Por difícil que parezca, todo debe tener alguna explicación

A veces creemos que somos contemporáneos de esos nefastos personajes que seguimos por la tele

17.08.2016 | 01:25
Por difícil que parezca, todo debe tener alguna explicación

Lo leí recientemente en un periódico, donde aparecía una clasificación de los programas de televisión más vistos durante la semana, El primer lugar lo ocupaba "Sálvame Deluxe" con casi dos millones de espectadores, el segundo "Sálvame naranja" con una cifra similar y en el quinto lugar aparecía "Sálvame limón" con millón y medio de fieles televidentes. Ignoro si existen más programas del tipo "Sálvame", pero de no existir a buen seguro que, a la vista de tales resultados, la cadena en cuestión se estará planteando lanzar, en cualquier momento, un "Sálvame melón" o un "Sálvame albérchigo", porque el éxito, muy probablemente, lo tendrá asegurado. No sé si todos los "Sálvame" tienen el mismo formato, aunque me imagino que responderán a los mismos o similares parámetros, ya que cuando haciendo zaping paso por el canal que los emite las imágenes parecen ser siempre las mismas o, al menos, yo creo ver siempre a los mismos personajes, bien sean estos tertulianos, presentadores, debatidores, invitados o roles por el estilo. Así que, claro, si son este tipo de programas los que preferimos ver los españoles no tendría nada de particular que nos dirigiéramos, a marchas forzadas, hacia el encefalograma plano, a un nivel cultural tercermundista y a un gusto por lo hortera difícilmente superables.

Estoy convencido de que debe tener algún tipo de explicación que permita ver, sin ningún tipo de ambages, lo que nos mueve a nutrirnos de programas tan vacíos, protagonizados por personajes más vacíos aún, donde los argumentos no solo son tramposos sino también deshilachados y grasientos de tanto haber sido sobados. Seguramente que este tipo de comportamiento que tenemos millones de españoles tendrá alguna explicación, no solo para entender el tema que ahora estamos tratando, sino también para otros muchos que, hoy por hoy, resultan difíciles de descifrar, imposibles de comprender. De ahí que si alguien lo sabe convendría que explicara cómo se puede llegar hasta lo más hondo de las motivaciones que nos llevan a ese tipo de comportamientos.

Y es que, por ejemplo, en el mundo de la política, unas elecciones tras otras, elegimos -incluso a veces por mayoría absoluta- a nefastos personajes o a corruptos partidos para que nos gobiernen desde los ayuntamientos, las comunidades autónomas o de cualquier otra institución. Y lo que es aún peor, no solo los elegimos, sino que los defendemos como si se tratara de algún familiar cercano al que todo se lo debemos, o de un amigo del alma al que profesáramos tal amor que superara los límites de cualquier entrega o pasión. La pregunta a realizar sería ¿qué es lo que vemos en ellos? ¿Qué es lo que nos mueve a que se hagan dueños de nuestra vida y de nuestro valioso tiempo? Quizás sea que aún no nos hemos dado cuenta de lo peligroso que es dirigir la mirada a asuntos que no convienen, ni por edad, ni por posición ni tampoco por jerarquía.

Mientras nos dejamos arrastrar por tan burdos comportamientos, cada vez leemos menos libros, aunque haga tiempo que se inventaron los e-books. Escribimos peor, porque lo hacemos desde los e-packs. Nos comunicamos de manera más fría, porque solo utilizamos los teléfonos móviles. Y, lo peor de todo, a veces, tratamos de justificar esas y otras malas praxis echándole la culpa a no disponer de tiempo suficiente para ello, el mismo tiempo que dedicamos, ciegamente, a ver nefastos, insípidos e impresentables programas de televisión que engañan a las pocas neuronas que aún tenemos.

Pero claro, es que a veces creemos que somos contemporáneos de esos nefastos personajes que seguimos por la tele, y no de nosotros mismos, y nos lanzamos a la calle haciéndonos el nudo de la corbata -es un decir- sin mirarnos al espejo, de manera que, sin darnos cuenta, salimos con el nudo ladeado. Menos mal que de vez en cuando rescatamos imágenes sueltas en las que aparecemos besándonos con alguien, como si prefiriésemos morir de asfixia, o nos vemos perdiéndoles el respeto a ciertos personajes a quienes hemos venerado, demostrando con tales síntomas que hemos bajado a la tierra y que notamos que la realidad se nos ha hecho más próxima. Cuando eso llega a suceder, dejamos claro que en la vida solo existe una dicha más grande que la de enamorarse que no es otra que la de enamorarse hasta las trancas.

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