Utopías locas

No es bueno hacer creer a los electores que con sus votos se van a obrar milagros

01.01.2016 | 23:37
Utopías locas

Circula entre nosotros una idea un tanto extravagante, pero que se acepta como algo normal y deseable. Es la voz "utopía". Significa literalmente lo que no existe, se halla fuera del espacio y del tiempo, es una pura fabulación con propósitos literarios o un generador de ideas con el ánimo de buscar alternativas o salidas a una situación. Pues bien, muchas personas acaban confiando en que las "utopías" son hermosas realidades, sueños asequibles, propósitos que se pueden lograr sin mucho esfuerzo.

Una utopía generalizada es que "podemos" conseguir todo lo imaginado. Por ejemplo, erradicar la violencia de género o terrorista, hacer desaparecer las injusticias, conseguir el pleno empleo. En los días de la campaña electoral se desplegaba un humilde cartel con este ingenuo deseo: "Hambre, ignorancia, esclavitud infantil, paro. Problemas a desaparecer, no a atacar". La redacción no es un modelo para los escolares, pero se entiende. Es evidente que todo eso no va a desaparecer.

Son muchos los eslóganes políticos que emplean la fórmula de "tolerancia cero" para todo lo que pueda resultar nocivo o desagradable. Estamos en lo mismo. Por mucho que no toleremos en absoluto la corrupción, la discriminación, las desigualdades mil, tal declaración no lleva a que desaparezcan dichas miserias. Con voluntad y medios se podrán mitigar sus efectos negativos, pero no desaparecerán de la faz de la Tierra.

Los objetivos o metas propuestas en una campaña de gobierno deben ser medibles y realizables, objetivos alcanzables; deseamos, pensamos, queremos, no son objetivos claros, poner marcha, repartir, otorgar, contrastar, supervisar, sí lo son, por otro lado, igualaremos salarios, daremos vivienda a todos, crearemos miles de puestos de trabajo, son objetivos utópicos. Lo malo de confiar en los objetivos utópicos es que llevan normalmente a la frustración. Se sabe que cuando se acumula la frustración, aparecen las manifestaciones, las críticas, las descalificaciones, se tiende hacia las salidas violentas. ¿No será más sensato plantearse el alivio de ciertos males con los medios proporcionales? Parece realista cambiar muchos aspectos de la organización social. Lo absurdo es imaginar que se puede llegar a una sociedad arcangélica donde todo el mundo sea bueno. Recordemos la ingenua aspiración de la Constitución de 1812: "Los españoles serán justos y benéficos". No se dijo cuándo; o todos iguales, ni siquiera los miembros de una familia, con las mismas condiciones de crianza resultan iguales, habrá hermanos más exitosos, más ricos y más felices, que diremos de los millones de ciudadanos sometidos a cientos de circunstancias desiguales.

Sin llegar a los extremos utópicos, en los programas de los partidos políticos abundan los deseos bienintencionados que no se van a cumplir. Cuidado con el efecto de frustración-agresión. No es una buena táctica hacer creer a los electores que con su voto se van a obrar milagros. La política es el arte de contentar al pueblo con recursos siempre más limitados de lo que se supone; frente a los sueños, experiencia y buen hacer; frente a los sanos propósitos, programas y metas de gobierno con objetivos claros y viables. Hacer promesas demasiado ambiciosas lleva al fracaso, ya no soportamos ver a administradores de turno echando la culpa a los demás de sus propias incapacidades. Un programa de gobierno que se cree capaz de resolver todos los problemas, es también una utopía. Frente a la utopía, realismo.

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