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La Opinión de Zamora

Así era Zamora en el siglo XI: Una ciudad "poderosa" y residencia de reyes

El historiador Florián Ferrero Ferrero aproxima a las características de la urbe y de la vida de los zamoranos dentro del ciclo de conferencias del 950 aniversario del Cerco

El historiador Florián Ferrero ayer en su conferencia en el salón de actos de la Alhóndiga. | Jose Luis Fernández

A la “poderosa ciudad defensiva de Zamora” del siglo XI aproximó ayer el historiador Florián Ferrero Ferrero en una conferencia que cierra el primer bloque de charlas organizadas por el Ayuntamiento, con el respaldo de la UNED, con motivo del 950 aniversario del Cerco de Zamora.

El archivero subraya que la urbe “era ya la ciudad más importante de Reino de León y en ella residían habitualmente los monarcas”. La población estaba situada entre las aceñas de Gijón y la de Olivares, la zona de la Vega y del “Valle, donde actualmente se ubica la ermita de la Peña de la Francia, aunque la muralla llegaba únicamente hasta la Plaza Mayor”. Respecto a la cifra de habitantes, el experto, ante la falta de censo y a tenor de la extensión de la ciudad y la masa de población, estima que “rondaría las 4.000 personas” que vivían, sobre todo, de la agricultura.

El que fuera responsable del Archivo Histórico Provincial remarca que para entender la ciudad de ese momento “hay que tener presente a la Iglesia”. La Zamora del XI “tenía cerca de 40 iglesias seguras y otras veinte dudosas, y llama la atención cómo la vida religiosa transforma la ciudad”. Y es que en la urbe convivieron el rito mozárabe y el romano, traído por los sacerdotes que vinieron en la repoblación de Fernando I. “Zamora carecía de obispo y en cada templo se seguía la norma de su cura”, atestigua Ferrero que aporta que “en el Archivo Histórico Provincial tenemos un testimonio donde los textos son de ritual romano y la música del mozárabe”.

También los cambios en la Iglesia modificaron la arquitectura de la ciudad. Comienza a desarrollarse “la idea de purgatorio y extenderse las de indulgencias y sufragios” por el alma del difunto, lo que hace que los enterramientos que pasen de “ser únicamente en cementerios alrededor de las iglesias a llevarse a cabo dentro de los templos”. Además, al difunto se le envolvía en u sudario y si el finado era una persona poderosa “se introducía también en un ataúd con signos de distinción”. Así Ferrero ejemplifica que en la tumba de Arias Gonzalo hubo “lanzas, chapines de mujer y bolas de oro puesto que era señor de la guerra, señor poderoso de dinero y defensor de mujeres”. El historiador también expuso que “solo hacían dos comidas” e ingerían “sopas y conducho, una especie de guiso en la que se echaban desde legumbres, grasas o verduras”.

En intervención, ilustrada por imágenes de documentos, el archivero también hizo un análisis de las enfermedades más comunes a partir de restos arqueológicos analizados. “Las muertes eran causadas por tuberculosis o brucelosis. Hay muchísimos casos de roturas de huesos y algo muy curioso malformaciones del cráneo por el cierre rápido de las fontanelas posiblemente bien problemas en los partos y bien por la ropa que les pusieran de niños”.

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