Las palomas de mi barrio

El instinto del "irracional" obtiene resultados superiores a la inteligencia humana

12.06.2016 | 00:24
Las palomas de mi barrio

Cuando uno estudia Filosofía establece una clarísima distinción entre la capacidad intelectiva de los humanos y el instinto de los animales. No deja de reconocer uno que hay animales cuya capacidad por su instinto hace pensar en algo de capacidad intelectual. Pero se afirma en la diferencia y no pasa de reconocer instinto en el animal irracional. Precisamente ahí fija la diferencia esencial: el humano es un animal racional; el bruto es un animal irracional. La definición de la persona es clarísima a este respecto: "Rationalis naturae individua aubstantia": Una sustancia individual de naturaleza racional.

Sin embargo, en la vida cotidiana casi ocurre lo contrario. Te cuentan cada cosa y ves por ti mismo otras que no puedes menos que atribuir al bruto algo superior al mero instinto; dudas si le será dado algo de inteligencia. Compruebas que el instinto del "irracional" obtiene resultados superiores a la inteligencia y los sentidos humanos en determinados sucesos. Nos contaba un amigo que en su pueblo (allá por el encantador Aliste) hay un teso próximo a las casas por el que discurre un camino que aproxima al caserío los terrenos de labor. Y que cuando un labriego corona aquel cerro en dirección al pueblo los perros de su casa (o de su corral) ladran de manera especial, manifestando su familiar reconocimiento. Esta especialidad del instinto canino la comprobamos a diario en la percepción de los olores: los perros perciben olores que a nosotros no nos llegan. Eso, al fin y al cabo, está dentro de la naturaleza del instinto de los canes. Pero observamos otra cosa más "de andar por casa". El perro está confinado en su retiro separado de la calle por una puerta más o menos sólida. Se acerca uno de la casa y el perro lo saluda con un sonido especial de familiar reconocimiento: En cambio, pasa por la calle una persona indiferente -y no digamos si se trata de una persona que ha sido violenta con el perro- y los ladridos son estrepitosos. Parecidas manifestaciones, en todos los casos, se dan en otros animales domésticos. La pregunta brota espontánea: ¿Es el instinto o es una especial inteligencia lo que actúa en el animal?

Una anécdota casi personal: En casa hubo una gata hace ya muchos años. Mi primer contacto con ella fue llevarla entre el cuerpo y la camisa siete kilómetros, porque iba en bicicleta (una de tantas tonterías como se cometen en la vida). Ella iría a disgusto; yo llegué con el pecho lleno de arañazos. Pero después me tomó un cariño especial. Mis padres cambiaron de residencia y se fueron a vivir a Calzada de Tera. Cuando yo llegaba de vacaciones, la gata siempre estaba conmigo en la casa que estaba frente a la iglesia del pueblo. La terminación de las escuelas y las casas de los maestros tuvo como consecuencia que mis padres fueron a vivir en la nueva casa. El día siguiente a mi llegada en aquellas vacaciones la gata, que había quedado en la casa antigua, me siguió después de misa a la nueva casa y allí permaneció ya para siempre. No había ido con los demás de la familia; era yo su persona preferida.

Todo lo anterior es individual. Lo que narro a continuación es más multitudinario e impersonal. Recuerdo lo que ocurría en nuestros pueblos cuando yo era niño. Todos los pájaros volaban en cuando estábamos cerca. Seguramente eso se debía a que solo se iban sin ataque alguno si no había por allí alguna piedra; en otro caso, la única manera que tenían de huir indemnes era si nuestra puntería no los alcanzaba. En cambio en Madrid, y más concretamente en mi barrio, los pájaros, incluso los gorriones, son algo más confiados y se nos acercan, sobre todo si les echamos algo de comida. Pero lo más asombroso es la conducta de las palomas: Puedes pasar junto a ellas sin que huyan. Y, si tienes la ocurrencia de darles algo de comer, no es infrecuente que se te posen en la misma mano. Algunos ratos paso, en alguna terraza de las varias que hay junto a casa, viendo cómo las palomas se juntan cerca de la mesa que ocupamos, sobre todo por la atención que les presta mi nieta, que les da de comer todo lo que tiene. ¿Es el instinto lo que determina esta conducta tan familiar de las palomas en nuestra ciudad y en nuestro barrio? Será el instinto; pero tiene que ir acompañado de una memoria notable, aunque sea rudimentaria. Recuerdan las palomas las veces que pasamos junto a ellas sin espantarlas; y recuerdan, también, las veces que les hemos dado de comer sin molestarlas para nada. ¡Qué familiares son las palomas de mi barrio! ¿Se dejarán guiar solo por su instinto, o tienen algo de inteligencia, aunque sea muy rudimentaria?

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