30 de noviembre de 2016
30.11.2016
Al grano

Llegó la niebla y mandó parar

El tiempo actual viaja a una velocidad muy alta, solo la naturaleza lo frena

02.12.2016 | 01:00
Llegó la niebla y mandó parar

Se dan cuenta? La sensación del paso del tiempo ha cambiado. Hemos reventado las horas. Son más cortas. Las exclusivas en los periódicos duran ocho minutos, dicen. Yo creo que incluso menos. Las noticias transcendentes -la muerte de Fidel Castro lo es como muy pocas, porque solo un puñado de personajes del siglo XX han tenido una proyección histórica similar- se comentan un día, dos, y se van al limbo. Nos gusta vivir tan deprisa que le hemos hecho un corte de mangas al reloj, solo medimos los días en sensaciones y cuando no hay, son días muertos. Hemos roto el medidor que ha contado el paso de la historia desde hace miles de años. Ese ya no vale, buscamos la inmediatez, el disfrute cotidiano, la pena intensa, un contador a estrenar. Nos gusta ir, pasar deprisa por las cosas, por los sitios, viajar, salir del hueco en el que estamos, respirar a borbotones, romper las horas. ¿Qué he hecho hoy? Nada. Un día perdido.

Y de repente llega la niebla y nos vuelve a poner el reloj de la naturaleza en el cielo. Vivimos a la carrera, pero esa lluvia fina, tamizada por la tierra, manda parar. Hasta el reloj biológico recobra viejas sensaciones. Esa picazón de caída a ninguna parte irrumpe desde que nos levantamos y abrimos la ventana. Ya antes, en la cama, habíamos notado algo, una nube en la cabeza, desnuda por la caída de presión. Es volver al principio. A mirar al cielo buscando una explicación. Respirar humedad, esa lluvia que cae del suelo al cielo, nos limpia por dentro y nos mancha la piel. Vuelve a mandar el tiempo de antes y lo ralentiza todo. Qué le vamos a hacer.

Estos días de niebla que usan sombrero de panza de burra nos llevan al ralentí hasta final de año. Ahora sí que hay una sensación de caída. El mes de noviembre, pero sobre todo diciembre hasta que llega Navidad, es tiempo de doblarse. Es como un tronco viejo que viaja sobre las aguas de un río de meseta. No sabe hacia dónde va, no camina agitado, pero siempre avanza hacia el valle, en un viaje inexorable. A finales de diciembre, mojado y ajado, se saldrá del río y empezará a caminar por una senda que se abre junto a la alameda. Entonces el campo empezará a empinarse y se avanzará hacia la luz. Hacia la claridad.

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