Pensar como especie

Si nos preocupamos por mejorar el futuro de nuestros semejantes, estaremos mejorando el nuestro

08.10.2015 | 09:15
Joaquín Posado

Piensen en cómo funcionaría el mundo si los seres humanos pudiéramos firmar un contrato que nos permitiera decidir las normas que regularían la distribución de la riqueza y del poder en la sociedad. Esas decisiones las tomaríamos sin saber de antemano si seríamos ricos o pobres, si naceríamos blancos o negros, mujeres u hombres, en una u otra familia, en este país desarrollado o en aquel del tercer mundo. Las personas desconoceríamos por completo nuestro lugar en esa sociedad del futuro. Todos estaríamos bajo el llamado "velo de ignorancia"; entonces lo más racional es que preferiríamos una mejor distribución de los recursos y del poder, ya sea este político o económico, porque a cualquiera podría caerle en suerte vivir en un entorno social desfavorecido. John Rawls, profesor de Filosofía en la universidad de Harvard, autor de "Teoría de la Justicia", llama a este situación tan especial "posición original" y nos permite mirar con otros ojos los graves problemas que afectan a millones de personas en el mundo: los refugiados.

En una clase de Educación para la Ciudadanía, asignatura eliminada de los programas educativos por el sectarismo del gobierno del Partido Popular, preguntaba a los alumnos si les había tocado la "lotería natural", me miraron perplejos y no sabían qué decir. Les pregunto si habían pasado frío por la noche, si habían dormido en una cama, si también habían cenado y si todo esto lo habían hecho al lado de su familia. Si era así, estaban de suerte, eran afortunados porque, aun sin saberlo, les había tocado la "lotería natural". Aproveché para hablarles de la película "Retorno a Hansala". Trata de unos adolescentes que viven en una aislada aldea marroquí, que deciden comprar un sitio en una patera para cruzar el estrecho y buscar una mejor vida en España. No les había tocado la misma lotería que a mis alumnos y quisieron compensar su mala suerte con ese viaje. Les salió mal y en las playas de Rota aparecieron los cadáveres de once jóvenes. La película de Chus Gutiérrez cuenta con gran humanidad los esfuerzos de la hermana de uno de los ahogados por retornar su cadáver a la aldea donde su familia quiere enterrar y despedir al ser querido. Chicos y chicas de la clase de 2º de la ESO escuchan sobrecogidos, en completo silencio. Creo que han comprendido el sentido profundo de la expresión: "lotería natural".

Ante los miles de inmigrantes que mueren ahogados en el Mediterráneo y las imágenes angustiosas de miles de refugiados en las fronteras de Europa, urge preguntarse si estamos haciendo todo lo que podemos. Sospecho que la Unión Europea no está a la altura de circunstancias tan graves. Se está permitiendo que países miembros, como Hungría, adopten medidas absolutamente injustas, amén de ilegales, sin respetar la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951. La Declaración Universal de Derechos Humanos inspira todas estas normas y convenciones. Pero parece que nuestros gobernantes europeos no consideraban prioritario hacer respetar los derechos que asisten a los cientos de miles de personas que huyen de las guerras de Siria, Afganistán o Irak. Veo con preocupación la sibilina distinción que realizan algunos políticos entre refugiado e inmigrante, con el ánimo de restringir las ayudas, si quien llega a nuestras fronteras solo huye del hambre, la pobreza y una vida sin futuro. Vergüenza me da recordar al inquietante Rajoy diciendo: "Una cosa es ser solidario y otra ser solidario a cambio de nada".

En este mundo tan interdependiente, si nos preocupamos por la existencia de nuestros semejantes y les garantizamos un futuro, también estaremos mejorando el nuestro. Lo cierto es que la inmensa mayoría de ciudadanos europeos se muestra acogedor con todos los inmigrantes. Tenemos capacidad para atender e integrar a varios millones. Solo Alemania se dispone para atender a 800.000 personas. En la UE somos más de quinientos millones de habitantes y 28 países. Resulta aleccionador que Túnez, con once millones de habitantes, esté acogiendo a un millón de refugiados, en su mayoría de la devastada Libia. Necesitamos más población, más habitantes, lo saben los alemanes y los daneses. La bajísima natalidad está poniendo en riesgo la tasa de reemplazo. En España parece que nuestros gobernantes no se enteran, apenas ningún grupo político hace propuestas de apoyo al incremento de la natalidad.

Recuerdo con gratitud al político uruguayo Pepe Mujica que, con sus 80 años, sigue dándonos algunas provechosas lecciones para enfrentar los retos que la cruda realidad nos impone. Él ha demostrado en el ejercicio del gobierno de Uruguay que se pueden hacer las cosas de otra manera. Hay otras formas de gobernar diferentes a la doctrina de la austeridad, que consagra la desigualdad como efecto inevitable del dogma de fe neoliberal. Pepe Mujica lo demostró en la práctica y consiguió que su país creciera al tiempo que disminuyó la pobreza un 30%. Suyas son estas palabras: "Debemos empezar a pensar como especie y no como individuos tribales dominados por la soberbia y el poder".

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