Por qué hay que votar: De la protesta a las propuestas

A los ciudadanos nos corresponde recuperar la palabra, la libertad y autonomía para decidir

13.06.2016 | 00:35
Por qué hay que votar: De la protesta a las propuestas

Antes de que se inicie propiamente la campaña electoral que nos lleve a la constitución de nuevas Cortes, que a su vez den lugar a la formación del nuevo gobierno, parece conveniente hacer algunas reflexiones en relación a los avatares y sobre todo a las consecuencias no deseadas de la última confrontación electoral.

A estas alturas es bien conocido que con los resultados electorales del 20D existió la posibilidad de construir un gobierno de cambio que hubiera modificado la grave y difícil situación política, social y económica por la que atraviesa nuestro país. Aunque observando con alguna perspectiva sus comportamientos, la formación de Podemos no tuvo en ningún momento el menor interés por concertar con los socialistas para llegar a acuerdos que permitieran dicho gobierno. Hoy sabemos que se produjo un acuerdo tácito, a modo de coalición, entre el Partido Popular y Podemos, que hizo imposible la formación de un gobierno de progreso. Por lo tanto, Rajoy sigue siendo presidente porque así lo ha querido Podemos. Inmediatamente hay que distinguir entre la dirección y sus votantes. Sabemos por los expertos en sociología electoral que solo el 6,6% de sus votantes se declaran de ideología comunista, muchos dicen ser socialistas o socialdemócratas, siendo la mayoría de aluvión, eminentemente coyunturales y no ideologizados. Todos ellos son respetables.

Evidentemente seducida por el ya histórico "sorpasso" (quítate tú que me pongo yo), esta formación ha hecho imposible esa oportunidad recuperando las viejas consignas antisocialistas del Partido Comunista, desde el inicio de la práctica del centralismo democrático. Este bloqueo sigue amenazando la posibilidad de un gobierno progresista, propiciando que la derecha permanezca en el poder, eso sí, en funciones.

Parece que la línea predominante de Podemos (aunque ha cambiado muchas veces en su corta historia) consiste en reafirmarse en su condición comunista, pues no se trata solo de una alianza con la facción más afecta al PCE, encabezado actualmente por Alberto Garzón, sino del rescate de figuras históricas como Julio Anguita, del que los dirigentes del núcleo duro de Podemos se declaran sus discípulos y fieles seguidores. El propio Anguita ya nos lo adelantó en unas cercanas declaraciones al diario El Mundo, en recuerdo de los años de la estrategia de las dos orillas y de la famosa pinza al PSOE, en la que sostenía que "Iglesias había conseguido lo que él quería, crecer a costa del PSOE". También en febrero afirmaba que, "jamás Podemos gobernaría con los socialistas". Finalmente añadía que Iglesias era un "auténtico rojo", "un verdadero leninista", como él.

En realidad, el etiquetado de comunista o de "anguitista" no se lo están sacando de la manga quienes critican tales posturas, o discrepan de ellas, sino aquellos que últimamente se han empezado a reclamar abiertamente como tales, y lógicamente están en su derecho. El problema no está en las etiquetas, sino en el sesgo específico que se da a determinadas estrategias políticas y electorales. Pues otra cosa distinta son las fantasías alejadas de la realidad, las demagogias sin trasfondo programático real y los infantilismos izquierdistas que pueden generar mucho ruido, protesta y populismo, mucha emoción y aventura y mucha contestación, pero muy pocos avances concretos, evaluables en términos de medidas específicas y buenas políticas aplicables. A no ser que pretendan convencernos de que las políticas de Tsipras en Grecia y Maduro en Venezuela suponen un avance positivo. Como no sea un avance hacia el precipicio. En cualquier caso con el "anguitismo" las cosas van a estar mucho más claras.

Además de la frustración, los modos de Podemos han producido una importante desconfianza en la política y los políticos. La actitud de Podemos ha impedido temporalmente la posibilidad de que esta derecha española del Partido Popular haya pasado a la oposición, lo que hubiera siendo una buena ocasión para realizar una limpieza en el funcionamiento de sus bajos fondos, por una cuestión sanitaria, como es deseado por muchos ciudadanos, también de derechas.

Este comportamiento nos ha llevado a unas elecciones nuevas (que no repetidas). Por lo tanto a los ciudadanos nos corresponde recuperar la palabra, la libertad y autonomía para votar. Y es que la democracia no funciona si solo unos cuantos se comprometen. La política no ha desaparecido, está ahí. Cuando votamos ejercemos un derecho y una obligación con la sociedad de la que formamos parte activa. Votamos porque sabemos que no hay alternativa más allá de la política democrática. Votamos porque debemos transitar de la protesta a la propuesta, de la aventura a la responsabilidad

A pesar de todo, tenemos que seguir protegiendo nuestros derechos de ciudadanos, porque pese al especial momento por el cual atravesamos -un desempleo insoportable, un déficit de más del 5% y una deuda pública que por primera vez en un siglo supera el 100% del Producto Interior Bruto-, tenemos que seguir expresando la lealtad y compromiso con la sociedad de la cual formamos parte. Necesitamos un gobierno con mejores dirigentes y representantes, que se comprometan en la construcción de una sociedad más justa y cuyo propósito sea transformarla, para que las condiciones de vida de los más necesitados dejen de ser incompatibles con la dignidad humana, que sea posible la libertad, la solidaridad e igualación en las condiciones de vida.

Han sido de mucho interés las declaraciones de Pedro Sánchez, cuando ha manifestado que después de las próximas elecciones del 26 de junio "habrá un gobierno, limpio, dialogante y social", pues es necesario que el próximo gobierno afronte las grandes transformaciones que España necesita. Que se consolide el Estado de bienestar, la recuperación de nuestra presencia en el mundo, conquistas del pueblo español de la mano de gobiernos socialistas.

Con todo este relato, hoy sabemos mejor los intereses y las identificaciones de las distintas formaciones políticas, que en las elecciones de diciembre no conocíamos. Lo que permitirá a los electores del 26 de junio decidir su voto con mayor conocimiento de causa y con una visión más realista y ajustada, que permitirá saber de antemano a qué atenerse.

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