared. A mí me gusta caliente, sin espuma y con sacarina, no recuerdo el número, pero los camareros, cuando los clientes no habituales les empezaban a soltar el rollo de cómo querían el café, les decían muy amablemente: "Mire a la pared y luego escoja el que quiera. Están todos los que se pueden pedir". (Eso es eficacia cafetera).

El proceso de cultivo y preparación del café en un principio se trasmitió de forma secreta, debido a la riqueza que generaba su comercialización, lo mismo sucedió con el té y con los gusanos de seda.

Una costumbre antigua que sigue practicándose en algunos países es sembrar una planta de café por los amigos que son invitados a una casa, como símbolo de afecto y buena voluntad.

Hace muchos años en un pueblo de Turquía, tomé una taza de café turco y un lugareño que andaba por allí, me leyó los posos, y tal vez por casualidad acertó lo que me tenía reservado el futuro. Aún hoy, no he podido olvidar sus palabras.

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