Vergüenza

Las novatadas universitarias, vejaciones insoportables

23.09.2015 | 00:20
Vergüenza

M e piden que firme un papel por el que se solicita el establecimiento de una normativa que proteja a las víctimas de las novatadas en los colegios mayores y aledaños. Las seguimos llamando novatadas, que suena a broma inocente, pero constituyen vejaciones insoportables. Sus promotores no están culturalmente muy lejos de los neandertales que en Tordesillas, excitados por los efluvios del vino barato, persiguen hasta la muerte a un pobre toro que, lógicamente, expira sin haber entendido nada. En España, pese a nuestros excelentes caldos, siempre hemos tenido muy mal vino. Lo malo es que ha gozado de prestigio. Si repasamos nuestro álbum de fotos familiar, aparecen bebedores egregios, tipo Millán Astray, que cuando olía el tapón de una botella daba vivas a la muerte (a la de los otros, no a la suya) con la guerrera desabrochada y la baba (la mala baba) a la altura de la barbilla. Aquí hemos tenido mal vino incluso cuando no hemos bebido, porque el mal vino, como la mala leche y la mala baba, parece que se maman o que vienen de serie.

Entre las bromas más inocentes de estos muchachotes que van para universitarios y que están destinados a ser los líderes de la comunidad el día de mañana, vemos la de llenar de sangría, con la ayuda de un embudo, el estómago del novato hasta que pierde el sentido. Se parece mucho a una de las torturas empleadas en Guantánamo por aguerridos soldados que defienden de ese modo la civilización occidental. El catálogo de novatadas es amplio e ingenioso. Fíjense en esta otra consistente en utilizar a la víctima de cenicero durante toda una noche. El novato ha de permanecer en paños menores, de rodillas y con la boca abierta, para que el culto veterano de clase media sacuda sobre ella la ceniza de su cigarrillo. No mencionaremos la de obligar al aspirante a limpiarse los dientes con la escobilla del váter para no herir la sensibilidad del lector.

Le llegan a uno peticiones rarísimas. Firmo una media de dos o tres manifiestos a la semana. En muchos de ellos pongo mi nombre con orgullo. En otros, como en el de las novatadas, lo hago con la vergüenza de pertenecer a esta especie, raza, o lo que quiera que hemos llegado a ser.

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