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Mayoral ya es historia

Permanece su obra, extensa y excelsa

Fernando Mayoral en su taller en 2016. GONZALO MAYORAL

Por esas circunstancias de la vida que nadie se para a pensar, un artista o creador pasa a la historia y al reconocimiento general cuando fallece. De esta aseveración podría señalar en Zamora numerosos ejemplos, por desgracia. Es la muerte la que los encumbra a los altares de la inmortalidad recubriendo su obra de admiración, a veces fingida y vacía sobre todo cuando proviene de instancias oficiales. El último ejemplo es el de Fernando Mayoral Dorado, uno de los grandes escultores de la segunda mitad del pasado siglo y de los años que suma éste, escultor de cuerpo entero por el que habla la multitud de obras civiles y religiosas que fue creando a lo largo de una vida plena de trabajo como profesor y, sobre todo, creador.

Extremeño de nacimiento, transeúnte de la vida con la enseñanza bajo el brazo en Medina del Campo, Lugo y Sevilla, en 1974 se afincó en Salamanca como profesor de Arte del Instituto Torres Villarroel y aquí ha vivido todos los años de su espléndida madurez artística. La ciudad está sembrada de esculturas de todas las tallas y motivos. Aquí están igualmente sus últimas obras. La figura de Vicente del Bosque, en el plaza del Liceo, de 2018, y en el presbiterio del templo de San Martín, junto a la Plaza Mayor, el Cristo de la Humildad que tallase en 2017 para la recién fundada hermandad franciscana del mismo nombre.

En el pregón de la Semana Santa de Salamanca del año 2014 que tuve el honor de pronunciar en el teatro Liceo “regañé” cariñosamente a los salmantinos al no contar las cofradías aún entonces entre sus obras escultóricas con ninguna de dos de los artistas más universales que ha tenido Salamanca en los últimos cien años, Venancio Blanco y Fernando Mayoral. La nueva hermandad franciscana corrigió esa inexplicable ausencia con la hermosa talla de su Cristo, en la que Fernando logró reunir la calidad escultórica con el fervor que debe inspirar una imagen, una labor compleja porque no siempre se acierta a conjugar ambas virtudes, la escultura y la devoción. Su Cristo de la Humildad, vivo, está a la altura de la categoría de los tres crucificados que labró años antes, dos de ellos para distintos templos salmantinos, el de la Sagrada Familia en el barrio del Zurguén y de la iglesia de Pedroso de la Armuña y el tercero para Zamora, el del grupo “La Conversión del Centurión” que está en el Museo de Semana Santa.

Además talló para la hermandad de las Siete Palabras de Zamora el crucificado que representa la séptima palabra de Cristo en la Cruz y que se contempla en el citado museo junto a las de los restantes crucificados propiedad de la hermandad.

Sus dos grupos escultóricos de nuestra Semana Santa tienen su razón de ser. La Santa Cena, de 1991, por la iniciativa conjunta de dos instituciones públicas en su apuesta firme por el apoyo a esta tradición, la Diputación Provincial y el Ayuntamiento de la ciudad y sus regidores entonces, Luis Cid Fontán, Andrés Luis Calvo y José Antolín Martín Martín y la colaboración de la Junta pro Semana Santa, entonces encabezada por Eduardo Pedrero Yéboles. Diez años más tarde, en 2001, talló Mayoral “La conversión del centurión”· para la Real Cofradía del Santo Entierro merced al generoso patrocinio del grupo “Inmobiliaria Zamorana” y la firme decisión de su director, Laureano Rivera. En el caso de la Santa Cena, recordaré, que quedó desierto el primer premio y la adjudicación y solo obtuvo un accésit la maqueta de Fernando Mayoral, al que se le solicitó una nueva, de mayor tamaño para alcanzar o no el acuerdo de su adjudicación definitiva. En el caso de “La Conversión del Centurión”, Mayoral fue el ganador del concurso, con una maqueta elogiada por un jurado experto y competente. Así cruzaron sus destinos artísticos Fernando y Zamora Solamente con la Pasión.

Cada año, invariablemente desde el estreno de la Santa Cena, salvo los dos últimos y por las razones que todos conocemos, Fernando encontraba un hueco en la tarde del Jueves Santo para desplazarse a Zamora, ver su obra por la rúa

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En diciembre de 2011 la Diputación de Salamanca organizó una magna exposición de su obra con la mayor parte de las esculturas del artista repartidas por la geografía nacional y que él conservaba en poliester bañado en bronce a tamaño natural. Era una exposición antológica en la que también podía admirarse una buena muestra de sus pinturas, en cuya labor era igualmente un maestro. Meses después, del 10 de octubre al 4 de noviembre de 2012 conseguimos que la citada exposición viniera a Zamora, a la sala de la Encarnación y a otros rincones del claustro y patio interior. Fue un logro del departamento de prensa de la Diputación que asumió la mayor parte de su coste, traslados, montaje y publicaciones. Gracias, Concha San Francisco, Justo Rubio y Ángel Luis Esteban Ramírez.

Mayoral y Luis Felipe Delegado ante el Cristo de la Humildad de Salamanca. Cedida

Cada año, invariablemente desde el estreno de la Santa Cena, salvo los dos últimos y por las razones que todos conocemos, Fernando encontraba un hueco en la tarde del Jueves Santo para desplazarse a Zamora, ver su obra por la rúa, disfrutar de la merienda con sus amigos de la cofradía y volver el viernes santo para contemplar “La Conversión del centurión”. Siempre me decía al verlo juntos: “ese Cristo luciría mucho más si fuese a mayor altura del suelo” y yo le respondía con cierta resignación y cabreo que los cables de la luz y del teléfono que atravesaban de lado a lado algunas calles y rúas del casco antiguo lo impedían por aquel entonces. La cofradía tuvo que reducir la altura de la cruz en muchos centímetros por este motivo. Bueno, los cables ahí siguen por cierto, tantos años después.

Fernando Mayoral Dorado atraviesa hoy la frontera de la inmortalidad. Lástima que sea cuando muere. Como sucede con tantos creadores y artistas que ya no verán ni oirán el tardío aluvión de los elogios

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Fernando Mayoral Dorado atraviesa hoy la frontera de la inmortalidad. Lástima que sea cuando muere. Como sucede con tantos creadores y artistas que ya no verán ni oirán el tardío aluvión de los elogios. Pero permanece su obra. Y en este caso tanta y tan excelsa. Descansa en paz, amigo.

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