Los toros huidos de los espantos de Carbajales

El animal no accederá a las poblaciones, vagará por los campos, lejos de los ciudadanos

17.09.2015 | 08:59
José Luis Martín

Todavía el domingo 13 nos comunicaba La Opinión-El Correo de Zamora que continuaba huido el toro que se escapó en los espantos de Carbajales de Alba. No tardarán mucho en recogerlo y conducirlo a su manada, porque así suele ocurrir. Pero durante unos días el toro ha estado sembrando el miedo por los pueblos limítrofes, además del mismo Carbajales. No obstante, el miedo carecerá de motivos, si el animal es dejado a su albedrío sin oponerle alguna acción ofensiva. Como suele ocurrir en estos casos, el toro no accederá a las poblaciones, sino que vagará por los campos, lejos de los ciudadanos que habiten en poblado. De eso, también, tengo lejana experiencia.

Contaba yo unos diez años, a principios de la década de los cuarenta del siglo pasado, cuando se escapó un toro en las fiestas de Bóveda de Toro. Y el bicho huyó al campo, a un campo tan lejano como la Dehesa de Timulos, que pertenece al término municipal de Toro y señala el límite con la provincia de Valladolid. Y, aunque pueda parecer mentira, yo me atreví a enfrentarme a aquel toro huido, del cual tuvimos noticia en la dehesa.

No era yo el protagonista de la insensata hazaña; la que mandaba era la vida que se encargó de hacerme "madurar" antes de tiempo. Un niño que a los siete años se vio obligado a caminar por los montes desde La Hiniesta hasta la dehesa de Valverde, por la mañana en ese sentido y por la tarde en el inverso, tomando decisiones, a veces, sobre rutas nuevas, y en los anocheceres de invierno expuesto a la visita de algún lobo, ya es capaz a los diez de arrostrar acciones que solo los mayores son capaces de perpetrar. Por eso los mozos de la dehesa discutían sobre la habilidad de José Luis en "correr los caballos", incluso una yegua bastante "falsa" que poseía en guarda del canal de San José. Y por eso también yo asumía la tarea de coger los nidos de los árboles en las tardes en las que los chicos íbamos al monte a realizar ese juego especial. Con doce años, fallida la intención de estudiar Magisterio, después de aprobar el examen de ingreso, afronté -parece que bien- la tarea de hacer el papel de ayudante de Secretaría en el Ayuntamiento de San Pedro de la Nave, antes de opositar a beca, a los catorce, para estudiar gratis en el Seminario de Zamora.

Como iba diciendo, en Timulos se corrió la noticia de que un toro, escapado del encierro de la Bóveda de Toro andaba por las viñas de nuestra dehesa. Y yo, ni corto ni perezoso, me dirigí al sector de las viñas para ver el toro y, tal vez, para hacer alguna de las temeridades que se estilaban en las fiestas de los pueblos. Las noticias eran exactas en cuanto a la situación del animal salvaje aquel. Yo llegué a estar a unos veinte metros del mismo en una calle de aquella viña. Esta circunstancia es muy interesante, porque de ella dependió el resultado.

Seguramente a la temeridad de acercarme al toro acompañó la barbaridad de iniciar alguna provocación parecida a un pase torero, porque, en efecto, el toro se arrancó, a pesar de la relativa distancia. Y -como ocurre en las corridas de verdad- la inteligencia del mocoso arriesgado lo hizo salir airoso -me hizo escapar ileso- de aquel insensato lance: El toro arrancó violento y a ojos cerrados contra mí; pero -como he dicho antes- nos encontrábamos en una calle de cepas frondosas de vid. Acuciado por el peligro que se me venía encima y beneficiado por mi siempre pequeño tamaño, me escondí en una de aquellas salvadoras parras y utilicé la agilidad para huir del tremendo peligro. El toro, perfectamente localizado, fue recogido aquel mismo día y yo -en esto prudente- me guardé muy bien de publicar entonces mi descabellada hazaña. Solo se enteraron mis amigos más íntimos (Fidel de la Iglesia, por ejemplo).

Seguramente a la mayor parte de quienes esto lean les parecerá una narración ficticia; pero podría jurar, si el objeto mereciera un juramento, que lo dicho se ajusta en todo a la verdad y que nunca se me ocurrió repetir la experiencia. En lo sucesivo me conformé con asistir a las fiestas de los pueblos que estuvieron en mi posibilidad. Y hasta, seguramente por mis estudios y formación, la última vez que asistí a una "corrida de pueblo", teniendo ya bastantes más de los veinte años, no me gustó la serie de barbaridades que se hacían con los toros o vacas presentados.

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