Domingo 18, XXIX del tiempo ordinario

"Desvivirse" es vivir

18.10.2015 | 00:08
"Desvivirse" es vivir

El Evangelio de hoy recoge unas palabras que resumen el sentido de la vida de Jesús: "No he venido para que me sirvan, sino para servir y dar la vida en rescate por todos".

Normalmente al escuchar estas palabras, los cristianos solemos pensar en el sacrificio último realizado por el Hijo de Dios en lo alto de la cruz, olvidando que el gesto que culminó en el Calvario se engendró a lo largo de toda una vida de entrega y servicio. En realidad, la muerte de Jesús no fue sino la culminación de un "desvivirse" constante a lo largo de los años. Día tras día, fue entregando sus fuerzas, su juventud, sus energías, su tiempo, su esperanza y su amor. La Cruz fue el mejor sello, la garantía de una vida de servicio total a todas las personas.

Los cristianos somos seguidores de Alguien que ha dado su vida por los demás. El Maestro reclama de todos sus seguidores un estilo de vida diario marcado por el servicio a los demás, un "desvivirse" por el hermano.

Lo más precioso y preciado que tenemos y lo más grande que podemos dar es nuestra propia vida; dar con generosidad lo que está vivo en nosotros: nuestra alegría, nuestra fe, nuestra ternura, nuestra confianza, la esperanza que nos sostiene y nos anima desde dentro, la caridad que se convierte en compartir vida y bienes.

Tal vez sea este el secreto más importante de la vida y el más ignorado: vivimos intensamente la vida cuando la regalamos. Solo se puede vivir cuando se hace vivir a los otros, cuando nos entregamos por ellos.

El problema de muchas personas, hoy, es que viven sin saber qué hacer con sus vidas. Muchos "lo tienen todo, pero les falta vida". Su existencia solo es acaparar, acumular, competir, dominar, mandar, pero no entienden nada de lo que es dar y por lo tanto, nada saben de enriquecer, liberar y salvar la vida de los demás.

Necesitamos en la Iglesia cristianos dispuestos a gastar su vida por el proyecto de Jesús, no por otros intereses. Creyentes sin ambiciones personales, que trabajen de manera callada por un mundo más humano y una Iglesia más evangélica. Seguidores de Jesús que "se impongan" por la calidad de su vida de servicio. Personas entregadas día a día a su difícil tarea de hacer realidad el Reino de Dios, que hagan de su vida un servicio a los necesitados.

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