08 de noviembre de 2019
08.11.2019

De la vega al raso por Villaveza del Agua

La calle por la que retornamos al núcleo urbano nos conduce hasta las proximidades de la iglesia. Se emplaza este templo en una zona dominante, sobre un pequeño otero en cuyas entrañas se situaron unas cuantas bodegas

07.11.2019 | 19:48

Extendido por el reborde occidental de la amplísima Tierra de Campos, el término de este lugar de Villaveza del Agua sólo presenta los caracteres propios de la comarca terracampina en uno de sus sectores. La otra fracción, alrededor de una tercera parte del total, abarca un retazo de la fecunda y bien irrigada vega del Esla, ocupada a trechos por verdes choperas. El propio casco urbano participa a su vez de esa dualidad, ya que se asienta sobre el talud que separa las dos zonas, en una posición fragosa y un tanto pintoresca. Sin duda lo ubicaron ahí para aprovecharse de los recursos económicos proporcionados por ambos territorios.

Nosotros, en nuestro itinerario vamos a enlazar esas partes. Para ello salimos de entre las casas por la pista que prolonga la calle Prado hacia el oeste. Salvamos primeramente la carretera general, la Nacional 630, ahora mucho más tranquila, al haberse desviado la mayor parte del tráfico por la cercana autovía. A la misma orilla, a mano derecha, divisamos un hermoso palomar tradicional. Se emplaza dentro de un huerto, casi a la sombra de un pujante árbol. Posee planta cuadrada, con muros enjalbegados que dejan ver su entraña de tapial por diversas grietas y desconchones. Cuenta con tejadillos escalonados a cuatro aguas, con su cúspide coronada por una especie de torreta. A pesar de su sencillez y del evidente estado de decrepitud, su figura resulta muy hermosa. Más adelante hallamos otro palomar, esta vez en ruinas avanzadas, hallamos. Seguimos entre diversos corrales y tenadas, desechando los desvíos que parten a sendas manos. Accedemos de lleno a los fértiles terrenos de la vega, intensamente explotados para la agricultura. Dejamos atrás huertas bien cultivadas, en las que se incluye un área colonizada por altos cañaverales, tangentes con los últimos edificios. A su fin avanzamos junto a un arroyo cuyo lecho aparece relleno de junqueras. Es éste uno de los numerosos caños que a la vez que actúan de drenaje en tiempos lluviosos tradicionalmente también irrigaron la zona. Para esta segunda función existen en nuestros días diversos canales, a trechos elevados, creados con cemento. A ellos y a la excelente calidad de los suelos se debe el positivo rendimiento de todas estas fincas. Según nos adentramos los horizontes se nos acortan, limitados por las rígidas plantaciones de chopos que ocupan grandes parcelas y por las hileras discontinuas de árboles diversos extendidas por algunas lindes. A toda esa riqueza forestal se le agregan, de cuando en cuando, frondosos nogales.

Tras haber recorrido ya más de un kilómetro, alcanzamos un vado consolidado con cemento. Sirve para franquear una cacera bastante más ancha e importante que las otras anteriores. Ese lecho es el antiguo álveo fluvial, conocido como el Río Viejo, uno de los meandros abandonados al reconducirse los caudales por el cauce actualmente activo. A pesar de su inacción gran parte del año, en momentos de crecidas vuelve a recuperar su cometido. No lo pasamos nosotros, ya que torcemos hacia la izquierda unos metros antes. Así enfilamos decididos hacia el mediodía, dejando a un lado una de las casi interminables choperas. La sucesión de troncos, colocados en rigurosa geometría, genera perspectivas y encuadres sumamente atractivos. Sin apreciarlo nos acercamos al propio Esla, cuyas corrientes se empiezan a divisar a través de los escasos huecos que consienten los sotos ribereños. Por fortuna, en un corto trecho la barrera arbórea desaparece, circunstancia que nos permite llegar hasta el borde mismo de las aguas. El espectáculo que se ofrece resulta impactante. Las corrientes se deslizan rápidas y potentes, de común cristalinas. A pesar de su ímpetu fluyen silenciosas, como si pretendieran pasar desapercibidas. Ese sigilo hace surgir una indefinible inquietud, como si acechara alguna trampa o peligro. Únicamente los patos, sorprendidos por nuestra presencia, levantan raudos el vuelo generando un alboroto, un chapoteo breve pero intenso. Bien apreciable por la ausencia de la habitual maleza, ahí mismo sorprende un vetusto chopo. Destaca por el calibre de su tronco, enorme, que a corta altura se divide en media docena de ramas poderosas. Es un ejemplar vegetal admirable, sano y pujante.

Por esta zona, o quizás algo más arriba, se ubicó en la Edad Media el famoso puente de Deustamber, denominado así porque su constructor fue el conocido arquitecto de la colegiata de San Isidoro de León Pedro Deustamber. La obra debió de tenderse a principios del siglo XII, aprovechando los restos de otro paso anterior, el originario romano perteneciente a la Vía de la Plata. Tuvo singular importancia estratégica, ya que era la única conexión firme existente entre ambas márgenes en unos cuarenta kilómetros, actuando de enlace con la vecina localidad de Milles de la Polvorosa. No obstante, estuvo activo no más de dos o tres siglos. Debido a la potencia incontenible de las riadas invernales, tan frecuentes, y a la debilidad de los cimientos asentados sobre subsuelo arcilloso, terminó por derrumbarse, perdiéndose del todo. Ningún resto perdura en nuestros días, ignorándose incluso del punto exacto de su ubicación. En sus proximidades, en la ribera derecha, se instauró un monasterio y un hospital, estableciéndose algunos vecinos que contaron con privilegios concedidos por el monarca Fernando II. Todo el poblado allí surgido, junto con el cenobio y el hospital pasaron a depender de la lejana abadía de Benevívere, situada en la provincia de Palencia. Tras desaparecer el puente, para sustituir su servicio, se estableció una barca, cuyo lugar de atraque aún se recuerda.

El camino que seguimos vira aquí para dirigirse ahora hacia el oriente. Si quisiéramos continuar algún trecho más junto al propio río habríamos de hacerlo por trochas incómodas o abriéndonos paso fatigosamente a través de la maleza. Tras despreciar un par de ramales alcanzamos un cruce, el último antes de llegar a la carretera bien visible por su cercanía. Diversos hitos y señales nos indican que por aquí atraviesa la cañada Real de la Vizana, sobrepuesta la ancestral Vía de la Plata. No ha de ser la secular calzada histórica, ya que se ha reconducido aprovechando las pistas de la concentración parcelaria. Nos valemos de su existencia para seguir por ella en un tramo en dirección hacia el pueblo. No obstante, no llegamos de momento a las casas pues nos apartamos por otro ramal para subir ahora a las rasas orientales. Accedemos a ellas tras salvar la carretera y sobrepasar diversas naves. Hacia el sur dejamos los terrenos de la dehesa de Santa Elena, parcelada en nuestros días. Ese latifundio fue el desolado de Villagonta, el cual quedó yermo en el siglo XVI.

La planicie, reseca y desnuda, se extiende ilimitada hacia el oriente. A escasas decenas de metros pasa la actual autovía, percibiéndose un rumor continuo generado por el trasiego incesante de vehículos. En ciertos trechos los terraplenes creados para asentar sus calzadas actúan como barrera visual. No obstante, ese estorbo no es continuo, siendo perceptible por otros la amplitud de la llanura. Viramos nosotros doblemente para dirigirnos ya de regreso al pueblo. Aprovechamos para ello la pista de acceso al cementerio local, siendo éste bien reconocible por unos pocos cipreses que asoman sobre sus tapias.

La calle por la que retornamos al núcleo urbano nos conduce hasta las proximidades de la iglesia. Se emplaza este templo en una zona dominante, sobre un pequeño otero en cuyas entrañas se situaron unas cuantas bodegas. En nuestros días todos los alrededores se hallan ajardinados, sombreados con árboles diversos. Muy grata resulta la plaza aneja inferior. Atendiendo al monumento religioso, hubo de poseer orígenes antiguos, pero ha sufrido multitud de avatares a lo largo de su existencia. Su portada, acaso de los siglos XIII o XIV, enfoscada ahora, es lo más vetusto que conserva. Ha de estar construida con ladrillo, contando con el vano de entrada y una archivolta envolvente, ambas en arco de medio punto, apoyadas sobre jambas lisas. A modo de marco existe un característico alfiz. Sobre el muro del hastial se alza el campanario, una espadaña de estilo neogótico, creada con ladrillo, con tres vanos de arco agudo, además de otro geminado inferior, dotado de breve tracería. Ya en el interior advertimos cierta desnudez, pues toda la riqueza artística acumulada se perdió en un incendio acaecido a finales del siglo XIX. De la dotación antigua se salvó una impactante imagen de Cristo en la cruz a la cual las gentes le rinden especial veneración. Posee el título de los Afligidos y se halla colocada en una capilla lateral abierta en el lado del evangelio. El actual retablo del altar mayor, barroco, se trajo desde la iglesia zamorana de Santa María la Nueva. El edificio en su estado actual se ha beneficiado de una importante restauración, comenzada en junio el 2018.

Al deambular por las diversas calles locales, en una de ellas, bastante angosta, podemos reconocer una vieja vivienda en la que la tradición señala que vivió Alejandro Lerroux. Tal personaje, nacido en La Rambla, Córdoba, fue el fundador del Partido Radical Socialista, siendo a su vez presidente de la II República en tres ocasiones, durante los años 1933, 34 y 35. Aquí residió de niño, acompañando a su tío, cura párroco de aquel entonces.

Además de aquel palomar que mencionamos al iniciar el recorrido, varios más encontramos en otros solares, típicos y pintorescos. Muy interesante es uno situado en el reborde meridional del pueblo, en el que destacan las cresterías caladas que rematan sus muros. Un tanto diferente es el que se ubica al otro lado del casco urbano. Adopta planta rectangular, con tejadillos escalonados y paredes laterales dotadas con quebrado remate.

Evocando la historia local, en el pago de El Tesoro o Los Castillos, perduran las huellas de un asentamiento de la Edad del Hierro que al parecer fue reocupado en época romana. Atendiendo al propio pueblo, quedan noticias de su existencia desde muy antiguo. En documentos de Sahagún se le menciona desde el año 980. Esa poderosa abadía contó aquí con ciertos bienes. Avanzando hasta el 1161, el matrimonio formado por Fernando Ciprián y Oro Vellidu, donaron la cuarta parte de una heredad que aquí poseían a la Orden de San Juan. Ya en el siglo XVIII y hasta la supresión de los señoríos, la localidad formó parte de los estados del Conde de Benavente, integrada en la Merindad de Allende el Río.

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