26 de enero de 2018
26.01.2018

Al lago desde Pedrazales

Para disfrutar de la intensa belleza del enclave conviene acudir en épocas de poca concurrencia como los días soleados del invierno

26.01.2018 | 00:17
Panorámica del lago de Sanabria.

Tras desaparecer los glaciares y neveros cuaternarios, aquellos que formaron el Lago de Sanabria, por todos sus alrededores quedaron diseminadas ásperas pedrizas. Forman parte de las conocidas morrenas, los elementos más visibles de la acción de tan potentes lenguas de hielo. Esos roquedos dieron nombre, bien correcto, a Pedrazales, pueblo acogedor, enclavado en el Parque Natural instituido para preservan la integridad ecológica del contorno.

Centrados en la propia localidad, desperdigados por su término se encuentran peñones descollantes, únicos por sus formas o tamaño. Los más destacados poseen denominaciones propias, como Piedra Martillo, Piedra el Reventón, Piedra el Pende, Piedra Lirio? Pero de todos el más famoso y sorprendente es la Piedra Monagueira. Se ubica a un kilómetro escaso del casco urbano, a orillas de la vieja vereda que enlaza con Vigo. Al llegar veremos una bola granítica enorme que debió bajar rodando de lo alto de la montaña. Posee unos siete metros de altura y un perfil globular muy característico. Quedó varada en una zona relativamente plana, aislada de cualquier otro risco que pudiera menguarle algún protagonismo. En nuestros días los árboles la rodean por todos los lados, como si estuvieran celosos de su esbeltez y pugnaran por sobrepasarla. Además de su ya insólita presencia, cuenta con cierto significado legendario. Afirman que en su cumbre está pintada la hipotética cara de una mora, quimera difícil de comprobar ya que el ascenso hasta arriba es imposible por cualquier costado. Para hacerlo habríamos de acudir provistos de cuerdas o de una larga escalera.

Reservando ahora la atención para el pueblo, su casco urbano se despliega mansamente a los pies de una de las estribaciones de la Sierra de la Cabrera. Tal ubicación es sumamente grata, en zona soleada al resguardo de los vientos más inclementes. Las casas se emplazan a distintos niveles, evitando las áreas llanas inferiores, húmedas en exceso. Se forma así un núcleo un tanto irregular, distribuido en cuatro distritos bastante compactos. Según se llega por la carretera desde Galende penetramos en el Barrio Cima. Más a oriente quedan el Bajo, el Medio y el Seco, engarzados entre sí por la iglesia, que actúa como elemento vertebrador. Este templo exhibe un sobrio empaque. Consta de un presbiterio cuadrado al que se le une la nave más baja rematada hacia occidente con una espadaña de dos ventanales. Arrimado a sus muros se extiende el cementerio local, con los panteones buscando el amparo del propio recinto religioso. Si penetramos en este camposanto y observamos con detalle los distintos sillares de la cabecera, descubrimos uno peculiar. Se halla junto al alero y exhibe ciertos dibujos, como cruces, círculos y retículas, de tosco trazado y significado enigmático. Ha de ser pieza reaprovechada, tal vez procedente de algún oratorio anterior. La puerta se abre en la fachada meridional, al resguardo de un despejado portalillo. Tras acceder por ella al interior vemos un recinto limpio y bien cuidado, en el que destaca el retablo mayor, de estilo neoclásico, dotado de columnas jaspeadas de gratas tonalidades. A pesar de que Santa Eulalia figura como titular de la parroquia, la imagen de la Virgen de la Guía inspira intensas devociones. A ella le dedican una masiva procesión en las fiestas veraniegas.

Al recorrer ahora las diferentes calles, encontramos numerosas viviendas nuevas, de notable calidad, destinadas mayormente al veraneo. Aún así interesan mucho más los edificios antiguos, en los que se mantienen los caracteres de la arquitectura tradicional. Admiramos sus fachadas de piedra, animadas con largos corredores o pintorescas galerías encristaladas. De entre esos vetustos inmuebles sobresale uno rehabilitado como establecimiento hostelero, pero que antaño fue la sede de un priorato dependiente del monasterio de San Martín de Castañeda. El blasón cisterciense que exhibe en una de sus paredes testimonia esa pretérita función. Y es que la citada abadía fue a su vez dueña de numerosos bienes en el lugar, adquiridos por compras y donaciones. Uno de esos legados, quizás el más generoso, fue el concedido en 1177 por el monarca Fernando II. El documento que lo testifica confirma que entregó a los monjes una mansión que aquí poseía. Avanzando alrededor de un siglo, Sancho IV obligó a todos los vecinos del lugar a guardar los fueros del mencionado cenobio.

Dispuestos ahora a conocer los alrededores, iniciamos una larga caminata que nos va a llevar al Lago, tomando como punto de partida la plaza de Ballagona. Desde ella arrancamos por la pista que sale hacia el oeste. Tras remontar una corta aunque empinada cuesta accedemos a la explanada ocupada por un parque infantil, una pista deportiva y un merendero; todo ello sombreado por árboles frondosos. Estos espacios lúdicos aparecen rotulados con el nombre de plaza del Alta Mallada, enclave sumamente grato, muy frecuentado en los veranos.

Nos adentramos decididamente en el bosque. Penetramos en un robledo denso y pujante formado por ejemplares mayormente jóvenes. Enseguida encontramos un berrueco prominente, uno de los peñones descollantes señalados con anterioridad. La espesa fronda de una hiedra camufla parte de su superficie, pero no llega a ocultar totalmente su gran masa. Poco más allá topamos con dos bifurcaciones sucesivas. En la primera hemos de optar por el ramal de la izquierda, eligiendo en la segunda el de la otra mano. De todas las maneras no existe riesgo de extravío, pues la ruta correcta es en todo momento la que aparece como principal. Aunque el monte resulta amplio e intrincado, engloba ciertos claros, ocupados por jugosos pastizales donde deambulan vacas pacíficas, indiferentes ante nuestro paso.

Como realidad cada vez más perceptible, escuchamos el chapaleo de corrientes poderosas. Discurre por aquí el río Tera y al fin llegamos a sus orillas en un tramo en el que su lecho se muestra amplio y relativamente sosegado. Justo en ese punto recibe a su afluente el Forcadura, el cual desemboca dividido en dos cauces gemelos que dejan entre sí un retazo de bosque. Salvamos esos cursos aprovechando la existencia de un par de bucólicos puentes de madera. El citado río Forcadura baja desde la conocida laguna de Peces, donde tiene sus orígenes, deslizándose impetuoso por la sierra a través de un bravío cañón. Marca a su vez las lindes del término de Pedrazales, extendiéndose en el otro lado las tierras de Vigo, por las cuales avanzamos en el resto del trayecto.

En un corto trecho caminamos junto a las riberas del Tera, contemplando espacios sumamente agradables, muy hermosos. Los rápidos y las cascadillas se suceden unos tras otros, generando blancas espumas y reflejos variables. A poco de introducirnos de nuevo en la espesura, hemos de fijarnos hacia la izquierda para avistar un par de molinos que a pesar de su desamparo aún resisten en su casi integridad. La maleza ha borrado los accesos, por lo cual hemos de acercarnos peleándonos con arbustos y ramajes. Descubrimos así dos factorías harineras muy próximas entre sí, situadas en un rincón agreste y admirable. Una de ellas es una casona grande y recia, de dos plantas, conteniendo tal vez la vivienda del molinero. La otra viene a ser mucho menor. En ambos casos sus puertas aparecen reventadas, quedando a la vista la decrépita maquinaria interna. También conservan los rodeznos. Apena el actual estado de abandono. Duele sobremanera que los esfuerzos y tesón invertidos por las gentes del pasado no sirvan ahora para nada. Resulta humillante que su obra se diluya en la indiferencia, sin que hagamos nada para mantenerla y trasmitirla a generaciones venideras.

Un poco más allá aparece de improvisto el puente Grilleta, creado al servicio de la carretera que sube a San Martín. Consta de un único y atrevido arco de hormigón a orillas del cual existe una caseta con el año 1965 grabado en su fachada. Cruzamos nosotros la cinta de asfalto y seguimos de frente por terrenos más despejados. Alcanzamos ahora las tapias del camping de Ensidesa, utilizado por numerosos asturianos, trabajadores de esa antigua empresa estatal con fábrica en Avilés o familiares suyos. Bordeando sus instalaciones, tras superar un lomo térreo que es una de las primitivas morrenas glaciares, accedemos a la generosa explanada destinada para aparcamientos. Un poco más allá, después de atravesar una última barrera forestal, llegamos al fin al borde del Lago. Hemos venido a dar a los arenales conocidos como Playa de los Enanos, intensamente concurridos en los periodos estivales.

Nunca vamos a renegar de la asistencia vacacional masiva, de positivo efecto en la economía de la zona. No obstante, para disfrutar de la intensa belleza del enclave conviene acudir en épocas de poca concurrencia. Los días soleados del invierno pueden ser los más apropiados. Entonces la superficie acuática se nos presenta tersa como un espejo, reflejándose en ella las montañas inmediatas. Si las cumbres están cubiertas de nieve la hermosura aún resulta más fascinante. La quietud es total y nada rompe ni empaña la armonía.

A la derecha, a media altura, se divisa el pueblo de San Martín. Entre sus casas distinguimos la mole de su iglesia monacal, parte del cenobio fundado en el siglo IX por monjes venidos desde Córdoba. A aquellos sufridos religiosos les hubo de parecer este paraje un paraíso. No hay duda que desde aquí su esfuerzo por la unión con Dios resultaría mucho más liviano.

En frente, al fondo, apenas se distingue la pequeña isla de las Moras. En ella los Condes de Benavente construyeron un lujoso palacete, del cual no quedan restos en nuestros días. También esos grandes señores feudales fueron sensibles a este esplendor. A su vez, en las riberas meridionales resiste el viejo balneario de Bouzas, oculto entre la arboleda. En sus instalaciones el gran escritor Miguel Unamuno compuso algunas de sus obras más inspiradas. Al fin, nosotros mismos, sentados en cualquier piedra o paseando mansamente por la orilla, percibimos la grandiosidad de la naturaleza y una plenitud pocas veces comparable.

Queda ahora el regreso. Aunque podemos buscar alguna senda alternativa, lo hacemos por la misma ruta que al venir. Nuevos encuadres aparecen a cada paso.

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