Hiroshima

La excepcionalidad de EE UU no era moral sino tecnológica en aquel momento

11.08.2015 | 00:12
Hiroshima

Hay crímenes contra la humanidad que nunca serán castigados. Es bien sabido que la justicia la han impuesto a lo largo de la historia siempre los vencedores.

Conviene recordar esa verdad cuando se conmemora el lanzamiento por Estados Unidos de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, pero podríamos hablar también del atroz bombardeo por los aliados de Dresde, solo doce semanas antes de la capitulación alemana.

Estados Unidos siempre justificó su ataque nuclear contra las dos ciudades niponas argumentando que así se lograron salvar medio millón de vidas de soldados norteamericanos y muchas otras de japoneses, que habrían perecido de haberse prolongado aquel conflicto.

El historiador Barton Bernstein señaló hace unos años en un detallado artículo en la revista "Foreign Affairs" que esa argumentación se utilizó a posteriori solo para tranquilizar a los ciudadanos norteamericanos sobre la moralidad de aquellos ataques indiscriminados contra poblaciones mayormente civiles.

Lo cierto es que la elección de ambos blancos fue el resultado de una cuidadosa planificación en la que por ejemplo se descartó bombardear Kioto, la vieja capital del Japón, por temor no tanto a la pérdida de vidas humanas sino a la destrucción de los monumentos y las reliquias que allí había y el miedo a que los japoneses terminaran simpatizando con Rusia.

Aunque la propaganda estadounidense dijo entonces que Hiroshima era una importante "base militar", hoy se sabe que esa ciudad y Nagasaki habían sido elegidas sobre todo por el efecto psicológico que tendría la muerte de tantos civiles en ambos bombardeos.

El epicentro de la explosión de la bomba y la altura a la que había de producirse se escogieron de modo que la onda expansiva pudiese extenderse con la máxima facilidad y su poder destructor fuese también el máximo.

Fue por ello por lo que, según los historiadores de aquel conflicto, en el caso de Hiroshima se lanzó la bomba sobre el centro de la ciudad y no sobre las instalaciones militares y depósitos de municiones ubicados en su periferia.

Tampoco mostró el mínimo miramiento el Gobierno de Estados Unidos hacia la población civil del país enemigo al arrojar repetidamente sobre zonas con gran densidad de población, entre ellas Tokio, bombas de napalm como las que utilizaría años más tarde en la guerra del Vietnam.

La intención clara de la Casa Blanca era causar el mayor impacto psicológico no solo en Japón para acelerar así el final de la guerra, sino lanzar de paso una clara advertencia a la Unión Soviética, entonces aliada pero que iba a convertirse muy pronto en su principal rival ideológico.

El propósito expresado por el presidente Roosevelt al comienzo de la guerra de respetar a los civiles se quedó en la cuneta. Su sucesor, Harry Truman, justificaría así el recurso al arma nuclear en una carta dirigida a una organización cristiana del país: "El único lenguaje que parecen entender los japoneses es el que hemos empleado para bombardearlos. Cuando tienes enfrente a una fiera, has de tratarla como tal".

Había surgido una nueva moralidad y, como señala el citado historiador Bernstein, cualquier otro país que hubiese tenido entonces la bomba, seguramente no habría dudado en emplearla. La excepcionalidad de EE UU no era moral sino tecnológica en aquel momento. Aunque sin duda influyó en aquella decisión el hecho de que el blanco fuera un pueblo asiático, considerado por muchos como infrahumano.

Paul Tibbets, piloto del tristemente famoso "Enola Gay", el avión que lanzó la bomba sobre Hiroshima y al que bautizó con el nombre de su madre, jamás mostró la mínima duda de que había hecho lo correcto. Incluso firmó fotografías de la ciudad destruida.

Cuando le preguntaron en 1981 si tenía mala conciencia por tantas muertes de civiles, respondió fríamente: "No, no me entretengo en pensar en eso. Tengo muchas cosas nuevas e interesantes en mi vida de que ocuparme. Yo no vivo en el pasado".

Al igual que ese piloto, el Gobierno de Estados Unidos jamás ha reconocido su culpa en el bombardeo indiscriminado de núcleos de población, y así cuando en 1995 el Museo Nacional del Aire y del Espacio de Washington hizo una exposición con motivo del 50 aniversario del final de la guerra y sus comisarios trataron de mostrar con objetos calcinados las dramáticas consecuencias de aquellos bombardeos, hubo protestas en el Congreso y al final esos tuvieron que desistir.

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