09 de noviembre de 2018
09.11.2018

Por los rasos de Arquillinos

Desde cualquiera de las zonas rasas, las miradas se pierden imprecisas en todas las direcciones. Si el día es claro, en una confusa lejanía se marcan las montañas

08.11.2018 | 23:55
Vista panorámica.

Singular e interesante es la historia eclesiástica de esta localidad. Desde tiempos muy antiguos estuvo integrada en el arzobispado de Santiago de Compostela, como un enclave totalmente separado de las demás parroquias de esa archidiócesis. Pero esa pertenencia tan excepcional no debió de ser bien asumida por sus habitantes. Prueba de ello es que en el año 1149 se celebró un juicio, presidido por Alfonso VII el Emperador, cuya sentencia obligaba los vecinos a que devolvieran el pueblo a la iglesia compostelana, cuya propiedad, al parecer, habían usurpado. También se ordenó la colocación de mojones bien visibles para conseguir que las lindes quedaran perfectamente definidas. Debido a la larga distancia respecto a la sede de la que dependían, la administración pastoral ordinaria la ejercieron, por delegación, los prelados de Zamora. Esa peculiaridad se corrigió en el año 1888 momento en el que se racionalizaron los límites diocesanos, integrándose definitivamente en la prelatura zamorana.

La historia civil también posee rasgos peculiares. Si en un principio el señorío lo disfrutaron igualmente los arzobispos compostelanos, en 1593 pasó a la corona. Más esa dependencia del rey fue fugaz, pues por venta se hizo con ella Francisco García de Villalpando. Algún tiempo después, por una nueva transacción, pasó a manos de Melchor de Guadalfajara, el cual intentó convertir en dehesa al pueblo y su término. Ante esa pretensión el único habitante que entonces residía se opuso con tenacidad, consiguiendo frenar tal anhelo. Ya a comienzos del siglo XIX, durante la Guerra de la Independencia, las gentes del lugar sufrieron, y mucho, por la crueldad de los invasores franceses, con pillajes, maltratos e incendios.

El término local se extiende sobre una planicie casi absoluta. Pero esa monotonía queda aliviada con el valle por el que discurre el río Salado. El curso fluvial resulta desmedrado, reducido a una cinta de cañaverales gran parte del año. Aún así fue capaz de formar una vaguada un tanto sinuosa, amable y acogedora, limitada por cuestas diminutas, repobladas con pinos, los cuales trabajosamente van consiguiendo tapizar de verde rincones que antaño se presentaban absolutamente terrosos y desabridos.

Por esos parajes amplios y despejados vamos a caminar en esta ocasión, con el propósito de captar la tremenda grandeza que poseen. Para ello salimos de entre las casas en dirección norte. Lo hacemos por un trecho de la antigua carretera de Villalba, la cual penetra por dentro del casco urbano marcando peligrosas curvas. En nuestros tiempos la vieja travesía ha quedado restringida a uso local, tras haber puesto en funcionamiento una variante más ancha y directa. Dejamos de lado una de las áreas más amenas del pueblo, con espacios frescos y arbolados. Allí se emplaza un parque infantil. Empalmamos enseguida con la calzada actualmente en servicio, pero, por su arcén sólo nos desplazarnos algo más de cien metros, ya que antes de alcanzar el cementerio tomamos hacia la derecha un camino que de allí arranca. Sobre sus bordes prosperan ásperos hierbajos e hirientes cardos, cual si fuera una punzante barrera protectora para las fincas contiguas. Avanzamos por la margen derecha del Salado, en sentido contrario al de sus corrientes. Su cauce resulta invisible, ya que está ocupado por un espeso carrizal, cuyos penachos se mecen siseantes al menor soplo de viento. La pista tuerce hasta enfilar hacia el oriente. Atrás dejamos unos pocos almendros, además de un pinarillo; para salvar a continuación un cerrado meandro fluvial, atajándolo en línea recta.

Por un puente de cemento superamos el cauce, sin conseguir apreciar la existencia de corrientes, tal es la espesura de los cañizos. Subimos leve cuesta para alcanzar una bifurcación en la cual seguimos de frente. Pocos metros más allá atravesamos un regato menor, el cual recoge la escorrentía de amplia cuenca, incluyendo los sobrantes de las lagunas del Rengalengo y de la Barrosa. Dejamos a su vez a mano izquierda la hondonada por la que baja el arroyo del Horcajo, a cuyos lados se extienden algunos prados. Se alza por ahí un minúsculo otero, caracterizado por contar, como excepción, con cuatro árboles solitarios. Tras él y a lo lejos se divisan las afiladas copas de ciertos chopos. Aunque en todo momento dominan las fincas desnudas, dedicadas al cultivo de cereales, existen unas pocas repobladas con pinos. La realidad de sus frondas, cortas aún, añaden viveza y animación a la tiránica monotonía. Tras superar el cruce con el camino de las Marquesas, en una diminuta hondonada prospera una hilera de atractivos tarais o tamarices nacidos junto al regato que la drena.

Desde cualquiera de las zonas rasas, las miradas se pierden imprecisas en todas las direcciones. Si el día es claro, en una confusa lejanía se marcan las montañas de Sanabria y del Teleno. A su vez, reconocemos los emplazamientos de Villarrín, Villalba, Manganeses, Piedrahita, Pajares, Cerecinos? Se hacen presentes por las siluetas de los campanarios o de los depósitos de agua que asoman, escondiéndose en gran parte sus cascos urbanos. Más evidente resulta el propio Arquillinos, con sus edificios apiñados en torno a la iglesia, la cual, subida sobre un agudo cerro emerge con singular arrogancia. Una ingrata turbación producen los numerosos tendidos eléctricos, con un efecto visual mucho más agresivo que el desarrollado cuando las arboledas y los montes consiguen camuflarlos.

Al llegar a una nueva encrucijada, la que se forma con el camino de Carretraviesa, nos desviamos hacia el sur por ese itinerario. Accedemos a la zona más horizontal y uniforme de recorrido. Por ello adquieren gran protagonismo unas construcciones relativamente lejanas y unas grandes naves pecuarias. Salvamos la carretera que se dirige hacia Castronuevo y proseguimos de frente. Nos vamos acercando hasta un retazo de monte bastante denso. Es un bosquecillo que se ha mantenido apenas sin alteraciones, un retazo del amplio encinar que rellenó la antigua dehesa de Portillo, talado casi por entero en nuestros días y dividido en parcelas. Los terrenos que fueron de ese latifundio limitan con el propio término de Arquillinos, pero se quedan fuera de él. Antes de alcanzar esa masa forestal viramos de nuevo, tomando el rumbo hacia el oeste. En una suave depresión cercana a la pista queda la laguna de la Barrosa, muy menguada, casi perdida en nuestros días al haberla drenado para sembrar en alguno de sus espacios. La mayor parte del año se presenta como un cerco de junqueras y hierbajos, sin apreciarse el supuesto depósito acuático que pudiera retener.

Retornamos decididos hacia el pueblo, primero en recta rigurosa y después, al llegar al borde del vallejo del río Salado, superando ciertas curvas; para terminar empalmando con la carretera cerca de unas vetustas tenadas ganaderas. Por el puente de esa vía asfaltada penetramos de nuevo entre las casas. Antes de descender y concluir la marcha, desde esta zona alta contemplamos con ventaja la pintoresca disposición del pueblo entero, cuyos edificios se escalonan a diferentes alturas, generando estampas de grata hermosura.

El casco urbano local queda seccionado en dos partes por el arroyo de la Huelga, que ahí mismo confluye con el río. Sin embargo, esa corriente fluvial, que baja desde Pajares, no actúa de barrera, ya que se salva por tres pasos bien colocados. Formando las diversas calles encontramos viviendas bien rehabilitadas, en las que se mantienen las formas heredadas. Además, en las afueras aún perdura algún palomar. Uno de los edificios más notables es el que cobija al ayuntamiento, el cual también sirve de sede para otros servicios. Sobre los solares más dominantes se emplaza la iglesia, a la que hay que llegar por escalinatas o rampas empinadas, con jardines entre ellas. Ya junto a sus muros, vemos que la puerta se cobija dentro de un portal formado con tres vanos. Aparte, la cabecera muestra al aire su estructura primera de ladrillo, carente de detalles ornamentales. Ese mismo material se utilizó para la espadaña, alta y recia dotada de tres ventanales para las campanas.

El interior, luminoso y acogedor, sorprende por lo limpio y bien arreglado que se halla. Todos los muros se encuentran estéticamente enjalbegados, generando suaves contrastes con los arcos, los cuales muestran ahora su entraña originaria, de ladrillo una vez más. Pronto las miradas se concentran en los retablos, magníficamente restaurados. El principal es el más valioso. Su arquitectura desarrolla formas clásicas, muy sobrias; contando con cuatro recias columnas de fustes lisos que sujetan frisos rectos y desornamentados. Pero tanta austeridad queda dulcificada por el fulgor de sus dorados y, sobre todo, con el colorido de las composiciones pictóricas que ocupan los diversos recuadros. Son tablas reaprovechadas, del siglo XVI. Las de la predela, en las que se mantienen las formas góticas, representan los bustos de ocho varones, cuyos rostros parecen incisivos retratos. Las escenas superiores, más amplias, son ya plenamente renacentistas. Asimismo, el retablo de la nave lateral del evangelio también contiene tablas más antiguas reutilizadas. Reproducen diversos momentos de la vida del Santiago el Mayor, quedando noticias de que proceden de otra iglesia, ahora desaparecida, que tuvo al apóstol como titular. No se sabe quién o quiénes fueron los autores de esas piezas. Probablemente se crearon en los talleres de Toro, tan activos en aquella época. Algunos estudiosos, sin total convicción, han insinuado la mano de Juan de Borgoña.

De nuevo en el exterior, evocamos la creencia local que asegura que debajo del templo se encuentra una enorme bodega, cuyo acceso se ha cegado. Tal enigma ha espoleado la imaginación y fantasía de los vecinos, los cuales agregan que se dan ciertos indicios que pueden confirmar su existencia. Dicen que al transitar por la calle contigua el golpe de las pisadas suena a hueco y que el agua de la lluvia se filtra por grietas ignotas, causando en una casa inferior intensas humedades. Al parecer, el origen de tal aseveración tiene fundamentos históricos, pues arranca de una crónica que informa que, en el año 1598, el señor local de aquel entonces, el ya citado Francisco García de Villalpando, ordenó construir una gran cava donde guardar sus abundantes cosechas de vino

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