¿Podría cerrarse en España el ciclo platónico?

El país atraviesa una época de incógnitas, de cuya resolución depende el futuro de la democracia

11.11.2014 | 08:45
José Luis Martín Rodríguez
José Luis Martín Rodríguez

En su diálogo "Las Leyes", en el que Platón se ocupa de la sociedad, el ateniense nos presenta los distintos sistemas de gobierno que pueden darse en una sociedad y hasta se permite enjuiciar algunos de ellos. Propone como mejor la monarquía, tanto si es el gobierno de una persona sola como si se trata de una aristocracia, en la que un grupo de "los mejores" se encarga de un gobierno justo. A la monarquía hace seguir la "timocracia", en la que el ejército se apodera del poder y avasalla a los demás ciudadanos. Si en lugar del ejército se trata de unos cuantos hombres ricos, que explotan al resto de los ciudadanos, la forma de gobierno se llama oligarquía; peor que la "timocracia". Si es el pueblo el titular del gobierno, tendremos la democracia -en su vertiente "buena"- cuando la Ley es la norma de conducta general. Finalmente, si en la democracia se produce una situación en la que cada uno hace lo que quiere, sin respetar la justa ley democrática, tendremos lo que Platón llama "demagogia", que es lo peor que a una sociedad puede acontecerle. Este desbarajuste puede dar lugar a que el demagogo más hábil se haga con el poder y establezca una especie de monarquía de la peor ralea y que merece el peligroso nombre de "tiranía". Ahí se cierra el ciclo que establece Platón. (Cf. José Barrio: "Historia de la Filosofía" 9.ª edición. Editorial Vicens Vives).

Platón, como hombre de los siglos V-IV a. C., no concebía la vida actual. En cambio los pueblos de hoy pueden concebir la convivencia -al menos teórica- de dos tipos de sistemas de gobierno. Y eso tenemos en España hoy, igual que lo tienen en el Reino Unido desde hace más tiempo. La explicación se halla en la fórmula, inventada en las Islas, según la cual "el rey reina, pero no gobierna". Por eso, allí y aquí, tenemos un monarca (Isabel II allí y Felipe VI aquí) y, al mismo tiempo, un sistema democrático. El nuestro, por su especial sujeción a la Constitución, se entiende como un monarca constitucional. De sus escasos poderes no voy a tratar ahora.

Me interesa, en relación con el título de esta modesta colaboración, el hecho de que en España vivimos en democracia y bastante consolidada. La Ley -sobre todo la fundamental manifestada en la Constitución de 1978- es la que debe regir la vida de los españoles: de todos los españoles. Y, en realidad nuestro pueblo acata las leyes, algunas veces con demasiada conformidad. Pero van surgiendo brotes de inconformismo o hasta sublevación, por parte de algún gobierno autonómico, y, entre el pueblo, por un grupo muy numeroso de "indignados" -aunque sea con mucha razón-. Y estos fenómenos van ostentando expresiones (y hasta actuaciones) que lindan con lo que Platón y las teorías tradicionales han llamado "demagogia". Ahora -desfigurando el significado de la palabra, llamamos "demagogia" a las expresiones de los políticos significados que se exceden en sus propósitos o promesas dando pábulo a los deseos de la plebe. Pero el genuino significado de la palabra ha sido el que le atribuía el ateniense, que fue su inventor. En pocas palabras: van germinando en España una doctrina y unos comportamientos en los que "cada cual hace lo que se le antoja y -parece que- el Gobierno los oye como quien "oye llover".

Si tal postura demagógica llega a generalizarse o adquirir proporciones considerables, la teoría de Platón nos llevaría a que un hábil demagogo se alzaría "con el santo y la limosna" y nos instalaría la "tiranía" platónica, con lo que se cerraría el ciclo que aquel egregio ateniense nos presentó en su clarividencia. Yo enuncio en potencial, porque entiendo que esas rupturas se producen "more militari"; y en España, después del infausto 23F, los militares parecen haber adoptado un conformismo generalizado. Y, cuando alguno ha querido apelar públicamente al artículo de la Constitución que atribuye al Ejército la tarea de "defender la unidad de la Patria" -en Sevilla sabrán algo de eso-, una destitución fulminante acabó con el posible movimiento subversivo. Lamentamos que no se haya empleado la misma diligencia para terminar, en su principio, con la postura del presidente de una comunidad autónoma que no acata las sentencias de los tribunales excepcionales. ¿Ocurrirá lo mismo con el movimiento civil incipiente son excesiva fuerza en la política española?

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