Crónicas de un paso de cebra

Regreso al propio desconcierto

Soplan vientos de guerra donde todos nos hemos convertido en víctimas

17.11.2015 | 00:12
Regreso al propio desconcierto

André Malraux en La Esperanza, afirmaba que "La tragedia de la muerte radica en que trasforma la vida en destino".

Anochecía, la vida seguía su curso placenteramente en esta Europa donde desde hace tiempo las guerras acabaron.

Anochecía mientras escuchaba por Internet el Arabesque para clarinete y piano de Germaine Tailleferre, una compositora francesa de memoria portentosa y vastísima obra, nacida a fines del siglo XIX, que vivió a caballo entre Estados Unidos y Francia, hija musical de Satié y formada junto a Ravel, amiga de grandes artistas, entre otros Apollinaire, Fernand Leger, Picasso, Modigliani... En su taller se estrenó su concierto de los Nouveaux Jeunes, y además fue la única mujer que formó parte del Grupo de los Seis, pensaba recomendársela, y de pronto, salta la noticia sobre los múltiples atentados de París. Un hecho que marcará un cambio total de nuestro destino.

Cae la noche, el terror se extiende, la niebla no deja ver el horizonte desde los ventanales de casa y la música se mezcla con las palabras que aparecen en la pantalla. Empiezo a ver el asalto de la policía francesa a los lugares de ocio parisiense, donde los terroristas yihadistas se han metido para asesinar a personas corrientes como nosotros, por mandato de su dios; algunos de ellos son niños, todos entrenados para matar sin compasión a otros seres humanos, incluso para inmolarse ellos mismos con sus cinturones de explosivos, sólo por no pensar de la misma manera.

Cae la noche, la violencia más inaudita inunda calles y lugares donde la gente asiste aterrada a una realidad incomprensible, una vez más, afloran actos indiscriminados de violencia en tierras consideradas pacíficas.

Cae la noche, la sangre oscurece los suelos asfaltados, se mezclan las sirenas de las ambulancias con los gritos de personas que están siendo masacradas en una escalada de odio, por monstruos forjados a base de ideología, contra todo aquello que no coincida con su ideal.

Cae la noche y durante mucho tiempo el futuro será duro e incierto. Todo se afila y agudiza, a causa de estos ataques sin sentido, que se asientan en una dudosa doctrina sagrada, inspirada por un ser grande y misericordioso que debería ocuparse de todos nosotros, pero parece ser patrimonio de unos elegidos enloquecidos.

Cae la noche y la muerte es el clarín, soplan vientos de guerra donde todos nos hemos convertido en víctimas, no se necesitan en esta contienda los soldados. Se ha producido un cambio sustancial en la línea de fuego, ya no hay frentes definidos, hoy han sido ellos, mañana podemos ser nosotros. Habrá nuevos recortes en derechos para evitar otras masacres.

Cae la noche mientras despiertan las células durmientes, perros rabiosos amaestrados para la lucha sin retorno. Falsos mártires, cuyos objetivos se centran en ganar un paraíso en otro mundo, siempre que consigan no parar de apretar el gatillo, no parar de sembrar esta realidad de cadáveres de civiles inocentes, que se desangran en el suelo o son arrastrados por las calles y que nada tienen que ver con este fanatismo.

Cae la noche, despiertan también símbolos dormidos, un himno, banderas a media asta, el luto de las gentes, las lágrimas de los hombres, las flores y las velas encendidas, santuarios improvisados para preservar la memoria de los muertos, la solidaridad de todos en estos momentos con el pueblo francés.

Cae la noche y habrá que replantearse las preguntas.

¿Seguiremos dándole vueltas a las ideas o tomaremos decisiones consecuentes para acabar con tanta barbarie?

¿Conciliación de diálogo de civilizaciones y yihadismo?

¿Cómo desactivar el fanatismo?

¿Fronteras abiertas o cerradas?

¿Terrorismo y fanatismo o yihadismo, pánico, confusión?

¿Cuándo se producirán nuevas estrategias para afrontar esta guerra global?

¿Cuántos asesinatos más necesita Occidente para haya un cambio radical ante esta locura?

¿Cómo queremos que sea nuestro destino?

¿Interrogantes o blasfemias?

La mejor respuesta la he encontrado en Benedetti:

"Quizá mi única noción de patria

Sea esta urgencia de decir Nosotros

Quizá mi única noción de patria

Sea este regreso al propio desconcierto".

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