La admirable singularidad de las cabras

Mejor simpatizar con animales independientes y solitarios que con otros inteligentes pero asustadizos

26.01.2016 | 08:32
Agustín Ferrero

No se explica muy bien por qué cuando alguien, refiriéndose a un tercero, dice de manera despectiva que está como una cabra, cuando en realidad lo que quiere decir es que no rige muy bien su cabeza, o que hace cosas anormales, o cuanto menos distintas a las convencionales. No se explica bien por qué razón, puesto que son precisamente los genios y no otros quienes siempre han nadado a contracorriente, comportándose de manera diferente a lo que lo hacen las mayorías, y en ningún caso se ha oído decir de ellos que estén como una cabra. Debe de ser, más que nada, porque las reacciones de la gente suelen ser función del quién y del cuándo. Del "quién", porque no se aplica la misma vara de medir a la baronesa Thyssen que a la vendedora de la pescadería cuando cualquiera de las dos deja de ir a la peluquería. Y del "cuándo", porque hoy se admiten con naturalidad cosas que en otros tiempos hubieran costado tener que pasar por los tribunales de justicia, incluidos los de la Santa Inquisición. Y no es que se trate de contradicciones, sino de pautas provenientes de lo que se impone en cada época por quienes ejercen el poder.

No puede decirse que las cabras no hayan sido modelo de comportamiento ya que, además de proporcionar leche de muchos quilates, no parecen crearle muchos problemas a los seres humanos; de ahí que no llegue a entenderse ese desdén e ingratitud que algunos muestran hacia ellas. También realizan dignamente su trabajo, y si no que se lo digan a la cabra de la legión, que desfila marcialmente todos los años por el Paseo de la Castellana ganándose holgadamente su sustento; cierto es que no se sabe bien hasta cuándo, porque tal y como van discurriendo los acontecimientos, cualquier año de estos los ayuntamientos más progresistas llegarán a prohibírselo por aquello del maltrato animal.

Hace unos años, concretamente en 2007, José María Pou dirigió e interpretó, en el Bellas Artes de Madrid "La cabra o ¿Quién es Sylvia?", del dramaturgo americano Edward Albee; un drama en el que, al decir de su autor, se pretende medir los límites de la tolerancia. En ella, un afamado arquitecto, con una vida familiar convencional, se enamora perdidamente de una cabra, de una cabra que le corresponde en plenitud, sin causarle problemas ni exigirle sacrificios. Cierto es que se trata de una función que encaja en el teatro del absurdo, como algunas obras de Ionesco, o de Harold Pinter, o a mayores, de nuestro Miguel Mihura, pero lo relevante es que la cabra, sin aparecer en escena, es uno de sus principales protagonistas.

Pues eso, que las cabras, a lo largo de la historia, han sido objeto de los más variopintos encajes e interpretaciones, sin tener que pasar obligatoriamente por el del desequilibrio mental. En la novela "El asombroso viaje de Pomponio Flato", el estupendo y divertido escritor Eduardo Mendoza dice lo siguiente: "Las cabras pertenecen, por la natural disposición de sus partes, a la misma especie animal que las ovejas; pero en tanto que estas son dóciles, tranquilas, timoratas y, al decir de Aristóteles, estúpidas, las cabras son rebeldes, fogosas, audaces y malintencionadas".

De todo lo que se ha escrito sobre este familiar y poliédrico animal habría que quedarse con este último párrafo, ya que de él se desprende que es mejor pertenecer al mundo de las cabras que al de las ovejas, más que nada por pertenecer a rebaños rebeldes en lugar de a manadas de iguales y sumisas que con sus balidos acatan cualquier propuesta que pueda hacerles el pastor que las dirige y gobierna. Mejor simpatizar con animales independientes y solitarios que con otros inteligentes pero asustadizos, como aquellas ovejas que dan comienzo a la película de Chaplin "Tiempos modernos", ejemplo de crítica social desde la perspectiva de los años 30 del siglo pasado, momento en el que el maquinismo y el capitalismo estaban empezando a restar humanidad a los trabajadores. Si bien tampoco debemos caer en posturas maniqueas, pues hay que admitir que si bien la mecanización contribuyó a despersonalizar el rol de los trabajadores, también les evitó troncharse los lomos en las cadenas de producción. En cualquier caso, si hubiera que elegir, donde esté una cabra que se quite una oveja.

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